Verano 2025: Por qué siempre volvemos a España
- Escrito por Pedro Nogueira Simões
- Publicado en Tribuna Libre
Hay lugares que visitamos. Y hay lugares que nos visitan por dentro.
España, para los portugueses, es más que un destino vacacional: es una especie de espejo fraterno en el que nos reconocemos distintos, pero unidos por algo ancestral. Cada verano, ese impulso vuelve con fuerza. Y 2025 no es la excepción: los vuelos se agotan hacia Palma de Mallorca, los hoteles de Sevilla se llenan de voces lusas, los coches cruzan la frontera con maletas ligeras, pero corazones llenos de expectativa.
Pero… ¿por qué?
España despierta en nosotros un sentimiento curioso y hermoso. Una alegría despreocupada, una acogida sin complicaciones. Es como si los españoles nos conocieran desde hace siglos —y de algún modo, así es. Con sincera admiración, reconocen en este pueblo pequeño junto al mar una cortesía educada, una humildad que no se confunde con sumisión, una dulzura que no oculta firmeza. Somos vecinos que se miran sin rivalidad, como primos que crecieron en casas distintas, pero comparten las mismas raíces.
El poeta español Antonio Machado, al escribir “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, tal vez no pensaba en el portugués que cruza la frontera en coche con su familia para ver la Alhambra o para bailar en Cádiz. Pero esa imagen cabe perfectamente en su verso. Porque el camino entre nuestros países se hace cada verano. Es un camino de afectos.
De hecho, hay algo en el alma portuguesa que encuentra en España un lugar donde respirar. Tal vez sea el calor andaluz, tan semejante al del Alentejo. Tal vez el cante flamenco que, aun en otra lengua, despierta la saudade que nos define. Tal vez sea, como escribió José Saramago en “Viaje a Portugal”, esa idea de que “no se viaja para ir, se viaja para volver siendo otro.”
Y nosotros regresamos de España siempre distintos: más ligeros, más sueltos, más vivos.
Desde el punto de vista psicológico, eso no es casualidad. La exposición a culturas cercanas, pero más expresivas y expansivas, como la española, provoca en muchos portugueses una especie de liberación emocional. El portugués típico —contenido, prudente, muchas veces marcado por el fado— encuentra en España una alternativa vibrante: más color, más volumen, más fiesta. Y eso es terapéutico.
Pero es un sentimiento mutuo. Los españoles, por su parte, nos perciben como un pueblo educado, puntual, sensible. Un pueblo que sabe comportarse, que no necesita gritar para hacerse notar, que respeta la casa ajena. En hoteles, restaurantes y playas, hay testimonios del personal que dicen: “Los portugueses son tranquilos, atentos, muy correctos.” Y esta percepción solo refuerza la hospitalidad.
Y hay más: nuestra literatura refleja ese vínculo. Miguel Torga, profundo conocedor de las sierras y las fronteras, decía: “Iberia es un sentimiento. Es la península de los hermanos distanciados que, en el fondo, se aman.” Y la verdad es que, en verano, ese amor aflora sin rencores, hecho de sol, tapas y recuerdos en familia.
En 2025, volvimos a España con intensidad. Y lo que nos llevamos —más allá de las fotos— es esa confirmación de que, por mucho que cambien los tiempos, hay destinos que quedan grabados en el alma. España es uno de ellos. Y nosotros, los portugueses, lo sabemos desde siempre.
Tal vez, como escribió Fernando Pessoa, “el valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con la que suceden.” Y es con esa intensidad tranquila que, año tras año, el verano ibérico nos vuelve a llamar.