Karl Popper. Heráclito IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Pero habiendo reducido todas las cosas a llamas, a procesos semejantes al de la combustión, Heráclito cree ver en esos procesos una ley, una medida, una razón, una sabiduría; y habiendo destruido el cosmos como edificio y, declarado que sólo era un montón de basura, lo rescata para introducirlo nuevamente, bajo la forma del orden predestinado de los sucesos, en el proceso universal.
Todo proceso del universo y, en particular, el propio fuego, se desarrolla de acuerdo con una ley definida, que es su “medida”.
(1) La idea de la ley es “correlativa” a la del cambio o flujo, puesto que sólo las leyes o, uniformidades dentro del flujo, pueden explicar, la aparente estabilidad del universo. La a teoría heracliteana de la ley ocupa, a juicio de Popper, un lugar lógicamente intermedio, entre las concepciones comparativamente modernas de las “leyes causales” (sustentadas por Leucipo y, especialmente, por Demócrito) y los oscuros poderes del destino, de Anaximandro. Las leyes de Heráclito son “mágicas” todavía, es decir, que no se ha alcanzado a distinguir aún, entre las uniformidades causales abstractas y, las leyes impuestas mediante sanciones, como los tabúes. Al parecer, su teoría del destino se hallaba relacionada, con una teoría del “Gran Año” o “Gran Ciclo”, equivalente a 18.000 o 30.000 años ordinarios. No cree Popper, por cierto, que esta teoría sea índice, de que Heráclito no creyó realmente en un flujo universal, sino tan sólo en diversas circulaciones, que siempre volvían a restablecer, finalmente, la estabilidad de la estructura total; pero sí parece posible, que le resultara difícil concebir una ley del cambio y, aun del destino, que no involucrase cierto grado de periodicidad.
(2) El fuego desempeña un papel preponderante, en la filosofía heracliteana de la naturaleza (Puede ser que haya aquí, cierta influencia persa). La llama es el símbolo obvio del flujo, del “proceso que parece, por muchos conceptos, un objeto”. Explica, de este modo, la experiencia de cosas estables y, reconcilia esta experiencia, con la doctrina del flujo. Heráclito enseña que “todas” las cosas están sujetas al flujo, que “todas” son como el fuego; su fluir tiene tan sólo, diferentes “medidas o leyes de movimiento”.
En consecuencia, el fuego, es el símbolo y la explicación, del aparente reposo de las cosas, pese a su mudable estado real. Pero es también el símbolo de la transmutación de la materia, de un estado (combustible) a otro. Suministra así, el eslabón necesario, entre la teoría heracliteana intuitiva de la naturaleza y, las teorías de la rarefacción y condensación, de sus predecesores.
Pues eso.
Continuará
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.