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Democracia de nuestro tiempo


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

“Reconocemos que es difícil librarse de la sugestión del pasado. En todos los movimientos revolucionarios ha pasado lo propio. Los revolucionarios franceses tenían siempre a la mano citas clásicas y se creían continuadores de los republicanos griegos y romanos: los doceañistas se hacían la ilusión de que las Cortes de Cádiz venían a proseguir la obra de las Cortes castellanas y aragonesas de la Edad Media. Pero hay que hacer un esfuerzo contra esta sugestión y procurar situarse plenamente en el presente. Todo momento histórico es único. Tiene sus problemas y exigencias peculiarísimas, que han de resolverse de un modo nuevo y original, sin que sea menester para ello desaprovechar lo que en el pasado pueda haber de aprovechable.

Con frase acertada sintetiza en "Crisol" don José Ortega y Gasset la diferencia entre el actual momento y las revoluciones de tipo romántico, que muchos se obstinan en querer imitar reproduciendo sus ideas, sus gestos y su fraseología: "Ahora no se trata, como en 1848, de conquistar o reconquistar los derechos individuales, sino de organizar en nueva anatomía el cuerpo inmenso de la sociedad, de reformar sus tejidos celulares más profundos, por ejemplo, el económico. La operación antigua se reducía a soltar los individuos; faena dramática, pero nada difícil, para lo cual bastó con las barricadas. La nueva empresa, en cambio, exige una dirección y una disciplina de alto tecnicismo."

La política ha cambiado, en efecto, como la guerra, y ello exige un cambio correspondiente en el tono de los hombres que la ejercen. Ya los generales no se lanzan sable en mano a hendir las filas enemigas para animar a sus tropas que desfallecen, como en las buenas batallas románticas. Trabajan en una oficina apartados del fragor de la pelea, de la que no llegan a ellos más que los ecos que les transmite el teléfono. Así, el gobernante de una democracia moderna no puede ser el tipo del gobernante romántico, con su perilla y su melena alborotada. La democracia es, ante todo, eficacia y competencia para resolver los problemas incontables que a todas horas se le presentan al nuevo Estado.

No hay que confundir la democracia con la llaneza, como hacen los que protestan, por ejemplo, de que los ministros no reciban bastantes visitas. Un ministro moderno tiene demasiado que hacer para entretenerse en recibir visitas. Externamente el ministro de una democracia puede trabajar perfectamente con el mismo aparato que el de una autocracia; es el contenido de su labor lo que varía. Y, por otra parte, es de sobra sabido que la llaneza exterior más acentuada no es incompatible ni mucho menos con un régimen de gobierno desaforadamente arbitrario.”

(Ahora, número de 7 de junio de 1931).

 

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