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A Napoleón


  • Escrito por Carolina Coronado
  • Publicado en Poetas

No es ira, no es amor, no es del poeta

inspiración febril, es más ardiente

la llama que discurre por mi frente,

y el alma absorbe, el corazón me inquieta.

Yo amo la tempestad, amo el estruendo;

cuando el vértigo insano me arrebata,

sueño que en nube de luciente plata

voy por el mundo un huracán siguiendo.

 

El rayo en torno de mi frente gira,

el aquilón bajo mis plantas brama,

y lucho y venzo, y mi furor se inflama,

y ansiosa el alma a otra victoria aspira.

 

Yo quiero alzado al fin sobre los hombres,

avasallar los pueblos y los reyes;

romper sus cetros; derrocar sus leyes,

hollar sus triunfos y borrar sus nombres.

 

Ancha cadena que circunde el polo

yo quiero eslabonar con mis guerreros;

y bajo el pabellón de sus aceros

la gran nave en la mar llevar yo solo.

 

Y ¡oh! si pudiera hurtar al firmamento

sus brillantes magníficas estrellas,

¡también imperios levantara en ellas

para ensanchar allí mi pensamiento!»

 

¡Francia, levanta! sal del caos profundo

en que yace tu pueblo sepultado,

que en brazo poderoso tremolado

va tu estandarte a conquistar el mundo.

 

¿Quién distinguir entre la inmensa grey

podrá al caudillo de tamaña empresa?

¿Qué señal en el rostro lleva impresa

el que del solio arrojará a tu rey?

 

Ese mancebo que los brazos grave

cruza sobre su seno, y la mirada

como águila en el sol, ardiente, osada,

clava en la multitud… ése lo sabe.

 

¡Oh! ¡cuál contra el mancebo se irritara

si su mirar la turba comprendiera!…

¡Si su ambición oculta sorprendiera

de ese rubio garzón, cuál se burlara!

 

Joven es el león; mas ya en la tierra

no hay fuerza que a igualar su fuerza alcance,

y ¡ay de la Europa, o Francia! cuando lance

ese joven león grito de guerra.

 

Verás como esa voz de los franceses

de pecho en pecho noble se difunde;

como chispa de fuego prende y cunde

de caña en caña por las secas mieses.

 

Verás, tras el magnífico estandarte

donde el águila altiva se reposa,

como tu juventud marcha orgullosa

la libertad, la gloria a conquistarte.

 

¡Verás!… mas antes que el caudillo sea

héroe conquistador de las naciones,

deja que a Egipto lleve sus legiones

y del grande Ramsé la tumba vea.

 

Éstas de reyes son y emperadores

las moradas magníficas que habitan,

éste es el rico manto en que dormitan

de tierras y de mares los señores…

 

Éste es el cetro que en sus regias manos

fue látigo cruel o adorno inútil:

no es que un brillo me seduzca fútil

si hoy os le arranco ¡nobles soberanos!

 

No es que me ciega joya tan lucida,

¡es que me irrita que los pueblos lloren,

es que me irrita que temblando adoren

los pueblos esa joya envilecida!…

 

Y esta corona… ¿sola una diadema?

¿cien batallas por una solamente?

¿Será una sola incienso suficiente

para este fuego que mis sienes quema?

 

Reyes, emperadores, ¡guerra! ¡guerra!

yo haré que en una sola se refundan

las coronas que, inútiles, circundan

tantas míseras frentes en la tierra!

 

¡Huid del monte aquel resplandeciente

que de Austerlitz se eleva en las llanuras…

Huye, Alejandro, antes que en sus alturas

volcán oculto brote de repente

 

¡Ay! que ya va tu juventud ardiente

a estrellarse en las águilas seguras…

Las nubes su vapor todo han juntado,

y el suelo va a quedar todo anegado.

 

Pero en sangre, Señor, en sangre pura,

porque el rey de las águilas osadas

donde terrible asienta sus pisadas

de cadáveres cubre la llanura;

 

cual los ojos de fiera en noche oscura

relucen entre el humo sus espadas,

y a bandadas los cuervos por el viento

síguenle en torno con feroz contento.

 

Caen, como en horrible terremoto,

las torres desplomadas, sus legiones,

sobre los extranjeros campeones

que osan poner a sus victorias coto;

 

bajo los pies de sus caballos roto

yace el blasón de dos fuertes naciones,

y dos imperios juntos retroceden

y dos monarcas el laurel le ceden.

 

¡Oh! tú que alzado al fin sobre los hombres,

lograste avasallar pueblos y reyes,

romper sus cetros, derrocar sus leyes,

hollar sus triunfos y borrar sus nombres.

 

¡Napoleón! tú que abarcando el polo

con tu cadena inmensa de guerreros,

bajo del pabellón de sus aceros

la gran nave en la mar llevabas solo.

 

¡Ay! ¿cómo a la merced del Océano

dejas bogar tu nave huyendo de ella?

¿Has ido a conquistar alguna estrella

para alzar otro imperio soberano?

 

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