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La letra escarlata y la infamia


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Cuando una multitud inculta trata de ver las cosas con sus propios ojos tiene grandes probabilidades de engañarse»

La letra escarlata, 1850, Nathaniel Hawthorne

Para que una obra de literatura tenga categoría de tal y sea universal, debe poder sobrevivir al paso del tiempo y tener vigencia, validez y resonancia en el lector, si no, se pierde en el limbo del tiempo de los libros olvidados. La letra escarlata pertenece al primer grupo, a pesar de que en nuestro llamado primer mundo aparentemente el tema que trata nos suene a cosa de un pasado pretérito anterior. Quizá sea así si nos quedáramos en lo exterior, en la moda de imprimir la acusación de infamia en la mujer adúltera con una letra A escarlata. Aunque deberíamos recordar otras letras no tan lejanas que causaron el exterminio de millones de personas…

El libro fue, por supuesto, un superventas en el momento de su publicación a mediados del XIX. Supongo yo, y a las pruebas me remito, que el ahínco persecutorio para que la pobre Heather entonara el mea culpa y cantara ante un público puritano de la Nueva Inglaterra del siglo XVII, deseoso de lapidar a la culpable y regodearse en la víctima, no ha pasado de moda ni lo hemos enterrado, valga el sórdido juego de palabras. No, en muchos lugares no tan lejanos de nuestro planeta aún siguen marcando a las mujeres. Y las matan, incluso por cosas mucho menos sustanciales. Creo que sobran los ejemplos.

En cualquier caso, esta actitud condenatoria y persecutoria forma parte de una sociedad cerrada y con cuestionables valores religiosos, que considera suya la vida íntima de sus feligreses y no tolera lo que no puede controlar. Así que si una mujer casada comete adulterio, el tema central de esta novela, no le espera otra cosa que la vergüenza, el escarnio y la condena pública. Así se “justifica” el castigo, merecido por saltarse las reglas impuestas por otros, cada día recordado por el fruto de su amor y de su vientre. Sin embargo, el autor da una vuelta de tuerca al relato y nos presenta a una mujer independiente y valiente que sigue a su corazón, aclarando que «este había sido un pecado de pasión, no de principios, ni siquiera de intención». Por eso ella, a pesar y por encima de todos, logra preservar su identidad bien a salvo en su interior, al contrario que las otras dos figuras centrales masculinas: el marido cruel y vengativo y el amante, un ministro de Dios agobiado por la cobardía de su silencio y el sentimiento de culpa. Es curioso que este pecado de pasión al final sirva para desenmascarar el verdadero pecado: la hipocresía. El silencio del reverendo para conservar su lugar privilegiado dentro de esta austera sociedad revela una crítica contra la mentira y el control ejercido sobre emociones que, en realidad, pertenecen al ámbito privado, pues son cuestiones de la conciencia individual.

Qué poco hemos cambiado. En el s. XXI las sociedades religiosas siguen manteniendo un férreo control, en las laicas, son el Estado y las viejas del visillo los encargados de ejercer el control “parental”. Y en algunos países siguen matando a las mujeres sospechosas de haber practicado la libertad de amar…

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.


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