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A vueltas con Puig Antich


  • Escrito por Félix Alonso y Juan Torres
  • Publicado en Tribuna Libre
(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Es muy digna y merecedora de aplauso la resolución del gobierno que declara “ilegal e ilegítimo” al tribunal que sentenció y condenó a muerte a Salvador Puig Antich en 1974. No hay ya necesidad de argumentar una cuestión, que a estas alturas de la historia, resulta bastante obvia. La ominosa ejecución de Puig Antich y la meritoria defensa de su figura por parte de los suyos han mantenido vivo su recuerdo y han despertado la conciencia de la injusticia que se cometió contra él hace cincuenta años por parte de un régimen político que era en esencia injusto. Pero conviene complementar esta condena con algunas consideraciones añadidas que tampoco conviene olvidar.

La primera de esas consideraciones es que la afirmación de que Salvador Puig Antich fue un “destacado militante antifranquista” es bastante dudosa, al menos en lo que se refiere al primer adjetivo. El grupo al que pertenecía, el MIL (Movimiento Ibérico de Liberación) fue apenas un minúsculo agrupamiento de jóvenes sin representación significativa en el entramado de los partidos antifranquistas de la época, y con un dudoso sustrato ideológico, hasta el punto de que el calificativo de “anarquista” con que se le suele etiquetar tiene apenas significación real. El MIL tenía un extraño convencimiento de que, al modo de un Robin Hood actualizado, su obligación era quitar el dinero a los ricos para dárselo a los pobres y como consecuencia de ello los militantes del grupo se dedicaron a atracar entidades bancarias sin que quedara nada claro qué hacían con el dinero obtenido. En otras palabras, lo único que la historia ha dejado claro es que el flamante Movimiento Ibérico de Liberación era el envoltorio con el que se adornaba un grupo de atracadores.

La segunda observación es que Puig Antich fue una víctima del franquismo, sin duda, pero como lo fueron otros nombres de esta historia, y en concreto tres, de los que se habla menos, y cuya significación y papel es bien diverso: Heinz Ches, Francisco Anguas y, en menor medida, porque sobrevivió, Melquiades Flores. Y a estas víctimas -que lo son tanto como Puig Antich de un tiempo oneroso y cruel- el gobierno no “restablece su memoria”, aunque sí algunos libros, más o menos recientes, que hablan de ellos.

Heinz Ches, el supuesto polaco que fue asesinado junto a Puig Antich en una delirante y cruel ejecución a garrote vil, ni era polaco ni se llamaba Heinz Ches. Se trataba del alemán Georg Welzel y su figura ha sido bien estudiada y puesta en limpio por el periodista Raúl Riebenbauer en su libro El silencio de Georg (Ed. La Vorágine, 2021), más allá del uso que hizo de su figura el dramaturgo Albert Boadella en la mítica obra La Torna, de 1977. El caso de Welzel es muy cruel porque fue una víctima propiciatoria que hubiera merecido mejor suerte de no ser porque estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado y rodeado de muchos sinvergüenzas, empezando por su propio abogado.

Melquiades Flores, empleado de la sucursal del Banco Hispano Americano en la avenida Fabra y Puig, de Barcelona, recibió varios disparos de Salvador Puig Antich, en el atraco que los miembros del MIL realizaron el 22 de marzo de 1973, y como consecuencia de ellos perdió la vista de un ojo y quedó con el otro muy dañado, de modo que a sus 37 años quedó incapacitado de por vida. --En cuanto a Francisco Anguas Barragán, subinspector de policía, murió como consecuencia de los disparos de Puig Antich en la refriega que se produjo en un portal. Anguas, sevillano de 24 años, estaba destinado en la Brigada Antiatracos de Barcelona, tenía una novia, catalana y filóloga, y era un apasionado del cine de arte y ensayo.

Las historias de estas víctimas están contadas en tres libros imprescindibles para poner orden en esta microhistoria. El caso de Georg Welzel (Heinz Ches) y su figura ya ha sido mencionado. Los casos de Melquiades y Anguas están referidos en el libro de Manuel Calderón (Hasta el último aliento, Tusquets Editores, 2024) y el de éste último aparece también en Balas de Fogueo (Ed. Distrito 93, 2024), el libro escrito por los autores de este artículo en el que, con el pretexto de la autobiografía del comisario Félix Alonso, se repasa una visión concreta de la policía española a lo largo de la Transición. El hoy jubilado comisario principal Alonso, también subinspector en aquellos años, y también cinéfilo empedernido, fue la última persona que habló con Anguas.

Estos tres personajes secundarios no restan un ápice de relevancia a la figura de Salvador Puig Antich y a la terrible injusticia que se cometió con él, pero añaden contexto a una época tremenda y dolorosa de nuestra historia que, por fortuna, no ha sido aún olvidada, porque el olvido nunca es bueno .

 

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