Campesinas
- Escrito por José Morón Vázquez
- Publicado en Poetas
En pos del arado,
á la esteva ferrada sujeto,
de los llanos terrosos y ásperos
las abiertas besanas siguiendo,
resignado cual bestia de carga,
camina el labriego
ajustando al andar de las yuntas
dulces cantos de amor soñolientos.
Tras las altas montañas que cercan
los viejucos hogares del pueblo,
aun en él, ven las turbas doradas
de los privilegios,
un trasunto de aquella rudeza
ancestral de sus padres y abuelos;
gajo vil de ignorancia y miseria,
despreciable siervo
que recibe del amo el trabajo
como don benéfico,
sin más emociones,
sin otros anhelos
que entregar abundante cosecha
al rico avariento,
que le arroja á los pies un pedazo
del mendrugo que sobra á su perro.
¡Mas no, que se engañan!,
que yo, hijo del pueblo,
bardo fiel que rumiando sus ansias
voy con ellos sus penas sintiendo,
rimando en mi lira
la canción de los pobres hambrientos,
yo que he sorprendido
de su alma escondidos secretos,
y en sus horas de breve reposo
le he visto leyendo,
á furto del amo,
ácratas folletos,
donde forjan las nuevas ideas
los sabios modernos,
sé que vagas ideas de justicia
hoy despiertan su obscuro cerebro
y que ansioso esperando la hora
del desquite tascando va el freno;
ya no besa las manos cual antes,
sufriendo en silencio
el trallazo brutal con que marca
sus espaldas el amo negrero;
él ya sabe que son granos de oro
la semilla que arroja al terreno;
él ya sabe que el hijo del campo
es igual al burgués en derechos.
Por eso mil-ando
los campos ubérrimos,
los inmensos tablares de espigas
oscilando á los besos del viento,
los bosques de pinos,
los verdes viñedos,
los floridos bardales de zarzas
tras los cuales albean los huertos,
las yuntas de bueyes,
babeando y tranquilos paciendo,
la legión de gallinas seguidas
de un tropel de gentiles polluelos,
y los recentales
escalando las lomas y cerros;
y pensando en los hartos de grasa,
los que habitan palacios soberbios,
los que beben en copas de oro
y reposan en pérsicos lechos,
comparando su mísera choza,
pocilga de puercos,
la inmunda bazofia
que le espera por todo alimento,
su hogar pobre y frío
y sus hijos hambrientos y en cueros,
he visto sus ojos
llamear con fulgores siniestros
y nublarse su frente rugosa
por oculto y tenaz pensamiento,
que traduce al andar mentalmente
con aire profetice:
¡Si esto fuera mío!
¿Por qué no ha de serlo?
~~¿No es un robo inicuo,
un despojo hecho
contrario á las leyes
de las gentes, contrario al derecho?—
Y el humilde paria,
el esclavo de todos los tiempos,
el que lleva á través de los siglos
para escarnio y baldón del progreso
en sus hombros, cual mártir cristiano
del trabajo, el pesado madero,
el nunca rebelde
en el último esfuerzo supremo
de su angustia indecible, le he visto
de servil transformado en liberto,
alzarse iracundo,
vengador, soberano, tremendo
y mientras las lágrimas
van surcando su rostro moreno
en demanda de un sol de justicia
con el puño crispado hacia el cielo
señalar á la tierra exclamando:
—¡Dios! ¿De quién es esto?
(Vida Socialista, mayo de 1910)