Applebaum. Dudas sobre la democracia. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Alexander Hamilton fue una de las muchas figuras de la Norteamérica colonial, que se leyeron una y otra vez, la historia de Grecia y Roma, tratando de aprender a evitar que una nueva democracia, se convirtiera en una tiranía. En su vejez, John Adams se dedicó a releer a Cicerón, el estadista romano que intentó detener el deterioro de la República romana e, incluso, citó frases suyas, en varias cartas que escribió a Thomas Jefferson. Querían fundamentar la democracia estadounidense en el debate racional, la razón y la voluntad de negociación. Pero no se hacían ilusiones con respecto a la naturaleza humana: sabían que a veces los hombres, podían sucumbir a las “pasiones”, sabían que cualquier sistema político, basado en la lógica y la racionalidad, siempre corría el riesgo de sufrir un brote de irracionalidad.
En los tiempos modernos, sus sucesores han tratado de definir mejor esa irracionalidad y esas “pasiones” y, de comprender quien podría sentirse atraído por un demagogo y porqué. Mi estimada y admirada Hannah Arendt, la primera teórica política que estudió el totalitarismo en profundidad, identificaba la “personalidad autoritaria”, como un individuo radicalmente solitario que, “desprovisto de ningún otro vínculo social con la familia, amigos, camaradas o incluso meros conocidos, basa su percepción de tener un lugar en el mundo, únicamente en su pertenencia a un movimiento, en su afiliación al partido”. Theodor Adorno, miembro de una generación de intelectuales, que huyó de la Alemania nazi a Estados Unidos, investigó más a fondo esta idea. Influenciado por Freud, Adornó intentó encontrar el origen de la personalidad autoritaria, en la primera infancia, o quizá incluso, en una homosexualidad reprimida.
Más recientemente, Karen Stenner, una economista conductual, que empezó a investigar los rasgos de personalidad hace dos décadas, ha argumentado que alrededor de una tercera parte de la población de cualquier país, tiene lo que ella denomina “predisposición autoritaria”, un término más útil que el de “personalidad”, por cuanto resulta menos rígido. Esta predisposición autoritaria, una tendencia a favor de la homogeneidad y el orden, puede estar presente en alguien, sin que obligatoriamente se manifieste. Su opuesta, la predisposición “libertaria”, que favorece la diversidad y la diferencia, también puede estar silenciosamente presente. La definición de “autoritarismo” de Stenner, no es de naturaleza política y, no es lo mismo que el “conservadurismo”. El autoritarismo es algo que atrae simplemente a las personas, que no toleran la complejidad: no hay nada intrínseco, “de izquierdas o de derechas”, en ese instinto... Es meramente anti-pluralista, recela de las personas con ideas distintas y, es alérgico a los debates acalorados. Resulta irrelevante que quienes lo tienen, deriven su postura política, en última instancia, del marxismo o del nacionalismo. Es una actitud mental, no un conjunto de ideas.
Pero los teóricos suelen omitir otro elemento crucial, en el declive de la democracia y la forja de la autocracia. La mera existencia de personas que admiran a los demagogos, o se sienten más cómodas en las dictaduras, no explica del todo, por qué estos ganan elecciones. En la antigua Roma, César hizo que los escultores, reprodujeran múltiples versiones de su imagen. Ningún autoritario contemporáneo puede triunfar, sin el equivalente moderno: los escritores, intelectuales, panfletistas, blogueros, asesores de comunicación política, productores de programas de televisión y, creadores de memes capaces de vender su imagen a la opinión pública. Los autoritarios necesitan a gente que promueva los disturbios, o desencadenen el golpe de Estado. Pero también necesitan a personas que sepan utilizar un sofisticado lenguaje jurídico, que sepan argumentar que violar la Constitución o distorsionar la ley, es lo correcto. Necesitan gente que dé voz a sus quejas, manipule el descontento, canalice la ira y el miedo, e imagine un futuro distinto. En otras palabras, necesitan a miembros de la élite culta e intelectual, que les ayuden a librar una guerra, contra el resto de la élite culta e intelectual, aunque este último grupo incluya a sus compañeros de universidad, sus colegas y sus amigos.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.