Pablo Iglesias. Educador de muchedumbres.
- Escrito por Antonio Mª Claret García*
- Publicado en Tribuna Libre
Tras una larga vida dedicada por entero a los demás, Pablo Iglesias falleció el nueve de diciembre de 1925. Una ingente multitud de 250.000 personas, nunca vista antes en Madrid, acompañó el sepelio hasta el cementerio civil.
Entre la muchedumbre caminaban silenciosos, recogidos dentro de sí mismos, Indalecio Prieto y Fernando de los Ríos, éste rompió el silencio para poner el broche a una vida ejemplar, “dos hombres –dijo dirigiéndose a su acompañante- han revolucionado por igual la conciencia española: don Francisco Giner y Pablo Iglesias ¿No lo cree usted?”.
De los Ríos hacía referencia a la ingente labor educadora que ambos habían desarrollado a lo largo de su vida. Uno, Giner, formando élites intelectuales para que modernizaran España. El otro, Iglesias, arrancando a los proletarios de la miseria y la incultura.
Las sociedades, dice Virgilio Zapatero, se nutren de olvidos y recuerdos. Pero no es inocente lo que, en cada caso, se recuerda y lo que se olvida. Sin duda, quienes con la pluma o la imagen recuerdan este o aquel acontecimiento, a este o aquel personaje están promoviendo unos determinados modelos sociales.
Este es el caso de la Sociedad Fabiana Española que, fiel a su vocación de pedagogía social, ha decidido conmemorar el centenario del fallecimiento de Pablo Iglesias con una gran exposición sobre su vida y su obra (Pablo Iglesias. Ética y Política, Centro Cultural CajaGranada, 17 de octubre a 9 de diciembre de 2025), pues, en nuestra opinión, como ya señaló don José Ortega y Gasset, “Pablo Iglesias tiene derecho a que su vida sea contada como un ejemplo que merece imitación, cualquiera que fuere la aquiescencia que a sus opiniones se presta”. Iglesias no fue un teórico del socialismo, un obrero autodidacta difícilmente podía serlo, fue un político y organizador con un inquebrantable estilo moral tanto en su vida pública como privada.
Dos obsesiones gobernaron su vida. Una, la emancipación de la clase trabajadora, que él consideraba que se realizaría a través de la toma del poder político por el proletariado. Para ello creó un partido y un sindicato obrero, encauzando el conflicto social a través de las instituciones, pero negando (hasta finales de 1909) cualquier posibilidad de acuerdo con los partidos burgueses, incluidos los republicanos más avanzados. Firme en sus convicciones democráticas y celoso de la autonomía del socialismo español, no se dejó llevar por los cantos de sirena de la revolución rusa. Su apoyo a la posición política de Fernando de los Ríos fue esencial para que el PSOE no entrase en la III Internacional.
Otra, la regeneración moral de los obreros. Era recurrente en sus giras de propaganda aconsejar a los trabajadores que se alejaran de la taberna y del vicio, que respetaran a sus mujeres y a sus familias y que se instruyeran, pues –decía- si al obrero se le considera una clase inferior es por falta de cultura, no porque no tenga tanta capacidad y cerebro como el rico. Esta permanente actitud pedagógica llevó a su biógrafo, Juan José Morato, a referirse a él como: “educador de multitudes”. Iglesias dejó una huella indeleble en todos aquellos que le conocieron y que llega hasta nosotros. Sirva el ejemplo de Antonio Machado que, próximo ya a la ancianidad, evocaba uno de los recuerdos decisivos de su infancia. De la mano de su padre había asistido a un mitin en los jardines del Retiro en 1889. Entre los oradores sólo uno, Pablo Iglesias, le impresionó. “Las palabras encendidas” del líder socialista causaron un hondo impacto en aquel niño de trece años, que muchos años después escribiría: “al escucharle hacía yo la única honda reflexión que sobre oratoria puede hacer un niño: parece que es verdad lo que este hombre dice […] la voz de Pablo Iglesias tenía para mí el timbre inconfundible —e indefinible— de la verdad humana”.
*Antonio Mª Claret García - Presidente de la Sociedad Fabiana Española