‘Madame Butterfly’ sin kimonos de seda: más tragedia que melodrama
- Escrito por Manuel Espin
- Publicado en Cultura
La última vez que el Teatro Real acogió 'Madama Butterfly' de Puccini, que es la octava ópera más representada de la totalidad del género desde su estreno en 1904, lo fue en 2016 en la versión de Mario Gas que situaba la acción en un estudio de Hollywood donde se estaba rodando una película sobre este asunto. Ahora y durante dieciocho funciones hasta el próximo 22 de julio sube a escena esta producción dirigida en lo escénico por Damiano Michieletto estrenada hace más de una década en el Teatro Regio de Torino, en la que se eliminan totalmente buena parte de los elementos ideográficos que habían constituido la base del argumento de la famosísima ópera.
Nada de exotismos orientalistas, renuncia total a los kimonos, los biombos de seda, los decorados semejantes a almibaradas acuarelas de paisajes japoneses; tampoco hay en escena marineros de la Navy de uniforme. Ahora la acción se desarrolla en época contemporánea, en uno de los polígonos industriales donde aparecen neones de puti-clubes, casas de alterne, con chicas en minifalda y vehículos que entran en escena. Se podría decir que en esta producción sin exotismos orientalistas, un género muy popular en la época en la que 'Butterfly' se estrenó, se llama a las cosas por su nombre. Las geishas de antaño hoy son chicas de alterne, en su mayoría adolescentes de familias de escasos recursos que se ven abocadas a lo que viene a constituir una forma de prostitución, de explotación de las mujeres más vulnerables e incluso de pederastia ('Butterfly' tiene dieciséis años en el texto que se canta).
Eliminar esos exotismos en muchos casos idealizados tiene un mérito: dejar al melodrama desprovisto de cualquier tono edulcorado y entrar de lleno en la fría y seca tragedia pura. Con un cruce de sentimientos entre los dos protagonistas. 'Cio-Cio-San' es una adolescente, menor de edad, de un medio social sin recursos fascinada por un americano del que realmente llega a enamorarse y se queda embarazada. Él, 'Pinkerton', no ha visto más que una aventura con una 'muñequita' delicada y exótica a la que abandona al poco tiempo tras una de las 'bodas express' en las que se puede anular un matrimonio previo pago de un dinero una vez que cualquiera de los cónyuges pasa un mes sin saber nada de él. Cuando el americano regresa con su nueva esposa para llevarse al niño (esplendido como actor el muy pequeño Álvaro Torres) la tragedia toma cuerpo. En este caso el suicidio no se produce con la 'poética' de un puñal estilo honor de samurai sino de un tiro seco.
Esa intensidad de sentimientos puestos en evidencia en la relectura teatral de un clásico como 'Butterfly' se desarrolla en un enorme decorado repleto de elementos accesorios que apenas juegan en la acción, cuyo epicentro central se desarrolla en un cubo transparente de cristal-metacrilato que sirve como 'casa de muñecas', 'plataforma de exhibición de las chicas' o 'lugar de juegos del hijo de la protagonista'. El uso que se concede al entorno y el techo de esta construcción es acertado frente a la importancia secundaria del resto de la gran parafernalia mostrada en escena.
En la parte musical, la más importante de esta producción, Nicola Luisotti (que dirige el foso excepto en tres representaciones a cargo de Luis Miguel Méndez) vuelve a mostrar su habilidad con el repertorio verdiano-pucciano donde es un especialista, al frente de cuatro repartos distintos en los personajes protagonistas: 'Cio-Cio-San' (Saioa Hernández, Allyn Pérez, Lianna Haroutounian, Aleksandra Keurzak), 'Pinkerton' (Matthew Polenzani, Charles Castronovo, Michael Fabiano, Leonardo Capalbo)' Suzuki' (Silvia Beltrán, Nino Surguladze, Gemma Coma-Alabert) y 'Sharples' (Lucas Meachem, Gerardo Bullón, Luis Cansino). Dentro del reparto a) al que asistimos, destacan Saioa Hernández y Silvia Beltrán por encima de los personajes masculinos. Junto al coro del Teatro Real.
La función dedicada a Victoria de los Ángeles permite además la visita a una exposición de fotografías del propio Puccini (1858-1924) que además de la música era un apasionado de los automóviles y de las cámaras fotográficas. Aunque esta 'Madama Butterfly' sugiera sensaciones encontradas al tratarse de una producción radicalmente distinta sin los exotismos orientalistas que crearon el mito escénico, en la que se llama a las cosas por su nombre sin florituras, suscita reflexiones. Capaz de pisar un terreno de polémica: lo mejor que le puede pasar a un clásico con 120 años de vida.
Manuel Espin
Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.
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