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El tesoro de la Juventud


  • Escrito por Federico Balart
  • Publicado en Poetas

¡AH, Señor, cuántas pálidas auroras

Me han hecho tristes arrugar el ceño!

¡Cuántas noches de angustia, cuyas horas

Lentas pasaban sin traer el sueñol

¡Deja, deja a mis ojos ver el campo

De la nieve en las ásperas montañas!

¡Dadme la libre soledad del campo!

¡Dadme la alegre paz de las cabañas!

 

Pueda yo, recostado en una peña,

Junto a aquel mar azul que el cielo cubre.

Dar al olvido, entre la hirsuta breña,

El hedor de esta atmósfera insalubre.

 

Y vagando por valles y por lomas,

Al soplo de los aires vespertinos,

Respirar confundidos los aromas

De las algas, los henos y los pinos.

 

Y en las plácidas noches del verano.

Entre el rumor del viento y de las olas.

Tranquilo adormecerme al son lejano

De las dulces marinas barcarolas;

 

Y antes que dore el alto firmamento

La aurora que los cielos engalana,

Oír entre la sombra el ronco acento

Del gallo, precursor de la mañana,

 

Y de la agria carreta gemidora

El eje rechinante que voltea,

Y el rumor de la gente labradora

Que principia su rústica tarea;

 

Y a la trémula voz de la campana

Que llama a la oración antes del día.

Ver los cielos vestirse de oro y grana

Y estremecerse el mundo de alegría.

 

Cuando arden los lejanos horizontes

Y los valles recónditos humean

Y en las cimas azules de los montes

Jirones de vapor al aire ondean.

 

¿Cuándo podré a la luz del sol que brilla

Reflejado en el agua bullidora

Ver cual se aleja de la seca orilla,

Mar adentro, la barca pescadora.

 

Que moviendo a compás los largos remos

Cuando baja las ondas espumantes.

Parece destilar por sus extremos

Cataratas de líquidos diamantes,

 

Y luego, al viento que su casco azota

Soltando el lienzo de una y otra vela,

Semeja cenicienta gaviota

Que, rasando la mar, tranquila vuela?

.....................................

Y al margen del arroyo, en la floresta

Que cruza sobre mí sus ramas dobles,

Dormir el blando sueño de la siesta

Bajo el dosel flotante de los robles;

 

O estampar en las playas arenosas,

Que la brisa del mar liviana orea.

Las huellas de mi paso caprichosas

Que al volver, ha borrado la marea;

 

Y sorprender en las alas de los vientos

Que vienen de las breñas más lejanas,

Como un coro de silfos los acentos

De las dulces canciones asturianas,

 

Y cuando el sol declina al Océano,

Y la noche, al ganar la excelsa altura.

Arrastra por el monte y por el llano

De su manto talar la fimbria obscura,

 

A la postrera luz que en tintas rojas

Baña las nubes con vistoso alarde,

Respirar bajo el palio de las hojas

El balsámico ambiente de la tarde,

 

Y ver sobre el crepúsculo encendido.

Que el ocaso de púrpura j aspea.

Los vuelos del murciélago aturdido

Que en círculos fantásticos voltea,

 

Y cual astros, que a tierra derribados

Lanzó la noche de sus negros tules.

Descubrir en los setos y vallados

Los pálidas luciérnagas azules,

 

Y por las altas selvas seculares,

O por la cresta de la escueta duna.

Ver cómo surge de los hondos mares

El disco silencioso de la luna,

 

Y pasar las veladas de Febrero

Con la robusta gente campesina

En tomo del hogar donde arde el tuero

Perfumando la lóbrega cocina;

 

Y tras cena frugal junto a las llamas

El sueño conciliar, con Dios a solas,

Al plácido susurro de las ramas

Y el confuso bramido de las olas.

......................

Concédeme, Señor, que en el reposo

De ese cielo, esos montes y esos mares,

Las flores de mi invierno, al fin dichoso.

Presente por ofrenda en tus altares.

 

Allí, bogando en plácida bonanza,

El alma regirán de gozo henchida,

La Fe, la Caridad y la Esperanza,

Timón y vela de la humana vida.

 

Allí, abismado en éxtasis eterno,

Lejos de los que gárrulos blasfeman,

Me inundará tu amor, cual sol de invierno,

Cuyos rayos alumbran y no queman.

 

Allí del mundo pérfido apartado

Mis dulces noches, mis serenos días,

Libres al fin de incómodos cuidados

Leves serán, como ánforas vacías;

 

Y allí, desvanecida la memoria

De todas las falaces ilusiones,

A tu amor, a tu culto y a tu gloria

Consagraré mis últimas canciones.

 

¡Hasta que ante tu voz que eterna vaga

Se extinga entre mis labios la armonía

Como lámpara inútil que se apaga

Cuando surge el albor del nuevo día!


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