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La caída del imperio norteamericano


  • Escrito por Tamara Gorines de Pablos
  • Publicado en Tribuna Libre
(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

La Gran Guerra supuso una gran revolución propagandística en la sociedad norteamericana con la creación en 1917 del Comité de Información Pública (CPI), conocido con el sobrenombre de Comité Creel.

En el imaginario colectivo norteamericano se mantenía la idea principal de "América para los americanos", que había expuesto casi cien años antes el presidente James Monroe cuando en 1823 declaró su discurso sobre el Estado de la Unión ante el Congreso.

Con la doctrina de Monroe se empezaba a definir una política exterior de un Estados Unidos aún débil, que sólo llevaba desde 1776 como país independiente, y en un contexto europeo donde los imperios de Rusia, Austria y Prusia se habían integrado en el Tratado de la Santa Alianza, defendiendo las monarquías absolutas como formas de gobierno, el cristianismo y la contención de cualquier forma de liberalismo y de secularismo, surgidos a partir de la Revolución francesa.

En 1904 el presidente Theodore Roosevelt asumía en su Discurso del Estado de la Unión los postulados de la Doctrina Monroe, rechazando la injerencia de potencias extranjeras en el continente americano. El Corolario Roosevelt iba un poco más lejos al extender su política expansionista y de defensa de sus intereses financieros, convirtiendo a Estados Unidos en el principal valedor de América Latina con capacidad de intervenir, si se consideraba vulnerada su autonomía.

El presidente Franklin Delano Roosevelt continuó con el legado de su primo Theodore Roosevelt en el desarrollo del panamericanismo con su política de Buena Vecindad.

El conflicto bélico de 1914 que se disputaba en el viejo continente entre antiguas potencias coloniales, no era un tema que preocupara en absoluto a la sociedad norteamericana quien a principios del siglo XX vivía en un plácido aislacionismo y pacifismo, que encontraría su máximo respaldo en la reelección del presidente Thomas Woodrow Wilson en 1916 con su eslogan de campaña “He kept us out of war” -él nos mantuvo fuera de la guerra-. Se comprometió a una neutralidad que no pudo cumplir al firmar la Declaración de Guerra a Alemania en abril de 1917.

El presidente Wilson se vio obligado a modificar toda su posición anterior en política exterior y crear entre los norteamericanos una corriente de opinión favorable para apoyar la entrada en la guerra; para ello se sirvió de la creación en el Congreso del Comité de Información Pública, un poderoso instrumento de propaganda gubernamental.

Tras la Segunda Guerra Mundial se planteó para los Estados Unidos un escenario de cooperación y alianzas comerciales y económicas con Europa Occidental. El Plan Marshall, aunque ayudó a la reconstrucción de una Europa destruida por la guerra, no fue tan benévolo como se cree y sí muy inteligente al obligar a mantener una relación de dependencia marcando un nuevo orden internacional. Se constituyó una hábil estratagema para consolidar el liderazgo norteamericano, frente a una aclamada Unión Soviética que había soportado el mayor peso de la guerra junto a un Partido Comunista que obtenía un buen apoyo y suponía una amenaza clara a Estados Unidos.

Con el eslogan America first de Donald Trump, parecía recuperarse la doctrina Monroe y en este segundo mandado más presidencialista que el primero y con menos contrapesos, regresa la idea de un imperialismo más feroz al tratar de recuperar la influencia y hegemonía en América Latina y al tiempo alejar a la temida China, y satisfacer a su socio, incursionando en Oriente Medio donde su aliado se muestra preocupado por su dominio en la zona.

Las ansias expansionistas han mirado a Canadá para cumplir su deseo de integrarla en el estado número 51 y por supuesto a Groenlandia, asunto que le ha servido para ejercer presión en los últimos meses y asegurar su soberanía en el Ártico, poniendo patas arriba a toda la alianza transatlántica.

Mientras todo esto pasaba, Trump y Netanyahu estaban tramando en secreto una intervención en Irán, sobre la que Trump terminó por decidir su posición seguramente cuando su plan en Venezuela le salió redondo el pasado 3 de enero.

La vía diplomática que se había estado negociando entre Irán y funcionarios de la administración de Trump para lograr la capitulación nuclear podría verse ahora como una espesa cortina de humo.

A diferencia de lo que pasó en la Gran Guerra, esta vez no ha hecho falta convencer a los norteamericanos para iniciar esta guerra. En la sociedad estadounidense del 2026 se ha colado un discurso trumpista ininteligible apoyado en diferentes razones para justificar esa intervención belicista: acabar con el programa nuclear y de misiles balísticos, desmantelar el régimen islamista…, todo esto excitado por un escenario desquiciado de absoluta locura en la que lleva inmersa Norteamérica desde hace meses donde se mezclan la violencia del ICE, los aranceles caprichosos que casi un año más tarde el Tribunal Supremo ha tumbado, los papeles de Einstein y tantas cosas que están desabotonando el liderazgo del cuadragésimo séptimo presidente, al tiempo que muestran qué hay bajo esa gorra MAGA, que esconde más complejos que aparentes muestras de fortaleza.

Leía hace poco algunas recomendaciones muy interesantes que realizaba Pablo R. Suanzes en su cuenta de X para entender un poco todo este conflicto complejo al que me asomo con la mayor cautela y sobre el que me atrevo a escribir tras algunas reflexivas lecturas. El articulista Karim Sadjadpour de ‘The Atlantic’ utilizada el magnífico ensayo de Isaiah Berlin llamado ‘ El erizo y el zorro’, para explicar la personalidad del líder islámico Alí Jamenei y la del norteamericano Donald Trump.

El erizo persigue un objetivo que guarda una coherencia y está sometido a algún valor moral, mientras que el zorro busca muchos fines que a menudo son contradictorios entre sí y que se encuentran desconectados de cualquier principio moral.

Para Alí Jamenei, – que en esta parábola sería el erizo-, la coherencia ha sido mantener la resistencia a EE.UU. y no someterse a la insolencia que representan Irán y Norteamérica. Pero sobre todo hay algo fundamental que hace que Oriente se distancia de Occidente y es la que añade la perspectiva teológica, y que constituye una de las herencias de la cultura persa chií.

Desde este lado de la religión, no hay una expiación de los pecados, y aparece el testimonio del martirio como respuesta a la persecución del islam, y se da sentido a la tradicional sumisión del individuo a la comunidad que logra la máxima identificación así con el Ser Supremo. Leía entre esas magníficas lecturas recomendadas al ‘Financial Times’ que sostenía que Jamenei de hecho esperaba ser asesinado como parte del sacrificio por la República Islámica.

Trump por su parte, -que en esta fábula representa el zorro-, arrastrado por su mente empresarial, ha creído que su único problema era encontrar el precio adecuado con el que doblegar a Irán o en su caso al líder Supremo.

Sus ínfulas le llevaron hace unos días a declarar que sería él quien escogería al próximo líder que esperaba que fuese alguien como Delcy Rodríguez en Venezuela, sin embargo, este domingo ya ha sido nombrado el segundo hijo millonario de los seis de Alí Jamenei, respaldado por los guardianes de la revolución, en un claro gesto de desafío hacia EE.UU.

El erizo y el zorro, una colisión entre dos civilizaciones que entienden el mundo de forma absolutamente diferente.

Y por otro lado está el cíclope asiático. A China le preocupa su reserva energética, no el régimen que pueda salir de Irán después de esta ofensiva, por eso su involucración, al menos de momento y mientras no vea comprometidos sus intereses energéticos, será tímida. En torno al 55 % de las importaciones de petróleo de China proceden de Oriente Medio y alrededor del 13 % de Irán.

Para China, Irán ya no es un aliado fiable. En 2021 firmaron un pacto de cooperación estratégica de 25 años, sin embargo, pocos compromisos se han corporeizado. Muchas son las razones para percibirse el uno al otro como aliados dudosos que ha llevado a una cierta relación de desconfianza. China no percibe que Irán tenga las capacidades para mantener el liderazgo de una revolución Islámica, así mismo ve con desconcierto las relaciones ambiguas y necesarias que ha ido manteniendo con Washington para su supervivencia. Irán por su parte, ha visto con preocupación la creciente influencia de China y cómo ésta puede amenazar a su independencia y soberanía.

Se prevé que China tiene una reserva de petróleo equivalente al 30 % de sus importaciones en 2025, lo que le permite de momento mantenerse al margen en este conflicto. Pero si se alarga, China es probable que tenga que implicarse, ya que, en la región sigue siendo un socio importante.

Trump sin embargo no ha sabido leer bien la idiosincrasia de la zona ni parece haber tenido en cuenta a nivel global lo que está sucediendo en Oriente Medio. Tampoco ha sabido controlar su ego insaciable ni entender cómo se comporta China.

Este conflicto parece beneficiar más a China que a EE.UU. que al estar concentrando -y parece que perdido- en Medio Oriente, le aleja de las pretensiones de China en el Indo-Pacífico, además de ir agotando sus recursos armamentísticos y las dificultades que se le presentan a Estados Unidos para el aprovisionamiento de recursos al haber prohibido Beijing la exportación de tierras raras para fines militares.

Irán se acerca a un abismo. Hay un verdadero riesgo de desmembración o balcanización del país debido a la complejidad étnica. Además, se libra una guerra en sus fronteras entre Afganistán y Pakistán que es potencia nuclear y con una Rusia que lleva en guerra con Ucrania desde el 2022.

Irán ha dicho que resistirá, Israel también, es el principal beneficiado en Oriente Medio al buscar la hegemonía en esa zona si logra anular a su principal rival, y está por ver qué pasará con Estados Unidos, cuya imagen está deteriorándose internamente pero también internacionalmente.


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