Erik, el genio tras la máscara de la Ópera Garnier de París
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«Tenía un corazón en el que habría cabido un imperio, pero tuvo que contentarse con un sótano»
El fantasma de la ópera, 1910, Gaston Leroux
Esta historia se publicó por entregas en un periódico parisino, aumentado así la intriga durante los cinco meses que duró el folletín (preludio de telenovelas) cuyo autor, periodista, lo presenta como un relato basado en hechos reales, fruto de sus investigaciones acerca de un monstruoso y brillante inventor, ingeniero y músico, llamado Erik, cuya cara deformada hace que huya de él la misma gente a la que deleita con sus maravillosas obras artísticas y composiciones musicales. Esta novela, paradigma de la literatura de misterio, empieza cuando el fantasma se enamora de Christine, una corista, y él, perfecto Pigmalión, la eleva a categoría de primadonna, pero ella, a su vez, está enamorada de otro galán, joven, guapo y aristócrata. Con este triángulo amoroso, el drama ya está servido.
No obstante, si se ha convertido en novela de culto objeto de múltiples adaptaciones al cine y al teatro es porque los temas que trata son tan profundos como los mismos sótanos freáticos abovedados de la ópera que sirve de telón y de escenario al drama. En un primer mundo en el que las apariencias, y más las físicas, determinan la aceptación o el rechazo social (pobre otro jorobado parisino), y en el que aún no se podía contar con operaciones estéticas que te quitaran el problema a golpe de talón, que estuvieras deforme o padecieras una enfermedad que te afeara era una auténtica condena. Así que Erik, a pesar de estar dotado de tantas virtudes y facultades, lo tiene todo en contra por su rostro deformado y eso le obliga a vivir escondido. Pero ¿hasta dónde podemos esconder los sentimientos y, más la aún, la sensibilidad que ensalza el arte y la belleza? ¿Es solo la máscara lo que emboza al fantasma?
No, porque no hay espectro como tal. Es solo un hombre enamorado de carne y hueso que se sirve del miedo ajeno que es capaz de provocar, porque ha aprendido que es el mejor medio para conseguir sus fines y vengarse del dolor y la falta de amor que lleva impresos en su alma. Y esa es la máscara que utiliza para esconder su corazón leal y evitar que lo pisoteen aquellos cuya única gracia está en su aspecto. La fealdad física corrompe la belleza anímica, sin dar tiempo a que el amor traspase, pues él sabe que no puede competir con las apariencias y solo cabe sufrir mientras «se aprieta el corazón con ambas manos con toda intención de hacerlo callar».
Pero no lo consigue «porque un corazón no es como el morro de un perro». Una frase memorable para enmarcar que además resume todo el drama vivido y el fin elegido como último regalo y ejercicio de libertad.
Y mientras, nosotros, seguimos inmersos en un mundo de vanitas donde prima la eterna juventud y la belleza con filtros y no hemos aprendido a ejercer el regalo de la elección, Erik, el fantasma, sí lo supo: se llama aceptación.
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.
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