Crítica a la Paranoia
Según un prejuicio popular, la Edad Media sería el tiempo de la superstición y el mundo en que vivimos el de la racionalidad. Hay abundantes indicios, sin embargo, que desmienten este tópico. Pese la extensión del sistema educativo y la proliferación de medios en los que informarse, las teorías conspirativas se extienden sin freno. Mucha gente está dispuesta a creer que las cosas malas que suceden en el mundo obedecen a poderes que actúan en la sombra, a las conjuras siniestras de los adversarios políticos. Este es, precisamente, uno de los rasgos comunes de este tipo de teorías: delimitan con nitidez el campo del “nosotros”, integrado por víctimas inocentes, y el terreno incierto de un “ellos” en el que unos seres siniestros conspiran sin cesar en aras de sus ilimitadas ansias de dominación. Estos individuos formarían círculos muy restringidos, pero nadie explica de donde sacan tan escasos individuos los medios coercitivos con los que imponer su voluntad y no ser derrocados por la mayoría. La cuestión de la naturaleza del poder permanece, de esta forma, al margen del estudio.
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