La liberación bioemocional: el arte de soltar lo que nunca supimos que teníamos
- Escrito por Jürgen Smith
- Publicado en Tribuna Libre
Vivimos inmersos es un infierno donde no dejamos que la tensión se manifieste y por eso se vuelve invisible, imposible de controlar. Lo sentimos por la mañana cuando el despertador nos sobresalta y deseamos estrellarlo contra la pared. Queremos aparentar que “Ça funciona” pero no es verdad, todo funciona como esa porquería de francés inventado. ¿De dónde vienen todas nuestras desgracias? No del cuerpo sino del disco duro del cuerpo, donde se almacena una memoria que transforma nuestros antiguos traumas, por más disimulados que están, en dolor físico. A eso, con otras palabras, se refería Sigmund Freud cuando hablaba de “el malestar de la cultura”. En plena cultura del “yo”, nuestros egos, contra lo que cabría esperar, no son más fuertes sino sorprendentemente quebradizos. Todo lo contrario que el junco, que, aunque se doble, siempre sigue en pie de una forma sorprendentemente dinámica.
La liberación bioemocional no sería la verdad y la vida pero sí el camino. Sería el Londres al que ansiamos llegar cada vez que cogemos último tren. No se trata de sobresaturar, aún más, el mercado de ideologías, como si el camino del infierno no estuviera empedrado de buenas intenciones, sino de proponer una senda que se recorre con el oído interno. No el anatómico, sino esa capacidad con la que podemos escuchar la escucha. Si la cultiváramos, sabríamos que un dolor de hombros puede ser el eco de una promesa a los cinco años que nunca llegó a materializarse y nos dejó, para siempre, la añoranza de aquel caramelo de limón. Seríamos entonces conscientes de que una contractura lumbar puede ser una herencia emocional de la rebisabuela que no pudo bailar el vals en la corte de Viena con la que soñaba mientras leía una biografía de Sisi.
¿Ciencia? Sí. Pero no una en el sentido frío y burocratizante, sino de una perspectiva cálida y holística.
La liberación bioemocional parte de una premisa elemental en su aparente sencillez: el cuerpo no olvida lo que la mente, con una concepción fascista de los sentimientos, se obstina en reprimir. ¿Por qué no desatar un mayo francés de las emociones? A través del tacto, la escucha activa de los tejidos y una sana apertura a la maravilla del mundo, sobre todo en estos tiempos en los que, por soberbia espiritual, creemos haberlo visto todo. Nuestra personalidad ha de sobresalir cuando la saquemos de esos escondites en los que la energía se anula. ¡Desactivemos esas dimensiones donde nuestra seguridad anda a gatas en lugar de caminar resuelta en plan “yo lo valgo! Porque recuerda: no es que seas débil de carácter sino que la clase de marquetería dejo en ti una herida indeleble.
Los defensores de esta práctica, curtidos en la Universidad de la vida, apuntan que el cuerpo sabe lo que nosotros, por distracción culpable o no, no llegamos a sospechar. Un masaje en la espalda puede despertar recuerdos de tantas veces en que tratabas de saltar el plinto y no podías. ¿Preludio, tal vez, de los obstáculos de la vida? Si dejamos que los tejidos expresen lo que saben, lo traumatizante quedará ya reducido a Los puentes de Madison y alguna que otra película más de Clint Eastwood.
Es cierto que algunos dicen que la liberación emocional es pseudociencia. Pero también decían eso de la astronomía de Galileo cuando se opuso a los dogmas del Santo Oficio. ¿Y cuál es la Inquisición moderna? La de los “mandarines” del conocimiento que se empeñan en estrechar el saber, cuál lecho de Procusto, para que solo pasen por él una minoría de elegidos para su falsa gloria.
Así que, si sientes en tu interior algo muy grande y te dan ganas de cantar “All by myself”, quizá sea el momento de imbuirte la metodología del futuro. No tienes nada que perder. Sí mucho que ganar. A ti mismo. Porque tu eres el mayor tesoro que nunca encontrarás.