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No podremos alcanzar un desarrollo sostenible con unos océanos enfermos


  • Escrito por Josep Lluís Pelegrí Llopart
  • Publicado en Planeta
Shutterstock / poliki Shutterstock / poliki

En enero de 2021 comenzó la Década de las Ciencias Oceánicas para el Desarrollo Sostenible, proclamada por las Naciones Unidas y coordinada por la Comisión Oceanográfica Intergubernamental. Esta Década de los Océanos, que se extenderá hasta finales del 2030, tiene como objetivo central promover una gestión de los océanos y costas basada en el conocimiento científico, que haga de los océanos saludables uno de los pilares para el progreso de toda la humanidad.

Bajo el lema “La ciencia que necesitamos para el océano que queremos”, la Década de los Océanos parte de la premisa de que las ciencias oceánicas deben impulsar la Agenda 2030 del Desarrollo Sostenible. Esto solo será posible mediante un proceso reflexivo, inclusivo y transformador: que surja del conocimiento científico e incorpore la participación de organizaciones gubernamentales y civiles, con un alcance transformador hacia toda la comunidad internacional y el propio planeta.

En este artículo empezaré recordando el rol principal de los océanos como artífices de la vida planetaria y las posibilidades que el océano nos brinda como fuente de recursos sostenibles. Terminaré reflexionando, desde una perspectiva naturalista, sobre los principios de justicia social y evolución individual y colectiva que subyacen en el concepto de desarrollo sostenible.


 

Este artículo forma parte de Oceans 21, una serie de artículos sobre los océanos del mundo que nos llevan a explorar las antiguas rutas comerciales del océano Índico, la contaminación de plásticos en el Pacífico, la luz y la vida en el Ártico, la pesca en el Atlántico y la influencia del océano Antártico en el clima global. La red de colaboradores internacionales de The Conversation pone estos textos a su alcance.

Los océanos: nuestro mayor recurso compartido

Los océanos regulan la vida de nuestro planeta, tanto la de cada una de sus especies, incluida la humana, como la del propio planeta vivo. El 97 % del agua en la superficie del planeta, que es la base de la vida, se encuentra en los océanos. El exceso de evaporación oceánica aporta el 34 % del agua que precipita sobre los continentes, manteniendo por tanto la vida de los ecosistemas terrestres.

Los océanos también son los principales artífices de la complejidad y resiliencia de nuestro planeta. Son los grandes repositorios y distribuidores de la energía solar, regulan los gases de tipo invernadero necesarios para el clima, y acumulan la mayor parte de los nutrientes y minerales que conforman el ciclo de la vida a escalas que van de años a milenios.

Los océanos son, además, los grandes conectores planetarios, con el mismo rol de distribución de propiedades que tiene el sistema circulatorio de un ser vivo. Mantienen, a nivel global, un proceso continuo de producción primaria y remineralización de materia orgánica. Se trata de un ciclo que se reinicia cada año y que permite un funcionamiento homeostático optimizado que solo requiere energía solar.

La resiliencia de los océanos los convierte también en los grandes reguladores del impacto antrópico planetario, que incluye tanto el cambio global como el cambio climático. Por cambio global entendemos los múltiples desajustes que experimenta la naturaleza, desde la escala local a la planetaria, como resultado de la contaminación, la degradación de los ecosistemas y la sobreexplotación de los recursos naturales.

Por cambio climático de origen antrópico concebimos esencialmente el aumento de la temperatura del planeta causado por la emisión de gases invernadero, que resultan sobre todo de la utilización de combustibles fósiles. Este aumento de temperatura viene acompañado de cambios de patrones climáticos, la subida del nivel del mar y una mayor frecuencia de eventos meteorológicos extremos.

Puesta de sol en la Cuenca de Canarias. Foto tomada a bordo del buque oceanográfico Sarmiento de Gamboa. Ignasi Vallès, Author provided

Economía azul: marítima y sostenible

Cambio global y cambio climático son las dos caras de una misma moneda: el impacto antrópico planetario que se ensaña con los colectivos más vulnerables. A la desigualdad en el acceso a unos niveles básicos de bienestar, muy evidente entre diferentes comunidades y regiones, se le suma la distinta capacidad para desarrollar medidas paliativas frente al impacto antrópico.

Esta justicia social tan dispar contrasta con la visión del océano como un bien común. El océano no solo proporciona sus esenciales servicios ecosistémicos a todo el planeta, también es la mayor riqueza compartida de la humanidad, el principio rector de lo que ahora llamamos la economía azul. Una economía que no solo es un espacio físico de recursos minerales y posibilidades logísticas al servicio de todas las personas, es sobre todo un nuevo modo de pensar y actuar con la naturaleza.

Estos recursos perdurables son la pesca sostenible y la acuicultura responsable, las energías renovables marinas y eólicas, el agua potable, los recursos marinos de origen animal o vegetal, y la biotecnología y recursos genéticos. Incluyen también las actividades que giran alrededor del entorno costero y marino, desde el turismo ecológico hasta el comercio de proximidad.

A este patrimonio común se le suman los beneficios culturales, estéticos y de salud física y emocional que proporciona un entorno natural sostenible. Todo ello representa una oportunidad inigualable para que un sinnúmero de recursos sostenibles estén al alcance de todas las personas, comunidades y naciones.

Pesca artesana en la playa de Pangandaran, Indonesia. La pesca representa el 17% de la proteína consumida a nivel global y excede el 50% en muchos de los países menos desarrollados. Azwari Nugraha, Author provided

Des-enrollar en armonía

El concepto de desarrollo sostenible a menudo va asociado a la idea de “uso” de los sistemas naturales para el bienestar de la humanidad. El término “sostenible” presupone una condición necesaria: el modo de empleo no debe alterar la estabilidad temporal del sistema. ¿Pero es esta condición suficiente? ¿Es la perspectiva utilitaria del planeta coherente con la sostenibilidad?

Desde un punto de vista naturalista, la salud de cualquier organismo no es posible sin el desarrollo armónico de ese organismo con su ecosistema. Por tanto, aplicado a nuestra relación con el planeta, el concepto “uso” debería dar paso a la idea de “ser parte”. Este pensamiento surge del propio significado etimológico de la expresión “desarrollo sostenible”.

Desarrollo viene de desenrollar, extraer algo que se guarda dentro (en inglés develop también viene del francés développer: des-envelopper). Por tanto, el desarrollo debe conllevar necesariamente un crecimiento interior, la evolución de una potencialidad ya existente o latente.

Sostenible, por otro lado, no debe comportar la idea de un estado permanente e inmutable sino más bien el de una evolución dinámica y armoniosa. Se trata de mantener desde la base (sostenible: subs-tenere) un sistema homeostático y resiliente, organizado con un mínimo de entropía, que evoluciona hacia una mayor complejidad.

Volver a la naturaleza

La naturaleza, con los océanos como su componente principal y esencial, emerge como el mejor ejemplo de desarrollo sostenible. Nuestro reto como especie es formar parte de este desarrollo armónico planetario. La especie humana puede alcanzar su máxima evolución si se orienta hacia la inteligencia vital de nuestro planeta vivo.

Escuchar y aprender de la naturaleza, formar parte de ella en lugar de poseerla. Nuestra individualidad no debe separarnos de nuestras comunidades y nuestras comunidades no deben separarse del planeta. Nuestras diferencias no nos llevan a competir, al contrario, nos complementan y aportan a la complejidad y resiliencia planetaria.

Un grupo de delfines deslizándose plácidamente frente al buque oceanográfico Sarmiento de Gamboa en aguas del afloramiento del noroeste africano. Anna Oliver, Author provided

Los objetivos del desarrollo sostenible no deben basarse en el uso utilitario de la naturaleza, ni siquiera si se trata de un uso sostenible. El enfoque debe ir encaminado a formar parte de la naturaleza en lugar de poseerla.

Los objetivos del desarrollo sostenible son una oportunidad para que toda la humanidad, sin excepción, alcance unos derechos básicos de bienestar social, algo perfectamente posible con los recursos planetarios. Pero, sobre todo, los objetivos deben impulsarnos hacia una nueva fase en nuestra evolución como especie, hacia un crecimiento interior –individual y colectivo– en armonía con la naturaleza.The Conversation

Josep Lluís Pelegrí Llopart, Oceanógrafo y profesor de investigación, actualmente director del centro, Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation