Dedicado a la mujer de tantos nombres
- Escrito por Tamara Gorines de Pablos
- Publicado en Tribuna Libre
Finalizando el mes de la mujer y aprovechando que he estado leyendo alguna cosa nueva de una escritora a la que admiro, me gustaría escribir algo sobre ella.
Como en una vida de espías, hay una apasionante y desdichada historia, con diferentes nombres, aunque no identidades, un alma que tiene que estar huyendo y una vieja maleta que esconde una parte del pasado atroz de Europa.
Toda historia comienza con una madre. La madre de la protagonista, que demostró sobradamente rasgos narcisistas y de naturaleza egoísta, no deseó la maternidad que le expuso al inevitable tiempo del envejecimiento.
Se creó en su condición de hija un profundo estado de resentimiento hacia su madre, a la que acudiría para aliviar su dolor y de alguna manera devolverle todo el rencor que sentía en numerosas de sus novelas.
Su padre un banquero ruso, hizo fortuna con aquellos compatriotas empujados a vender sus propiedades y todo lo que tuvieran para huir de los bolcheviques.
Estamos en el Imperio ruso de los últimos Románov, cuando Irma Irina, veremos que en esta historia la protagonista adopta diversos nombres, nace en el núcleo de una familia pudiente judía, con una madre cruel y distante emocionalmente y un padre ausente que vivía en sus negocios.
Pronto tienen que huir cuando la Revolución bolchevique de 1917 estalla y conquista a la gran Rusia, lo que obliga a la burguesía a exiliarse. Cuando llegan a Paris en 1919, llega con el nombre de Irma Irina.
Su familia se establece en el París que, como otras ciudades, vivió despreocupado los roaring twenties. París, la misma ciudad que también dio la bienvenida y acogió el arte decó de Tamara de Lempicka.
Con tan solo veintiséis años envía a una editorial de París bajo el nombre de su marido, Michel Epstein, la obra que la catapulta y por la que consigue un importante reconocimiento. ‘David Golder’, es un crudo relato del mundo despiadado de las finanzas que ella tan bien conocía a través de su padre. David Golder es de alguna manera su padre.
Un año antes publica en una revista literaria con el nombre de Pierre Nérey, ‘La enemiga’, una novela autobiográfica que explora la relación profundamente disfuncional entre madre e hija, que recuerda a la historia que nos cuenta Amélie Nothomb en ‘Golpéate el corazón’.
Una mujer herida por una historia familiar que en muchas ocasiones atraviesa fríamente sus novelas.
El tema tabú de las relaciones filiales, y en este caso el profundo trauma que tuvo con su madre, es la hidra que recorre su literatura. En su novela ‘El vino de la soledad’, nuevamente autobiográfica, recrea en Elena Karol a su alter ego para contar la difícil relación con su madre.
No perteneció al distinguido Grupo de Bloomsbury de Virginia Woolf, pero tuvo una influencia destacable en su narrativa el estudio ‘Aspectos de la novela’ de Edward Morgan Forster, un ensayo muy interesante y bastante alejado de las pautas más académicas.
Con una plumilla exquisita, prolija y disfrazada de ficción, nos mostró la desaparición de ese mundo que ya había cambiado tras la Gran Guerra -que tan sobresalientemente nos supo contar Stefan Zweig con un estilo literario pesimista y elegante, en ‘El mundo de ayer’-.
Ese mismo mundo que murió tras el salvajismo con el que el nazismo años más tarde sepultó a la Europa de 1939. De ese decrépito mundo se levanta su obra cumbre, que sin embargo no pudo acabar, pero que viajó y vivió en silencio en una maleta durante años.
También escribió sobre la Primera Guerra Mundial hasta la llegada de la Segunda en ‘Los bienes de este mundo’. Lo hizo por entregas a un semanario francés y sin firma, tan sólo con este encabezamiento: “Obra inédita de una mujer joven”, para esquivar las leyes antisemitas aprobadas por el gobierno colaboracionista de Vichy, los terroríficos Statut des Juifs.
Encontró en Antón Chéjov a su maestro, aunque por caprichos de la naturaleza ella contaba con un año cuando el dramaturgo murió.
En la biografía que realiza de él en 'La vida de Chéjov’, disecciona con brillantez la vida de un hombre también marcado por su propia historia familiar, en este caso un padre dominante, violento y alcohólico.
Queda entusiasmada por la forma en que retrató a la sociedad burguesa rusa del momento, captando con enorme prodigio su psicología y esencia, así como su interés por los más desfavorecidos.
La obra fue terminada en los preludios de su propio final, no pudiendo llegar a verla publicada.
‘Suite francesa’, su obra más conocida, fue concebida como una composición musical, que estaría integrada en cinco piezas, aunque sólo puedo acabar dos y no llegó a publicarla.
Irène Némirosky y su marido Michel Epstein murieron en el campo de concentración de Auschwitz, ambos en 1942.
Cuando deportaron a Irène, Michael entregó a sus dos hijas una maleta con cuadernos de su madre.
Las hermanas no se atrevieron a descubrir qué había dejado su madre en aquella maleta. Denise, la hija mayor, tardó más de cincuenta años en hacer acopio de fuerzas y abrir el pasado de su madre, descubriendo una fabulosa obra sobre el París ocupado por los nazis.
Denise nos regaló a los lectores ‘Suite francesa’, descubriéndonos a una fascinante literata que supo observar y contar con la necesaria distancia y suficiente psicología, un viejo mundo que se derrumbada bajo sus pies.
Una mujer asombrosa, con una historia personal tan interesante como su legado literario.
Por cuestiones absolutamente azarosas, pudo tener una privilegiada educación y formación que no llenaron sin embargo una niñez solitaria.
Había algo trágico en su vida, que empezó con el rechazo de su madre y continuó con la barbarie del repudio, acosamiento y odio más irracional por haber nacido judía, aunque se convirtiera al catolicismo. Escribió en las condiciones más difíciles, probablemente torturada por el miedo de saberse acorralada por la cruel sinrazón de esa parte tenebrosa que habita en el ser humano, y que su mirada capturó a través de su pluma.