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La cultura de base se organiza


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Básicamente podemos decir que existen dos tipos de cultura de base: la colaborativa y la participativa.

Cuando la cultura de proximidad se activa buscando la colaboración ciudadana y se hace eco de causas sociales, la colaboración con las artes escénicas para activar el evento cultural tiene un fin primordial; la amplificación de esa acción social sazonado desde el evento. Esto ocurre con el encuentro cultural titulado: “Cuando solo queda la voz”. Es lo que va a presentarse en pocos días en Albacete, en el teatro Circo de la capital. Allí, un grupo de juezas y de artistas compartirán escenario con el único fin de dar voz o quizá grito de ayuda y esperanza a las mujeres afganas que por causa y acción del gobierno de la sinrazón se ven vejadas, torturadas, desprotegidas, anuladas, gaseadas o asesinadas.

Las juezas darán su visión objetiva y concienciarán a las espectadoras sobre lo que allí ocurre y las artistas pondrán al servicio de la causa su creatividad.

Las entradas cuestan dinero, algo necesario para ayudar a esas mujeres tiranizadas en un Estado moralmente fracasado que el resto de Estados permite hacer.

La colaboración entre las agentes emisoras y la necesidad de ser escuchadas y las personas receptoras, en muchos casos están estrechamente vinculadas por el elemento artístico. Los creadores son los catalizadores por lo que el evento puede mostrarse y difundirse a un mayor número de vecinos colaborativos. A esta acción la podemos denominar cultura colaborativa.

La participativa es otra cosa. El otro día escribía en este mismo periódico, sobre el paso enorme que había dado el barrio de Malasaña, organizando un Festival de artes escénicas sin la ayuda de las autoridades municipales, sin subvenciones, sin censuras ni condiciones. En aquel artículo proponía la creación de una Red Española de Cultura de Proximidad.

Leyó el artículo mi amigo Juanjo Limón, prestigioso gestor cultural en Castilla León y me dio un zasca importante, a modo de efecto Dunning-Kruger, que dicho en román paladino es el cásico refrán castellano: “Dime de qué presumes y te diré de qué adoleces”, y me mostró un interesante proyecto de cultura participativa.

Como resultado del encierro pandémico surgió un proyecto en el que un grupo de gestores, colectivos artísticos y vecinales, junto a salas alternativas, decidieron unirse y organizarse en pro de la cultura de base y desde el objetivo de contar con las necesidades vecinales.

Este grupo denominado Red de Espacios y Agentes de Cultura Comunitaria (REACC), opinan que el arte debe estar imbricado en las causas sociales. Mantiene ciertos principios reseñados en la Agenda 20-30, como que todas las actividades deben respetar los derechos de la tierra y el entorno en el que nos encontramos los seres vivos, así como, que los materiales empleados en la escenografía sean reciclables.

La idea es mantener en pie el concepto de teatro social o teatro del oprimido del brasileño Augusto Boal: La colaboración colectiva con el propósito de la transformación social.

Como premisa debe contar con la participación y movilización vecinal. Esa es la esencia del proyecto y el hecho artístico – sociocultural.

Para empezar hay que eliminar la idea del espectador pasivo. Hay que desterrar la idea público - espectador frente al espectáculo, hecho desde la óptica de espectador – actor o espectador sujeto activo. Los proyectos deben integrar a los vecinos como sujetos colaborativos y cooperativos, impulsados por el rechazo al control y la sumisión que proclaman constantemente las distintas Autoridades rectoras y censoras.

La REACC, mantiene una estructura de junta abierta, que se mantiene abierta al diálogo y al apoyo entre los dos niveles; el de creadores y el de los grupos sociales que se quieran implicar dentro del totum que ofrecen las artes escénicas. Este es el objetivo, que las artes escénicas sean el canal de la cultura comunitaria.

Es posible que muchos creadores se sientan identificados o atraídos con el teatro social y que sientan que estos proyectos son incapaces de ver la luz por la precariedad del sector artístico, debido, como viene siendo norma, a la dejadez de los poderes fácticos, los que distribuyen las subvenciones con criterios diseñados para dar gusto a sus gustos, o tal vez para no dar gusto a sus críticos.

Los espacios comunes no crecen, los espacios comunes no son gestionados por los vecinos, los espacios comunes son todo menos comunes. Este hecho permite que la cultura de proximidad sea invisibilizada.

Es, entonces, cuando por necesidad profesional y social surge este proyecto como forma objetiva de mantener de manera continuada la dignidad de un trabajo participativo con los vecinos y sus causas.

La grandísima inestabilidad laboral de este sector junto a la ausencia de políticas culturales para los profesionales del sector, han levantado este proyecto. Es cierto que son pocos, de momento, los miembros que la hacen funcionar, pero no es menos cierto que ya están por toda nuestra geografía. Es una red plural, crítica, comprometida, vigorosa aunque algo frágil y con mucho tesón. Ya cuentan con el apoyo del Estado, continuamente se ofrece formación de todo tipo, desde el entorno jurídico a las nuevas formas de gestión cultural.

Cuentan con un lema: Unidos frente a la incertidumbre laboral y la necesidad de salvaguardar los proyectos comunitarios y promover los derechos culturales.

Ante esto solo me queda aventurarme a que me lancen un nuevo zasca. Aunque lo digo con humildad: ¿No sería interesante el crear una Feria de Proyectos culturales de proximidad? ¿Habrá alguien, de cara a las nuevas elecciones, que quiera recoger esta idea y plasmarla en un papel dentro de su programa electoral? Y, si eso ocurriera, que lo dudo, ¿habrá algún equipo de gobierno, en coalición o no, que ponga en marcha este proyecto a nivel nacional e internacional?

Doy una pista; está estudiado que por cada euro que se invierte en cultura, se consiguen cinco euros cinco, para el pueblo, ciudad, distrito o barrio que lo organice. Y si no que se lo digan a Mérida o Almagro. Solo hay que contar con un proyecto claro y mantener una continuidad.

Proyecto claro pudiera considerarse el compartir saberes y entenderes de esta cultura comunitaria, por tanto, acompañando a los espacios artísticos habría que contar con aulas para formar nuevos usuarios y empoderamientos socioculturales.

Desarrollar nuevas narrativas desde la esencia misma de la España vaciada. La descentralización de la cultura y el arte, así como potenciar la democracia y los derechos culturales.

Espero sinceramente que ya se le haya ocurrido a alguien empezar a trabajar en esto, caso contrario voy a tener que hablar muy seriamente con los nuevos cargos de pueblos y ciudades. A ver si de una vez hacen caso a la cultura, que lleva siglos llamando a la puerta ciudadana y a nadie le apetece abrirla.

Ergónomo PhD. Profesor del Master Prevención de Riesgos Laborales en Suffolk University Campus Madrid. Sindicalista. Dramaturgo y Escritor. Vicepresidente del Colectivo de Artistas Liberalia. Guionista y conductor de los programas de radio: Mayores con reparos, Salud y Resistencia y El Llavero.


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