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Un mundo feliz de coronavirus


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

En mi nuevo mundo felizmente distópico nada tengo que envidiarle al de Aldous Huxley. Vivo en un lugar donde apenas tengo la oportunidad de suscribir su «reclamo el derecho a ser desgraciado», bien cargadita como voy de soma hipnopédico, ese al que todos nos hemos entregado ardientemente en estos tiempos de somnolencia y lenitud. ¿En qué momento le pasamos el control total de nuestras vidas y libertades al Estado? ¿Cuándo comenzó en realidad nuestro condicionamiento? Y si me lo estoy preguntando, ¿no es señal de que empiezo a cuestionármelo? ¿Voy inclinándome por el lado del buen salvaje de Rousseau, soy una especie de John atormentada o una Lenina orgiásticamente instalada en millones de eslóganes que manipulan y concentran mi mente y mis sentimientos deslizándose por el canal por el que ya circulan los de otros cientos de miles más de aborregados por la pandemia?

La gran verdad es que ya no sé diferenciar entre distopía y utopía, todo se ha vuelto una gran bola tentacular. Y resulta tan contagioso como el coronavirus.

Por ahora no sabría decir qué hacer ni por dónde empezar para conseguir recobrar mi libertad de elección. Vuelve a tratarse de tomar la pastilla roja o azul, y ya sabemos a lo que nos conduce eso, ¿verdad Neo? Hay que elegir entre sentimientos sin felicidad o ataraxia mental barojiana con ausencia de emociones discordantes y socialmente inaceptables.

Estamos, ahora más que nunca, en un mundo feliz y homologado. Todo está controlado, todo se hace por nuestro bien. Todo es por el pueblo pero sin el pueblo ¿No os suena? Nadie se sale de su casilla, las parcelitas están perfectamente delimitadas y habitadas, conocemos y sabemos lo que nos dicen que es bueno saber, el resto, confía, déjaselo al Gran Hermano. Creemos las cosas porque hemos sido acondicionado para creerlas, noche y día, pongas el medio que pongas, sistemáticamente, en forma de mantra maligno. Cada cual cumplimos nuestro cometido y función, aislados, en la soledad de nuestras paredes, ermitaños en el faro de John el Salvaje, y nos contagiamos de ensueños unos, y de despertares otros, que nos devuelven un mundo ya no tan feliz. Nada se habla de los suicidios, poco de los tormentos de los aislados viviendo solos con ellos mismos, apenas algo de tragedias familiares como un hecho excepcional e inconveniente en un mundo tan artificial y plastificado como el nuestro. Pero no es un mundo feliz, no es verdad. El ser humano no es ni bueno ni malo por naturaleza, ni el Estado es su padre salvador. Tampoco es la panacea fantástica en forma de soma que nos meten por la vena en mensajes subliminales y órdenes dadas en umbrales menos sutiles que eso.

Me siento infeliz en mi exilio. No me reproduciré. Estoy condenada a la inadaptación y ya no recibiré enseñanzas durante el sueño. No soy apta para vivir en la manada. Mi mundo feliz se ha ido para siempre y la nueva normalidad apunta a que será todo menos a eso.

Habrá que empezar a aprender a ser humana de nuevo. 

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.


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