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¿Y si fueras tú quien me maltrate? Cuando los niños son los agresores...


  • Escrito por Pedro Nogueira Simões y Catarina Pignatelli
  • Publicado en Tribuna Libre
(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Actualmente, existe una tendencia alarmante, a menudo ignorada, que exige nuestra atención y acción inmediata: la violencia doméstica perpetrada por niños contra sus padres. Este fenómeno preocupante y a menudo subestimado pone de relieve la necesidad de una mayor concienciación, apoyo e intervención para romper este ciclo de abuso. Cada vez son más frecuentes en las noticias los casos de jóvenes que, por una razón u otra, recurrieron a actos de extrema violencia contra sus cuidadores, llegando en ocasiones a la muerte.

Es necesario comprender que el acto de violencia doméstica es muchas veces la búsqueda de control sobre los demás y esto también debe ser un punto de partida para comprender las dinámicas que le siguen. Un desafío clave para abordar este problema es la renuncia que hace que los sacerdotes o cuidadores denuncien los abusos cometidos por sus hijos.

En términos reales, la propia Sociedad Española Para el Estudio De Violencia Filio-Parental (SEVIFIP) describe la creciente realidad de este fenómeno, observando casos extremos en los que los padres sufren maltrato físico e incluso la propia muerte. Es un problema que afecta a más del 10% de la población española al que no se le está prestando mesurada atención a esta “silenciosa pandemia”.

En la misma línea, en tierras lusas se ha producido un aumento exponencial de casos en los últimos 5 años, por ejemplo, del 2013 al 2018 se registró más de 4000 casos. Actualmente la tendencia va en aumento y también está claro que los infractores son cada vez más jóvenes y que la edad media de riesgo de los padres es de 60 años.

Este silencio puede estar motivado por una mezcla de miedo, vergüenza y sentimiento de responsabilidad parental. Puede que les resulte difícil creer que su propio hijo sea capaz de comportarse así o pueden dudar en involucrar a las autoridades, con la esperanza de que la situación mejore con el tiempo. Como resultado, muchos casos permanecen ocultos, perpetuando el ciclo de abuso.

Es esencial reconocer que la violencia doméstica no se limita al abuso físico. Abarca diversas formas de abuso, incluidas las emocionales, psicológicas, financieras y verbales. Los jóvenes que cometen violencia contra sus padres suelen emplear estos métodos, que pueden ser tan devastadores como el daño físico. Por ejemplo, en una investigación realizada en tierras de Cervantes se observó que estos indicadores están presentes en ambos sexos y que la edad inicial se centra entre los 12 y 14 años.

Las causas de la violencia doméstica perpetrada por niños contra sus padres son variadas. Es importante recordar que cada caso es único, pero existen factores subyacentes comunes que contribuyen a esta inquietante tendencia. Uno de estos factores es la influencia de los entornos externos, incluida la presión de los compañeros y la glorificación de la agresión como método de resolución de conflictos.

También es común que sean víctimas de violencia doméstica y simplemente perpetúen el ciclo de violencia en el que están acostumbradas a lidiar y vivir con este mismo fenómeno. Otro factor crucial es la ruptura de la dinámica y la comunicación familiar. La ruptura puede ser el resultado de un divorcio, abuso de sustancias, problemas de salud mental u otros que promuevan el riesgo y el estrés dentro del ecosistema familiar. Cuando los jóvenes se sienten abandonados, sin apoyo o expuestos a un conflicto continuo, pueden recurrir a la violencia como medio para recuperar el control o expresar su frustración.

Una intervención eficaz es esencial para abordar este problema, y ​​es necesario reconocer que estos niños a menudo enfrentan sus propias luchas y emociones, y necesitan apoyo y seguimiento tanto como sus padres. La intervención temprana es esencial para prevenir la escalada del comportamiento abusivo y proporcionar recursos y herramientas para comprender y gestionar mejor las emociones.

La educación desempeña un papel crucial en la prevención de la violencia doméstica. Las escuelas, las organizaciones comunitarias y las agencias gubernamentales deberían colaborar para crear programas que enseñen a los niños sobre relaciones saludables, resolución de conflictos y las consecuencias de la violencia. Al inculcar empatía, habilidades de comunicación y mecanismos de afrontamiento, podemos dotar a los jóvenes de las herramientas que necesitan para afrontar emociones difíciles sin recurrir a la violencia.

En conclusión, ante un conflicto de esta naturaleza no se debe hablar de víctimas ni de agresores, ya que la familia es considerada el pilar de una sociedad y, por otro lado, también puede ser la mayor fuente de sufrimiento para las personas que la constituyen.

Martín Lutero dice que “la familia es la fuente de prosperidad y desgracia de las personas”…

 


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