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El patrimonio en guerra


  • Escrito por Jaime Aznar
  • Publicado en Tribuna Libre
(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Marzo comenzó con un nuevo conflicto en Oriente Medio, pocos meses después del alto el fuego en Gaza. El arsenal de Estados Unidos e Israel es muy superior al de cualquiera de sus oponentes, y es capaz de arrasar cualquier punto de la región. Conocemos sus efectos: pérdida de vidas humanas, desplazamientos forzosos y la destrucción de infraestructuras, ya sean civiles o militares.

Los escombros que acostumbramos a ver en los medios corresponden también a lugares, sitios arqueológicos y monumentos que forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Estos testigos mudos de una forma de entender el poder, la sociedad y la vida de otros tiempos, no pueden salir corriendo ni ponerse a salvo cuando suenan las alarmas antiaéreas. De los 29 sitios del patrimonio mundial que se encuentran en Irán, 4 habrían sufrido daños de diferente consideración como consecuencia de los bombardeos. Se trata de lugares que abarcan desde la Prehistoria hasta el siglo XVII, ubicados en Teherán, Isfahán y el valle de Khorramabad. También el Líbano está bajo fuego intenso. Su ministro de cultura, Ghassan Salamé, ha pedido a la UNESCO que ponga medios adicionales para proteger el patrimonio del país, sobre todo el Museo Nacional de Beirut y las antiguas ciudades fenicias de Baalbek y Ohadi Qadisha. Desgraciadamente, se ha registrado el impacto de un misil en las proximidades del sitio arqueológico de la antigua ciudad de Tiro. Pero esta locura también ha afectado al patrimonio israelí. La llamada Ciudad Blanca de Tel Aviv, construida en los años 30 del siglo XX, son edificios de la Bauhaus levantados por judíos alemanes que huían del nazismo. Dos de ellos fueron alcanzados por los misiles iraníes.

A esta lista de desgracias podríamos añadir los graves desperfectos causados en el patrimonio de Gaza o Ucrania, ejemplos también de la violencia unilateral. Así pues, si observamos la guerra desde el punto de vista patrimonial, la lectura política se muestra de manera clara. Solo la existencia de un mundo basado en reglas puede preservar de manera eficaz el patrimonio. Tras la fundación de la ONU y la UNESCO en 1945, surgió la Convención de la Haya en 1954 -su nombre completo es Convención para la Protección de Bienes Culturales en caso de Conflicto Armado-. Después de la devastación de dos guerras mundiales se hacía necesario llegar a un consenso multilateral para proteger el patrimonio de la destrucción y el saqueo. Hoy, ese gran pacto se encuentra en peligro. No podemos dejar la protección de elementos patrimoniales a la conveniencia de una potencia agresora, y nadie puede decidir por su cuenta la suerte de nuestros tesoros culturales, pues pertenecen a todos. Se hace necesario defender el “viejo orden” con más intensidad que nunca. Hay que redoblar esfuerzos para que las instituciones de ámbito internacional, aunque imperfectas, sigan siendo ese testigo incómodo que los tiranos desean eliminar. Un mundo sin reglas no sólo sacrifica lo mejor de nuestro presente, sino que también desea arrebatarnos el pasado.


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