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Si Fernando Pessoa Visitara Madrid Este Otoño


  • Escrito por Pedro Nogueira Simões
  • Publicado en Tribuna Libre
(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

¿Y si Fernando Pessoa atravesara Madrid en el otoño del siglo XXI? Entre las luces de la Gran Vía y las hojas doradas del Retiro, cada heterónimo hallaría su reflejo y el propio Pessoa encontraría un silencio más hondo. Este fragmento apócrifo imagina su mirada en la ciudad extranjera, donde el alma portuguesa vuelve a dialogar con el tiempo.

“Nunca poseí lugar. Nunca poseí tiempo. Tengo en mí todos los sueños del mundo — y todos me pesan como ruinas.”

He llegado a Madrid en otoño. El viento arrastra hojas secas por las avenidas anchas, como páginas arrancadas de un libro que nunca termina. Camino sobre ellas como quien camina dentro de su propio desasosiego.

Álvaro de Campos despierta en mí frente a la estación de Atocha: trenes veloces, prisa, vibración de máquinas. «¡Ah, poder ser todos, ser todo, vivir todo de todos los modos!» Pero el exceso me cansa. El fulgor de las ciudades modernas confirma el vértigo del alma, sin ofrecerle descanso.

Ricardo Reis, más sobrio, se repliega en el claustro de las Descalzas. Allí, el eco de la piedra antigua le repite su consejo sereno: «Sabio es quien se contenta con el espectáculo del mundo.» Pero en Madrid el espectáculo no termina, y la serenidad es un lujo de otros siglos.

Caeiro sonreiría al otoño del Retiro. Vería solo árboles, lagos, cielo. «Soy guardador de rebaños. El rebaño son mis pensamientos, y mis pensamientos son todos sensaciones.» Tal vez sería el único capaz de habitar Madrid sin sentir su peso.

Y yo, ortónimo, que no soy nadie, me detengo en un banco entre hojas caídas. Pienso que Lisboa nunca me bastó, y Madrid tampoco me basta. Ninguna ciudad me concede pertenencia. «No pertenezco a nada. No quiero pertenecer. Pertenecer es el calvario de la libertad.»

Las calles, en este octubre, son frías y veloces. Los rostros inclinados sobre las pantallas llevan una soledad más luminosa que la mía. Todos buscan compañía en un gesto de aislamiento. Yo solo me reconozco en ese mismo vacío: más solo que todos, porque soy consciente de la soledad.

Otoño en Madrid: metáfora de la vida. Los árboles aceptan el fin sin protesta, y yo no consigo despedirme de nada. Arrastro conmigo todos los gestos que no tuve, todas las ciudades que no viví, todas las palabras que no escribí. «Tengo en mí todos los sueños del mundo» — y todos me pesan como ruinas. --Pienso, con una melancolía que no consigo evitar: quizás la única patria posible sea la del otoño, esa estación que cada año nos enseña a caer en silencio.

Así, Madrid en octubre no nos muestra solo a Pessoa: nos muestra a nosotros mismos, en ese mismo otoño interior que se repite en cada vida.


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