La permanente posibilidad, de la regresión cultural
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Como la mayoría de mis amigos saben muy bien, soy cualquier cosa menos pesimista. Lo cual no quiere decir, que no piense que a veces las cosas pueden no andar bien, o al menos aparentarlo. Como los historiadores sabemos, la Historia no avanza siempre en línea recta, con frecuencia describe meandros, por algunos de los cuales, el agua del río durante un tiempo, puede fluir hacia atrás. Aunque siempre acabe dirigiéndose hacia el mar u otro río.
Ernst Cassirer – el gran filósofo alemán – veía los mayores peligros, a los que toda cultura moderna se expone en cada momento de su evolución, especialmente en dos aspectos: en primer lugar, cada cultura es manifiestamente susceptible de regresión; cualquier avance en esta evolución, es reversible. Y, en segundo lugar, en las épocas de grandes crisis, tensiones y confusión, se corre el peligro de recaer, como buscando un desahogo, en patrones interpretativos de una simpleza increíble, como ocurre en todos los pensamientos míticos.
Cassirer no se sentía estrechamente ligado a la tradición, ni se consideraba ortodoxo, ni quería que gente más primitiva, le impusiera esas ideas. El criterio del primitivismo filosófico no era (y ese es el quid de la filosofía de la cultura de Cassirer, como nos recuerda Wolfram Eilenberger) la forma conceptual que pudiera sentir como propia, sino la idea fija de que tiene que haber, algo así como una forma única y unificadora, que agote absolutamente todo lo existente.
Sin embargo, ninguna forma conceptual concreta es lo bastante rica, como para agotar la totalidad de lo real. Por otra parte, ninguna forma conceptual tiende de por sí a la propagación. Aspira, eso sí, a una perfecta organización y apropiación y, con ello, a una disposición hostil hacia todas las demás. En este impulso radica para Cassirer, la fatalidad, siempre posible, que acecha a nuestra existencia cultural:
“Una particular distinción intuitiva, sentimental y mental, no se queda en el punto en que surgió, sino que tiene la tendencia a influir desde ese punto, a extenderse en círculos cada vez más amplios, y finalmente abrazar y, de algún modo, “organizar” la totalidad del Ser”.
Esta afirmación vale, tanto para el mito como para la ciencia moderna y sus corrientes internas totalizadoras (biologismo, fisicalismo, economicismo…). Vale para la religión y sus fundamentalismos psicóticos. Vale para ciertas versiones estéticas totalistas del arte, en el sentido de una concepción unilateral, de la “obra de arte total”. Este impulso imparable a la propagación, de aquellas distinciones fundamentales, precisa – según Cassirer – de una terapia, que sólo puede venir de la tarea, a veces ardua, pero siempre esclarecedora, de mostrar parentescos ocultos, además de los manifiestos límites descriptivos, en las formas simbólicas. Una tarea inacabable, laberíntica… Tan inacabable y laberíntica, como el espacio mismo de la creación cultural.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.