La ética cotidiana. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Aunque no hayamos alcanzado, al menos de momento, la beatitud y/o la felicidad absoluta, no tenemos excusa para no utilizar nuestra imaginación y nuestra memoria, para adoptar una regla de vida firme y generosa, que nos acerque a la verdadera libertad y, disminuya las causas de nuestra servidumbre. Incluso si algunos tenemos enormes dudas, sobre que nuestro espíritu, nuestra mente, sean eternos, nada nos impide considerar, como primeros objetos de la vida humana, la moralidad, la piedad... y todo lo que se relacione con la generosidad y firmeza del espíritu.
Los espinosistas opinan, que el primer y único fundamento de la virtud es, en efecto, la búsqueda de lo que nos es útil. Pero, para determinar que es lo que la razón, declara útil para el hombre, no es necesario estar de acuerdo con la vida eterna, es suficiente estudiar la filosofía con entusiasmo. Así, entonces, vivamos o no en la felicidad absoluta, podemos actuar según las prescripciones de la razón, para alcanzar la alegría y la libertad.
Cualquiera que sean sus progresos en el camino de la sabiduría, el amante de la filosofía se conducirá, tanto como pueda, por la vía del goce completo de la vida. Y ese placer no tendrá otro fundamento, que su deseo de vivir según la virtud, que deriva, naturalmente, del conocimiento que él tenga de la realidad. En efecto, tanto más comprendamos, tanto más viviremos con alegría y, mas posibilidades tendremos de vivir, momentos de entusiasmo, de serenidad, de éxtasis y de felicidad.
Nuestro gozo, al tanto, nada tiene que ver con los placeres “habituales”, a los que se entregan otros seres humanos. En efecto, nuestro goce no proviene de la satisfacción, al menos únicamente, de los deseos sensuales, siempre tan inciertos, sino de la consciencia de la perfección del ser, cualesquiera sean sus modalidades. La sabiduría consiste en vivirlo todo, de la misma manera en que la Vida lo concibe: amándolo.
Ya habremos comprendido, a estas alturas, como nos alejamos de las creencias religiosas. La mayoría de los hombres piensan, en efecto, que no son libres, si no en tanto, que les es permitido obedecer a sus pasiones y, piensan que pierden su derecho natural, cuando obedecen los mandamientos de la ley divina, que invitan a amar al prójimo y a hacer el bien. La piedad, la religión y, todo lo que se relaciona con la virtud, les parecen fardos, de los que esperan desembarazarse con la muerte, recibiendo el premio de su esclavitud, es decir, de su sumisión a la religión.
Pero, por otra parte, no es esta única esperanza, la que empuja a los creyentes. El temor a los terribles suplicios, con los que son amenazados, en un supuesto otro mundo, es, todavía hoy, un motivo potente que les determina a vivir, según los mandamientos de la ley divina. Si se les privara a los hombres de esta esperanza y este temor, si se persuadieran de que los espíritus perecen con el cuerpo y, que no hay segunda vida para los desdichados, que han soportado el peso agobiante de la piedad, es muy cierto que volverían a su natural primitivo, condicionando sus vidas por sus pasiones y, prefiriendo obedecer a la fortuna que a ellos mismos. Pero esta creencia es absurda, como la sería la de un hombre, que se llenara el cuerpo de venenos mortales, porque no espera gozar eternamente de una buena comida, o que, viendo que el alma no es inmortal, renunciara a la razón y deseara volverse loco. Todas esas cosas son tan absurdas, que me parece que no merecen apenas, ocuparse de ellas.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.