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Océano Atlántico: el origen de la circulación marina y nuestro gusto por el bacalao


  • Escrito por Suzanne OConnell y Pascal Le Floc’h
  • Publicado en Planeta
Shutterstock / photoneye Shutterstock / photoneye

¿Se cerró el Atlántico y luego volvió a abrirse? Se trata de una pregunta que el geofísico canadiense J. Tuzo Wilson planteó en un artículo en 1966.

¿Y la respuesta? Que sí, que este proceso se llevó a cabo durante millones de años, y que fue la fragmentación del supercontinente Pangea, que comenzó hace 180 millones de años, la que marcó el inicio de la creación de la cuenca del océano Atlántico tal y como hoy la conocemos.

La superficie de la Tierra está formada por placas tectónicas en constante intersección. Durante gran parte de la historia de nuestro planeta, estas placas han estado chocando entre ellas (lo que ha generado montañas y volcanes) y separándose (lo que ha dado lugar a los océanos).

Cuando la Pangea existía habría sido posible ir andando desde los actuales emplazamientos de Connecticut o Georgia, en Estados Unidos, al Marruecos moderno, en África. Los geólogos no saben qué es lo que hizo que los continentes se separaran, pero sabemos que cuando esto ocurrió los continentes se contrajeron y desmenuzaron, y que el magma se coló entre las cortezas continentales.


 

Este artículo forma parte de Oceans 21, una serie sobre los océanos del mundo que nos lleva a explorar las antiguas rutas comerciales del océano Índico, la contaminación de plásticos en el Pacífico, la luz y la vida en el Ártico, la pesca en el Atlántico y la influencia del océano Antártico en el clima global. La red de colaboradores internacionales de The Conversation pone estos textos a su alcance.


Las partes más antiguas de la corteza oceánica del Atlántico, que en el periodo de la Pangea estaban unidas, se encuentran en Norteamérica y África. Esto demuestra que estos dos continentes se separaron hace unos 180 millones de años, formando la cuenca del océano Atlántico Norte. África y Sudamérica, por su parte, se separaron unos 40 o 50 millones de años después, lo que dio lugar a la cuenca del océano Atlántico Sur.

Las erupciones de magma ascendieron desde el lecho del océano de la dorsal mesoatlántica, lo que generó nueva corteza oceánica sobre la cual las placas tectónicas se siguen separando. Ciertas zonas de esta corteza oceánica son más jóvenes que usted y que yo, y a día de hoy se sigue creando nueva corteza. El Atlántico sigue creciendo.

Mapa del mundo con zonas coloreadas que indican la antigüedad de las placas oceánicas
Este mapa muestra cómo la corteza oceánica se eleva sobre las grietas que hay entre las placas tectónicas y se expande hacia afuera. En el caso del Atlántico, la corteza oceánica color azul claro empezó a formarse hace 180 millones de años, cuando Norteamérica y África se separaron. La corteza verde se formó entre 128 y 84 millones de años atrás, cuando África y Sudamérica, de igual modo, se separaron. La corteza color rojo oscuro es la más reciente, ya que se formó hace entre uno y diez millones de años. NOAA NGDC

Vientos y corrientes

Una vez que la cuenca oceánica estuvo formada tras la separación de la Pangea, el espacio fue ocupado por agua procedente de las precipitaciones y de los ríos, y los vientos comenzaron a agitar la superficie de las aguas.

Debido a la rotación planetaria y a que la temperatura en el conjunto de la superficie terrestre es desigual, estos vientos soplan en distintas direcciones. La tierra registra temperaturas más elevadas en el ecuador que cerca de los polos, lo que hace que el aire se mueva. En el ecuador, el calor provoca que el aire húmedo se caliente, se expanda y se eleve. Y en las zonas polares, el aire, frío, seco y más pesado, desciende.

Este movimiento crea “células” de aire ascendente y descendente que determinan los patrones globales del viento. Y la rotación terráquea, por otro lado, hace que las diferentes partes del globo se muevan a distintas velocidades. En un polo, por ejemplo, una molécula de aire se limitaría a girar sobre sí misma, mientras que una partícula de aire en Quito, la capital de Ecuador, podría desplazarse hasta 12 742 kilómetros en un solo día.

Estas diferencias de movimiento hacen que las células de aire se separen. Por ejemplo, en la Célula Hadley, el aire tropical, que se encuentra sobre el ecuador, se enfría en las capas superiores de la atmósfera y desciende a 30 grados de latitud norte y sur (a grandes rasgos, cerca de los extremos septentrional y meridional del continente africano). La rotación de la Tierra hace girar este aire descendente, lo que genera vientos alisios que fluyen en dirección este-oeste por todo el Atlántico para acabar volviendo al ecuador. En latitudes más altas del Atlántico norte y el Atlántico sur, estas mismas fuerzas crean células de latitud media que generan vientos que soplan en dirección oeste-este.

Diagrama de la circulación atmosférica

Circulación atmosférica de la Tierra donde se muestra la célula Hadley, las células polares y las de latitud media, y también los patrones de viento que éstas producen. NASA/Wikimedia

El aire fluye sobre la superficie de los océanos, lo que genera movimiento en el agua. Esto produce un sistema de circulación de giros oceánicos o corrientes circulantes, que en el Atlántico norte se mueven en la dirección de las agujas del reloj y en el Atlántico sur al contrario. Estos giros forman parte de una especie de cinta transportadora que, a escala global, desplaza y distribuye el calor y los nutrientes a lo largo de los diferentes océanos del mundo.

La corriente del Golfo, que corre paralela a la Costa Este de Estados Unidos antes de tomar dirección este a través del Atlántico norte, forma parte del giro oceánico del Atlántico norte. Dado que la corriente desplaza agua caliente hacia el norte, es fácil distinguirla coloreada en las imágenes de satélite de infrarrojos. Como los ríos, esta corriente también serpentea.

Masas de agua en movimiento

Estas corrientes de aire sobre la superficie de los océanos son importantes por muchas razones, entre las que se incluye su influencia en la navegación humana. Sin embargo, solo afectan al 10 % del volumen de agua del Atlántico. La mayoría del agua del océano se rige por un sistema diferente, la circulación termohalina, que depende de la temperatura (termo) y la presencia de sal (halina).

Como muchos otros procesos que afectan a los océanos, la salinidad depende del tiempo atmosférico y del grado de circulación. Por ejemplo, los vientos alisios transportan aire húmedo desde el Atlántico a través de América Central y hasta el Pacífico, lo que hace que la salinidad se concentre en las aguas del Atlántico. Como consecuencia de ello, el agua de este océano es ligeramente más salada que la del Pacífico.

Esta salinidad extra hace que el Atlántico sea el motor de la circulación oceánica global. Dado que las corrientes desplazan las aguas de superficie en dirección al polo, el agua se enfría y se hace más densa. Y esto hace que, al final, cuando alcanzan una latitud alta, este agua fría y salada inunde el lecho oceánico. Desde allí va fluyendo por el lecho marino y luego en dirección al polo opuesto, lo que genera corrientes basadas en la densidad del agua como la Masa de Agua Profunda del Atlántico Norte o el Agua del Fondo Antártico.

Mapa de la circulación termohalina

La circulación termohalina global depende fundamentalmente de la formación y el descenso de masas de agua a gran profundidad. Estas desplazan el calor desde el ecuador hacia los polos. Hugo Ahlenius, UNEP/GRID-Arendal, CC BY-ND

Al moverse, estas corrientes profundas arrastran a los organismos de superficie que han muerto y han descendido hasta el lecho marino. Con el tiempo, estos organismos se descomponen y al hacerlo dotan al agua de nutrientes esenciales.

En algunos lugares, estas aguas ricas en nutrientes vuelven a subir a la superficie en un proceso denominado surgencia. Cuando dichas aguas ascienden a la parte del océano a la que llega la luz del sol, a 200 metros de la superficie, unos pequeños organismos denominados fitoplancton se alimentan de sus nutrientes. Y a cambio, el fitoplancton se convierte en alimento para el zooplancton y para organismos más grandes situados más arriba en la cadena alimenticia. Algunos de los caladeros más ricos del Atlántico, como los Grandes Bancos situados al sureste de Terranova (Canadá), o los caladeros de las Islas Malvinas, en el Atlántico Sur, son áreas de surgencia.

Hay muchos aspectos del Atlántico que aún nos son desconocidos, sobre todo los que afectan al cambio climático. ¿La subida de los niveles de dióxido de carbono y el consecuente aumento de la acidez de los océanos afectarán a las cadenas tróficas marinas? ¿Cuál será el impacto del aumento de la temperatura de los océanos en la circulación de las corrientes y en la intensidad de los huracanes? Lo que sabemos a día de hoy es que los vientos, las corrientes y la vida marina del Atlántico son elementos que están íntimamente interconectados, y, por tanto, el hecho de alterar cualquiera de ellos podría tener efectos de gran alcance.

Pesca del bacalao en el Atlántico

Pero ahora volvamos a la superficie y dirijamos nuestra mirada a los primeros barcos que se dedicaron a la pesca del bacalao en las costas canadienses. Estas embarcaciones pioneras abrieron el camino para la explotación de los ricos recursos pesqueros del Atlántico (particularmente del bacalao). Numerosas comunidades sacaron un gran provecho de estos recursos durante siglos, hasta que se hizo imposible ignorar el peligro de la sobreexplotación.

Cuando se habla de la historia de la pesca en el océano Atlántico, habitualmente se sitúa su origen en el descubrimiento de los ricos caladeros de bacalao en las aguas de Terranova por parte del navegante y explorador italiano John Cabot, que dirigió una expedición inglesa a la zona en 1497. Entre los siglos XVI y XX la fiebre del bacalao se extendió por las flotas pesqueras europeas. Así, por ejemplo, entre 1960 y 1976, barcos españoles, portugueses y franceses realizaron el 40 % de las capturas en la zona. Sin embargo, en 1977, Canadá amplió sus aguas territoriales 200 millas, con lo que se hizo con el control de los caladeros de bacalao de Terranova, que suponían el 70 % de la producción de dicho pescado en el Atlántico noroccidental.

Pescadores a bordo de un barco con una captura de bacalao

Pescadores a bordo de un barco con una captura de bacalao. Georg Kristiansen/Shutterstock

Durante cinco siglos, lo único que importó fue el volumen de las capturas, lo que dio lugar a innovaciones en el diseño y el equipamiento de los barcos pesqueros. La industria pesquera del bacalao alcanzó su cénit en Terranova e Islandia a finales del siglo XIX. Entre 1800 y 1900, Francia, la mayor potencia pesquera junto con Gran Bretaña, contó con más de 30 000 barcos.

A finales del siglo XIX los botes de remos fueron sustituidos por unas embarcaciones diseñadas en Norteamérica que poseían fondo plano y tenían capacidad para dos personas, lo que aumentó enormemente la producción. Sobre las condiciones de seguridad de esta nueva embarcación, hay una placa en el Museo de la Pesca de Normandía (Francia), dedicado a la historia de la pesca comercial de bacalao, en la que habla del riesgo de perder un hombre al caer por la borda: “Estaba asimilado como algo que formaba parte de la pesca del bacalao”. Pero a comienzos del siglo XX los barcos de vapor empezaron a sustituir a estas embarcaciones.

Se produjo un aumento de la productividad que vino de la mano de nuevas técnicas implantadas durante las décadas de los 50 y 60, como por ejemplo la pesca de arrastre trasera (back-trawling) en lugar de la de tipo lateral, a lo que hubo que añadir la reducción del número de tripulantes.

El mayor volumen de capturas de bacalao (1,9 millones de toneladas) se produjo en 1968. Posteriormente, el volumen de capturas se fue reduciendo año a año, hasta quedar por debajo de la cifra del millón de toneladas en 1973. La cifra volvió a incrementarse en la década de los 80, después de que las flotas europeas fueran expulsadas de Terranova… aunque esta expulsión no duró demasiado. El 2 de julio de 1992 el Gobierno canadiense anunció una moratoria para la pesca de bacalao, lo que venía a confirmar que las poblaciones estaban al borde del colapso. De hecho, este colapso de los caladeros en la zona atlántica noroccidental se ha convertido en un ejemplo de manual de los riesgos de la sobreexplotación pesquera.

La gran captura

La producción de pescado en el Atlántico ha pasado de una cifra estimada de 9 millones de toneladas en 1950 a más de 23 millones anuales entre 1980 y 2000. En 2018, la cifra fue de 22 millones de toneladas. Estos volúmenes de producción se han mantenido estables desde 1970.

En el Atlántico norte, el merlán y el arenque son las principales especies por volumen de capturas. En el Atlántico central este lugar lo ocupan la sardina y las especies de sardinella, mientras que en el Atlántico sur las especies principales por volumen de capturas son la caballa y la merluza argentina.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) ha identificado seis zonas básicas de producción pesquera en el Atlántico (ver mapa inferior). En 1950 estas áreas suponían el 52 % de las capturas pesqueras mundiales, pero entre las décadas de los 60 y 80 esta proporción descendió a entre un 37 % y un 43 %. Desde 1990 solo un cuarto de la producción pesquera mundial proviene de flotas que faenan en el Atlántico.

En este momento cerca del 60 % de la producción pesquera mundial proviene de caladeros del Pacífico, mientras que un 15 % corresponde al océano Índico.

La FAO ha identificado seis áreas de explotación pesquera en el océano Atlántico. Le Floc’h (a partir de un mapa de la FAO de 2003), CC BY-NC-ND

Atlántico noreste (Área FAO 27). Incluye los caladeros explotados por las flotas europeas. Se trata del área con la producción más abundante de toda la zona atlántica con mucha diferencia, con un volumen total de capturas de 9,6 millones de toneladas en 2018. En este mismo año Noruega fue el país con mayor cantidad de capturas (2,5 millones), seguida por España (1,5 millones). También se trata del área con mayor diversidad, ya que cuenta con 450 especies con valor comercial

Atlántico noroeste (Área FAO 21). Abarca desde el litoral de Rhode Island y el golfo de Maine, en Estados Unidos, hasta las costas canadienses, incluyendo el golfo de San Lorenzo y las aguas de Terranova y Labrador. La pesca del bacalao ha sido hegemónica en estas aguas desde el siglo XVI. El mayor volumen de capturas se produjo en 1970, con más de cuatro millones de toneladas, pero posteriormente, a partir de los noventa, estas cifras fueron descendiendo como consecuencia de la moratoria de 1992. Desde el año 2000 este área noroccidental supone en torno al 10 % del total de volumen de capturas del Atlántico (1,7 millones de toneladas en 2018). La FAO reconoce hasta 220 especies comerciales en la zona.

Atlántico centro-oriental (Área FAO 34). Abarca desde la costa de Marruecos a la de Zaire. Entre las especies capturadas se incluyen la sardina, la anchoa y el arenque. En 2018 esta área supuso un cuarto del total de la producción pesquera de las seis áreas del Atlántico. Ese mismo año, los caladeros del África occidental registraron el segundo volumen más alto de capturas tras los del Atlántico noreste. Es distintivo de esta región su gran número de especies comerciales reconocidas por la FAO, con cerca de 300.

Atlántico centro-occidental (Área FAO 31). Abarca desde el sur de Estados Unidos al norte de Brasil, incluyendo el Caribe. Desde los años 70, el volumen de capturas se ha mantenido entre 1,3 y 1,8 millones de toneladas (entre el 5 % y el 10 % de todas las del Atlántico). Las especies más valoradas del mar Caribe son la gamba y la langosta.

Atlántico suroriental (Área FAO 47). Incluye las costas de Angola, Namibia y Sudáfrica. La producción superó los dos millones de toneladas en las décadas de los 70 y 80, con lo que suponía el 10 % de las capturas del Atlántico. Desde los 90 el volumen de capturas se ha mantenido estable en torno a 1,5 millones de toneladas. Se trata de la región pesquera con menos diversidad del Atlántico, con solo 160 especies comerciales reconocidas por la FAO. La caballa, la merluza y la anchoa suponen el 59 % de la producción total.

Atlántico suroccidental (Área FAO 41). Se extiende por el litoral de Brasil, Uruguay y Argentina, y hasta la década de los 80 fue la zona pesquera con menor volumen de capturas de todo el Atlántico, con solo el 5 % del total. Pero a partir de los 90 sus caladeros empezaron a registrar cifras de explotación de entre 1,8 y 2 millones de toneladas, entre el 8 % y el 10 % del total. Esto puede achacarse a la inversión realizada por el Estado argentino en los 80 para mejorar su flota pesquera. Hay un total de 225 especies comerciales reconocidas, y el 52 % de las capturas las concentran la merluza, el calamar y la gamba.

Capturas en el océano Atlántico según las zonas pesqueras de la FAO (1950-2018). Le Floc’h, CC BY-NC-ND

Proteger todo el ecosistema

En un momento en el que las proyecciones científicas prevén que todos los recursos marinos se agotarán para 2048, es necesario cambiar el enfoque en lo relativo a la explotación de los caladeros. El objetivo debe ser evitar que se produzcan tragedias como la ocurrida con las poblaciones de bacalao en la región atlántica noroccidental.

En este contexto, la protección de los ecosistemas se ha convertido en una prioridad. El hecho de que tengamos un conocimiento cada vez mayor sobre el impacto de la pesca es resultado del buen trabajo llevado a cabo por investigadores en ecología y ciencias sociales desde los años 70. Estos investigadores situaron el concepto de resiliencia en el centro de sus estudios.

Este nuevo enfoque de gestión respetuoso con los ecosistemas está respaldado por las leyes en Europa y Canadá. En Estados Unidos existían leyes similares, y, aunque fueron revocadas por Donald Trump, es posible que vuelvan a ser aprobadas por el nuevo presidente, Joe Biden. Sin embargo, aún queda mucho trabajo por hacer para afrontar el principal reto: implantar este modo de gestión en todos los caladeros del Atlántico.The Conversation

Suzanne OConnell, Professor of Earth and Environmental Sciences, Wesleyan University y Pascal Le Floc’h, Maître de conférences, économiste, laboratoire Amure (UBO, Ifremer, CNRS), Université de Bretagne occidentale

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.