¡Ay, qué cruz!
- Escrito por Elena Muñoz
- Publicado en Tribuna Libre
Escribo este artículo en Jueves Santo, día en que según la liturgia comienzan los luctuosos acontecimientos que dieron lugar a la muerte de Jesús de Nazaret, y además es uno de los que relucen más que el sol.
La Semana Santa tiene para mí connotaciones tenebrosas. Soy, como dijo el poeta Machado, más del Cristo que anduvo en la mar que de ese hombre torturado de la manera más cruenta, quizá víctima, como asevera mi amigo Esteban Ibarra en un maravilloso artículo, de un delito de odio, odio hacia quien intentaba socavar un poder, el del Senedrín, que conmovía los cimientos arraigados de un dogma basado en el Dios de la venganza y no en el del perdón.
Porque si nos paramos a pensar, más allá de cuestionarnos la veracidad de la existencia real de Cristo, no cabe duda que, si tenemos que hablar de una sentencia injusta, es la de este proclamado Mesías por unos, y condenado a muerte por otros, habiendo estos últimos ganado la partida.
Así se escribe la Historia. Por muy héroe que seas un día es posible que, si resultas excesivamente peligroso al poder establecido, no sobrevivas mucho tiempo, ya sea de manera real o metafórica. No importa cuántos siglos pasen: entonces, en el imperio romano, y ahora en el imperio de la tecnología, se usa la misma herramienta: el miedo a perder, aunque no se tenga nada, manipulado por quienes ambicionan tenerlo todo.
Una, que ya tiene sus años, recuerda, mis queridos lectores, aquellas Semanas Santas llenas de oscuridad, llantos y penas, paños negros cubriendo los altares y sermones en los que retumbaban los martillazos que clavaban a Cristo en la cruz. Yo, apenas una niña de diez años, tenía pesadillas con esas escenas que una vez y otra se repetían en la radio (las famosas Siete palabras) o en la única televisión existente. Lo peor es que aquellos que adoraban a ese Jesús del madero constreñían bajo la falta de libertad y deechos a un país entero. Y eso no lo entendía.
Ahora sigo pensando igual. Los herederos de aquellos siguen intentando mantener ese poder basado en que los “sumos sacerdotes” son los que deben seguir guiando al pueblo contra aquellos que quieren que el pueblo se guíe a sí mismo. Los mensajes de justicia para los pobres, los de amor y solidaridad de unos hacia otros porque nos reconocemos iguales, siguen levantando las mismas ronchas que les produjeron a Anás y a Caifás los “Hosannas “a Jesús; ronchas y terror de perder el poder, la influencia, la riqueza.
Seguimos muchos y muchas cargando con nuestra cruz a cuestas hacia el Calvario, en ese Gólgota en que se ha convertido la doctrina de ultraderecha, ese trumpismo al que siguen como borregos los que no esperan más que tener cierta seguridad a costa de que los ricos sean más ricos, aunque ellos no salgan de pobres. Pan y circo, cañas y terrazas…
No hay nada nuevo bajo el sol. Cuando era niña no lo comprendía, no comprendía cómo la turba, ante la decisión de elegir entre aquel que resucitaba a los muertos, devolvía la vista a los ciegos, curaba a los tullidos y proclamaba el perdón y el amor, o un ladrón y asesino, prefirió gritar: “Suelta a Barrabás”. Ahora lo sé, lo veo en las redes, lo veo en las noticias, lo veo en las encuestas.
¡Ay, qué cruz!