No habrá pan sin respeto
- Escrito por Rodolfo Montero de Palacio
- Publicado en Tribuna Libre
A propósito de la manifestación del Agro español el día 11 de febrero. Tractores en Madrid.
Madrid amanecía diferente... Por las distintas arterias de la ciudad llegaban con sus luces características los latidos graves, diversos y persistentes de los tractores. Hombres, mujeres y algunos jóvenes con rictus serio, bajo un cielo invernal/infernal, traían al corazón de la capital el pulso de la tierra, su desamparo y su disgusto. No era solo una protesta, era también una advertencia y un recordatorio de que el progreso no puede vivir de espaldas al Sector Primario del cual dependemos cada día para alimentarnos y al cual debemos gran parte de nuestro bienestar. Por ello no es de recibo el maltrato y desafección que reciben cada día de nuestras clases dirigentes y también de nuestra sociedad, ese relato que atenta contra el respeto y que se ha filtrado intencionadamente en nuestra cultura actual. Con toda humildad, me siento uno de ellos y por eso quiero decirlo alto y claro: “Somos el primer eslabón de la cadena, sin nosotros, no habrá pan y sin pan, el futuro será imposible.”
El Sector Primario en Europa vive una paradoja dolorosa. Nunca habíamos hablado tanto de sostenibilidad, de transición ecológica, de seguridad estratégica, y sin embargo quienes producen nuestros alimentos soportan márgenes cada vez más estrechos, normativas cada vez más complejas y una competencia global que no siempre juega con las mismas reglas. Se exige excelencia ambiental mientras se importan productos cultivados bajo estándares menos rigurosos. Se habla de resiliencia mientras se deja a los agricultores solos ante la volatilidad de los precios, el encarecimiento de los insumos y la presión de las grandes cadenas de distribución.
El progreso —esa palabra luminosa que tanto celebramos— ha tenido a veces un reverso incómodo. En nombre del desarrollo urbano, de la digitalización y del crecimiento de las grandes ciudades, se ha ido relegando a quienes sostienen lo más básico: la alimentación. Las urbes crecen hacia el cielo, orgullosas de su vidrio y su acero, mientras el mundo rural se vacía en silencio. La modernidad ha sabido convertir en espectáculo casi todo, excepto el trabajo fundamental y cotidiano de quien cuida y respeta la tierra. “La escasez”, es desde hace décadas una palabra tabú para el consumismo, pero como dijo el poeta/pastor Miguel Hernández “Tened presente el hambre; recordad su pasado...”
Somos fruto de una civilización que aprendió a cultivar antes que a conquistar, el campo hoy no es una reliquia del pasado; es una infraestructura esencial, sin embargo, muchas explotaciones familiares desaparecen cada año. Los jóvenes dudan en continuar el oficio de sus padres. Las aldeas pierden población, servicios y esperanza. El mundo rural parece estar en la agenda política, sí, pero con frecuencia su presencia es más retórica que estructural. El agricultor, el ganadero, el pescador de hoy no pide privilegios (nunca los pidió; nunca los tuvo); Pero si pide dignidad, estabilidad y coherencia. Pide que la soberanía alimentaria no sea un eslogan vacío, porque cuando un país pierde la capacidad de producir lo que come, pierde algo más que un sector económico: pierde autonomía, seguridad y arraigo.
No se trata de idealizar el Campo, no estamos en las Églogas de Garcilaso. El sector primario también debe adaptarse, y en ello lleva décadas, pero si llegado este punto las reglas del juego cambian, todo ese trabajo de innovación y mejora de la eficiencia, se convierte en una flagrante falta de respeto que nos aboca a la asfixia. La modernización no debería significar sustitución, sino integración. Tecnología y tradición no son enemigas; pueden ser aliadas si existe voluntad política y visión a largo plazo.
El día que no tengamos Soberanía Alimentaria, que dependamos por completo de decisiones ajenas para llenar nuestros mercados, entenderemos que la seguridad no era solo militar o energética, sino también agrícola. Y entonces, como el Rey Midas, contemplaremos nuestro oro sin poder comerlo.
Ojalá los tractores venidos de todas las Españas esta semana en vez de bloquear calles, abran surcos de esperanza y conciencia en nuestra sociedad dormida, recordándonos a tod@s que el futuro de Europa no puede construirse olvidando la tierra que la alimenta.