Ya nadie lleva relojes
- Escrito por Laura Ramos Martínez
- Publicado en Tribuna Libre
9:30 es lunes y ya sabemos que esto no ayuda.
Con algo de esfuerzo y un poco de gimnasia matutina entro en el vagón.
Miro hacia abajo, sí, menos mal que con tanta carrera si he acertado a limpiarme los zapatos. De repente al alzar la vista mi imaginación se desboca y me inunda la pena. Examino a todos y cada uno de esos anónimos compañeros de viaje, miro sus muñecas y ya nadie lleva reloj. El tiempo, ya lo decía aquella canción de Pau Dones curioso elemento. Creemos que es algo infinito y no nos damos cuenta como se escapa entre nuestros dedos. Pasamos el día entre horarios y rutinas infernales que nos hacen mantenerlo a raya, intentar controlarlo. Obviamente sin éxito. Llevamos como el joven Atalante el peso del mundo entre nuestros hombros. Y en ese acelerado compás de la vida siempre me acompaña alguien. Alguno de esos personajes que Shakespeare dibujo con mimo. Olores que me transporta a la atmosfera de Suskin. ¿Soy un espécimen raro? Que curioso elemento de cartón y papel se desliza entre mis dedos.
Ya nadie viaja con García Márquez, el coronel sin duda ya no tiene quien le escriba.
Nadie suspira con Jane Eyre al mirar por la ventana, sintiendo la intensidad de la vida en un instante. Ni siquiera los pequeños, que llevan a la espalda una pesada mochila llevan en sus manos al pequeño Platero.
Recuerdo un tiempo, y no es tan lejano, en el que solía perderme en los pequeños versos de grandes clásicos que viajaban pegados en las paredes del vagón. El insigne Homero se colaba con su Odisea entre la locución que anunciaba la llegada de otra parada.
Y ahora ¿Dónde están los libros? Observas las caras de los viajeros y su mirada esta escondida en se pequeño artefacto rectangular que parece encadenado a sus manos.
¡Ojo esto no es una oda anti-tecnología! Vivimos con ella, se presuponía que venía para hacernos la vida más fácil, no más estéril.
¡oh llamarme nostálgica! Pero adoro aquel tiempo donde teníamos los números de nuestras personas más importantes grabados a fuego en nuestra memoria. Ya nadie recuerda.
La memoria se antoja yerma, seca. Nadie la usa, puesto que todo y cuando digo todo es todo, se encuentra en ese pequeño dispositivo. ¿Qué utilidad habría de tener recordar estos datos?
Nuestras citas médicas, contraseñas, planes y agendas, todo en un espacio chiquitín para vivir como si de la lampara de Aladín se tratase.
Yo siempre he tenido agendas. Aun las conservo en una parte de mi librería. Son como un viaje en el tiempo, pequeñas capsulas de memoria forjadas con tinta. Recuerdo con mimo como las abría el día 1 de enero y la acercaba para perderme en el olor del papel nuevo.
Los relojes ya nos dicen cuanto hemos de dormir, cuanto hemos de caminar y hasta cuantas pulsaciones tenemos.
Me gusta entrar en el vagón mientras hago los micro viajes de cada día y perderme en las páginas, sentir las historias, reír con los personajes. ¿Que marcaría ese reloj cuando mi corazón se acelera con un párrafo que me gusta?. Atención tranquila te estas acelerando con la muerte de Aquiles el de los pies ligeros.
Los libros son refugio, son casa, son familia, son terapia. Son un pequeño reducto a un lugar insospechado, son vidas futuras, pasadas, reflejas.
Mi profesión dedicada al mundo antiguo evidentemente marca mis pulsos. Me resisto al futuro.
Nos sorprenden los datos de los países asiáticos que colocan a India y Tailandia entre los que más leen del mundo con una media de unas 9 o 10 horas por persona a la semana. No indico la media de horas que se invierten en navegar por la red por lo irreverente del dato. Es cierto, que muchos podrían decir aquello de “yo cuando navego por internet también leo”.
En parte tendrían razón por que algo se lee, aunque sean los beneficios de ese estupendo cepillo eléctrico que ya usan miles de personas. Pero no nos engañemos, eso no es leer.
Yo contemplo el acto de leer como una rutina esencial, como comer o como asearme. Es un modo de nutrir mi cerebro, pero no de un modo erudito, que en muchos casos también sino emocional, espiritual si me permiten.
Me da pena viajar en el vagón y que nadie navegue a mi lado a veinte mil leguas o que nadie reflexione con el banquete de Platón. Que ningún adolescente comente y patalee con otro acerca de como entender a Kant o que no le ha gustado ese pasaje de campos de Castilla que le han mandado leer.
Si el señor Machado levantara la cabeza no sabemos si diría aquello de que” hoy es siempre todavía”.
Ya nadie lleva relojes, ya nadie acuna libros.