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Sueños ahogados


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Esta noche, el sueño es un pirata furtivo que se entretiene entre las olas que estallan contra una barcaza a la que le espera la muerte. Es un cargamento de esperanzas que pronto terminarán ahogadas en un mar inocente.

El viaje fue muy corto, apenas unas cuantas millas. Había salido de un puerto de Libia, Tobruk, aunque sus tripulantes precedían de un país acostumbrado a la guerra que hacen otros y ellos padecen, un país cuya historia milenaria ha sido enterrada entre las ruinas y escombros productos de modernas armas y modernos tiempos. Siria, cuyo nombre suena a leyenda.

Y antes de llegar a su destino, las aguas del mar Jónico los enguyó. Sin piedad. Sin compasión. Setecientas cincuenta personas que partieron en pos de una esperanza, persiguiendo un sueño. Setenta y nueve muertos, 550 desaparecidos y 104 rescatados. Un balance de lagrimas saladas, rabia en el rostro y puños cerrados. Porque podía haberse evitado. Porque desde bien lejos se veían sus brazos al aire pidiendo ayuda y gritando socorro. Y nadie les ayudó, dejaron que se los tragaran las olas y ese mar negro, tan oscuro como la noche traicionera, negro como las entrañas de los que lo permitieron, como el alma de los incapaces de piedad, entre gritos que nadie quiso oír. Ni Frontex ni Alarmphone que veinticuatro horas antes habían dado aviso al gobierno griego. En gobierno griego miró hacia otro lado, harta experiencia tiene en ello, y dejó que los gritos, la muerte, el miedo, las llamadas de socorro se ahogaran entre las olas de un mar que ha dejado de ser amigo.

Quinientos cincuenta desaparecidos que, con el paso de las horas, incrementarán las cifras de aquellos cuya voz ya nadie volverá a oír. Entre ellos, mujeres, niños, hombres. Con nombre, con rostro, a los que nadie ya podrá llamar por su nombre.

La próxima semana hará un año de otro suceso semejante. Solo el escenario es diferente, unos cuantos kilómetros unen con un hilo la ignominia unas muertes inocentes. El 24 de junio pasado, en la frontera de Melilla se produjo una masacre contra un grupo de migrantes que intentaban saltar la valla. Muertes que siguen esperando un esclarecimiento de responsabilidades. Pero no era la primera ni será la última. A menos que un grito de “BASTA YA” se levante por encima de las olas marinas o de las vallas metálicas.

Hablar de crisis migratorias, como se pretende desde diferentes sectores, no es más que un intento de tapar la realidad. Un eufemismo que esconde una profunda crisis moral y ética. Una sociedad que ha trastocado los valores definitorios del ser humano por la injusticia, la sinrazón, el egoísmo, la falta de fraternidad y solidaridad. Y que ha convertido la defensa de los derechos humanos en una reliquia del pasado.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.