Viaje al fin de la noche… sin billete de vuelta
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«Palabras hay escondidas, entre las otras, como guijarros. No se reconocen en especial y después van, sin embargo, y te hacen temblar la vida entera, en su fuerza y en su debilidad...»
Viaje al fin de la noche, 1932, Louis-Ferdinand Céline
De este autor polémico se ha hablado mucho, sobre todo de su catadura moral, y sus opiniones políticas, pero su literatura es grande y debe tratarse con el respeto merecido a una obra de arte. Y es hija de su tiempo, en parte autobiográfica, con función de catarsis literaria a falta de psiquiatras para tratar traumas de guerra. Así que Céline abrió la herida, la sajó y echó sobre ella todo lo que encontró para curarla o terminar de morirse. Todo lo demonizó en su libro.
Trata sobre Ferdinand, que se alista en el ejército francés en un momento de subidón patriótico para luchar en las trincheras de la horrorosa Primera Guerra Mundial y a partir de ahí, la existencia derrumbada del protagonista se convierte en un delirio: «Os lo digo, infelices, jodidos de la vida, vencidos, desollados, siempre empapados de sudor; os lo advierto: cuando los grandes de este mundo empiezan a amaros es porque van a convertiros en carne de cañón»; seguido de las colonias francesas en África, la huida a Norteamérica y su trabajo como médico rural, la acción se sucede vertiginosamente y sirve al narrador para presentarnos un alter ego ácido, amargado, cínico e irreverente, ensartando su acerba crítica al sistema (qué moderno) y haciendo gala de una libertad expresiva y léxica que, aunque novedosa, también le sale cara.
El altivo Céline, héroe condecorado en la primera Guerra Mundial y colaboracionista de la Gestapo en la Segunda, perdido en el cubo de porquería que les cayó a los que vivieron en la primera mitad del s. XX, no es del agrado de muchos. Cómo se pasa de ser una cosa a otra no solo se explica por las secuelas físicas y mentales que le dejó la Gran Guerra, pero la consecuencia a día de hoy es el silencio nacional en un país por lo demás tan orgulloso del éxito de sus hijos, sobre un gran autor reconocido como tal. Incluso por otros escritores semitas, como Philip Roth, que sí separan al hombre del literato en un ejemplo de honestidad en esta época en la que ̶ no lo olvidemos ̶ otras muchas obras literarias de categoría maestra sufren un imperdonable lavado de cara porque pacatos de toda índole, confundiendo churras con merinas, deciden ofenderse por todo (pobre Sade o Nabokov, entre cientos). Céline no es el único cafre emocional, pero sí vale como chivo expiatorio. No obstante, escribir sobre algo no implica necesariamente incitar a hacerlo, sino a reflexionar. La literatura invita al debate, los seres más viles no están en las páginas de un libro, campan a nuestro alrededor. Y es fácil banalizar el mal, ya nos los explicó Hannah Arendt.
Quizás sea un autor de vida cuestionable, pero su obra es literatura y su Ferdinand tiene algo del Andrés Hurtado de Baroja, en la busca eterna de la ataraxia mental que lo rescate de una vida escamoteada. Viaje al fin de la noche está lleno de frases lapidarias para cincelar «la moral de la Humanidad a mí me la trae floja, como a todo el mundo, por cierto». Palabra y vida de Céline.
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.
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