¡Francia!
- Escrito por Javier Bugallal
- Publicado en Poetas
En aquel tiempo, ¡Francia! bajo el bárbaro yugo
que uncía tus derechos al carro de las leyes,
como el perro á quien su amo da el último mendrugo,
tú comías el pan que sobraba á tus reyes.
Y en el horno en que hierven los rencores ocultos,
comenzaba á bullir la venganza futura,
y se oía ese choque de los huesos sepultos,
cuando quieren los muertos dejar su sepultura.
Sobre el pueblo de hinojos, que invadía en enjambre
como una horda de parias tus plazas y tus calles,
en sus áureas carrozas, para mofa del hambre,
paseaban los nobles camino de Versalles.
Reprimía el respeto con su mano herrumbrosa
los anhelos feroces de la humana trailla,
en tanto que, á la vida señalando una fosa,
tus amos, de lamentos poblaban la Bastilla.
Y advirtió al fin el tiempo que era sobra de espacio
para rey tan mezquino, tan inmensa nación,
y la Austríaca, dejando su dorado palacio,
fué á ocultar su lascivia al pequeño Trianón.
Ya el instante propicio te llamó á rebeldía,
y en un hombre encarnando tu rencor de mujer,
entregaste las riendas que ataban la jauría
al brazo inexorable del joven Robespierre.
Y el tribuno, impasible, poniendo su arrogancia
frente á frente del trono que iba á herir la ruina,
en el charc o de cieno que era tumba de Francia,
sobre un negro roquedo clavó la guillotina.
Y de rojo teñida vióse el ala del cuervo,
y en el brazo extendido del sangriento farol,
expiando la ignominia de su fasto protervo,
colgaste á los sayones de tu magno Rey-Sol.
Tus mujeres, sedientas de venganza, corrían,
y en un lago de sangre se trocó tu ciudad;
y los muertos, dejando la paz en que dormían,
amasando su podre, de la tumba salían,
porque sólo hasta entonces en la tumba sabían
lo que era la Igualdad.
De libertad era el cántico que lleno de ardor bélico,
como un Fidias que en Grecia su garra deja impresa,
dejó Rouget, esculpido sobre mármol pentélico,
cuando por vez primera cantó La Marsellesa.
Y libertad, instigados, pedían, por el miedo,
bajo el balcón de oro, donde temblaba el Rey,
y gateando, trataban de escalar el roquedo,
para herir, por sí mismos, el cuello de la ley.
«¡Libertad!, ¡Libertad!», decían con el mismo
majestuoso graznido de un águila caudal;
y la horca continuaba sobre el lóbrego abismo
ofreciendo al tirano su abrazo sepulcral.
Y el tirano, aterrado cuando entró por -su estancia
de la ola vengadora el creciente gentío,
huyó, dejando sólo, para escarnio de Francia,
una mancha de sangre sobre un trono vacío.
Liberto del rumor iracundo de la ola
vióse ante Francia, libre; y ante el peligro, vivo.
¡Ciego! El Destino viste la roja Carmañola
y va al son de tu coche cabalgando al estribo.
Y un día, en fin, la muerte, con su clarín ya ronco,
hizo al mundo aterrado, temblar de zona á zona;
porque al caer una testa, separada del tronco,
cayó sobre la Historia, rodando, una corona.
Y entonces, Francia, fuiste más fuerte que el res-
[peto;
y ante el orbe que atónito, temía tu sanción,
en el trono teñido de sangre de Capeto,
se sentó la Nación.
(Vida Socialista, enero de 1911)