Al principio, los talibanes no mostraron una oposición frontal, a la enseñanza femenina, pero enseguida se mostraron incapaces, de instaurar un sistema educativo, basado en la separación de sexos, lo que hacía que, en la práctica, las niñas no recibieran educación, a partir de los diez años. No obstante, la política educativa de los talibanes no fue uniforme, sino que varió según los territorios. En Kabul, considerado el escaparate del país, el control era más estricto, pues la mentalidad pastún, tribal, religiosa y rural de los talibanes, consideraba la cultura urbana, como contraria al Islam, y la capital era el epicentro, de esa supuesta idolatría. Así, el cierre de las escuelas femeninas en Kabul fue total, y las profesoras se quedaron sin empleo. Además, entre septiembre de 1996 y mayo de 1997, la Universidad de Kabul permaneció cerrada y, tras su reapertura, no se admitieron mujeres. Este hecho, también tuvo consecuencias en la educación masculina; no en vano, teniendo en cuenta que eran mujeres el 70% de los profesores no universitarios, la prohibición del derecho de las mujeres a trabajar, implicó que numerosas escuelas masculinas, también tuvieran que cerrar. En muchos casos, la enseñanza quedó a cargo de los mulás, con conocimientos pobres y exclusivamente de tipo religioso. El impacto de las medidas fue profundo en Kabul, pero también en Herat, donde el grado de educación y cultura, tanto femenina como masculina, era notable.