Inteligencia no resolutiva. El origen del "inteligenciotrismo"
- Escrito por Daniel René Jiménez Cortés
- Publicado en Tribuna Libre
En una época caracterizada por la acumulación masiva de información, la inteligencia ha adquirido una posición privilegiada dentro del pensamiento contemporáneo. En los ámbitos de la seguridad pública, la defensa, la gestión gubernamental e incluso en la vida cotidiana, se ha consolidado la idea que mientras más información exista y más sofisticados sean los mecanismos para analizarla, mejores serán las decisiones y, por consecuencia, mejores serán los resultados.
La premisa suena sumamente lógica y razonable. Después de todo, comprender una situación siempre ofrece “ventajas” frente a actuar desde la ignorancia. Sin embargo, detrás de esta lógica se ha ido construyendo una percepción exagerada sobre las capacidades reales de la inteligencia. Poco a poco se ha instalado la creencia de que la inteligencia constituye una herramienta capaz de resolver prácticamente cualquier problema (como si en realidad bastara con producir más análisis para transformar automáticamente la realidad).
Sin embargo, la experiencia demuestra algo distinto. La inteligencia posee un enorme valor estratégico precisamente porque permite reducir la incertidumbre y su fortaleza se concentra en apoyar a comprender fenómenos complejos, identificar patrones, establecer relaciones, proyectar escenarios y ofrecer una visión más clara de aquello que ocurre. Es decir que, su función consiste en generar conocimiento útil para la toma de decisiones -sé que repito mucho esto, pero es una realidad-.
La controversia inicia cuando se le atribuyen capacidades que nunca ha tenido, ni tendrá. La inteligencia no transforma la realidad; lo que en la realidad lo hace, son las decisiones, los recursos, las acciones, las capacidades institucionales y la voluntad de quienes tienen la responsabilidad de intervenir sobre ella. La diferencia pudiera parecer sumamente sutil, pero constituye una de las fronteras más importantes que existen dentro del campo de la inteligencia.
En Seguridad Pública, por ejemplo, este fenómeno aparece con bastante frecuencia (más de la que en realidad quisiéramos). Cuando una institución enfrenta problemas de violencia, criminalidad o descontrol territorial, suele surgir la idea de que la solución consiste en producir más inteligencia. Se crean nuevas unidades, se incorporan plataformas tecnológicas, se desarrollan bases de datos, se elaboran informes y se multiplican los análisis. Sin embargo, la simple aplicación de la inteligencia no garantiza que la situación mejore.
Irónicamente, un producto de inteligencia puede identificar con precisión una organización criminal, describir su estructura, reconocer a sus líderes, ubicar sus áreas de influencia, documentar sus mecanismos financieros y proyectar su crecimiento; puede incluso advertir los riesgos que enfrentará una región determinada si no se actúa oportunamente, pero nada de ello asegura que las autoridades tomarán las decisiones necesarias para modificar el escenario.
La historia institucional está llena de “advertencias ignoradas”, muchas… demasiadas. En numerosos casos, la información correcta ya existía cuando ocurrieron crisis, atentados, conflictos o expansiones criminales. El problema no fue precisamente por la ausencia de inteligencia, sino que apareció cuando quienes debían actuar decidieron no hacerlo; muchas veces carecieron de recursos para hacerlo o simplemente optaron por ignorar las conclusiones que tenían frente a ellos, ya sea por ignorancia o indiferencia.
La inteligencia puede estudiar, advertir, explicar y anticipar. Pero lo que no podrá hacer nunca es sustituir la voluntad humana. Por esa razón conviene recordar que existe una diferencia esencial entre inteligencia y acción. La inteligencia ayuda a responder qué está ocurriendo, por qué ocurre y qué podría suceder en el futuro. También permite identificar alternativas y valorar riesgos asociados a cada una de ellas. Sin embargo, la decisión final sobre qué camino seguir pertenece a otra esfera completamente distinta y en muchas ocasiones poco comprendida.
Desde esa perspectiva, ningún informe toma decisiones, ninguna matriz analítica ejecuta operaciones y ninguna hipótesis modifica por sí sola el comportamiento de una organización. La inteligencia proporciona comprensión, sí… pero la acción requiere liderazgo.
También es una realidad, que esta limitación no se restringe al ámbito institucional y aparece en la vida cotidiana (aunque pocas veces se reconoce como tal). Por ejemplo: una persona puede comprender perfectamente que una relación afectiva atraviesa un proceso de desgaste. Puede identificar las causas, analizar comportamientos, reconocer patrones repetitivos y anticipar posibles desenlaces. Incluso puede construir escenarios bastante acertados sobre lo que sucederá si las condiciones actuales continúan sin cambios (y sufrir su desenlace o desde su actual realidad). Toda esa comprensión constituye un ejercicio de inteligencia. Sin embargo, la comprensión no elimina automáticamente el problema. Saber qué ocurre y decidir qué hacer son procesos diferentes.
También, una persona puede entender que debe cambiar de trabajo y aun así permanecer años en el mismo lugar. Puede reconocer que una relación ya no funciona y continuar dentro de ella. Puede conocer las consecuencias de ciertos hábitos y mantenerlos durante décadas. La inteligencia ofrece claridad… pero la decisión exige voluntad.
Existe además otro límite menos visible, relacionado con la naturaleza autocontenida de la realidad. La inteligencia obtiene gran parte de su poder de la capacidad para identificar regularidades, pero cuando esos patrones desaparecen o resultan insuficientes, la capacidad predictiva disminuye considerablemente. Es decir que está condicionada a la información proporcionada por sus fuentes, su calidad y éstas al acceso al origen de los datos.
Algunos fenómenos simplemente escapan a cualquier esfuerzo razonable de anticipación (como regularmente sucede en la vida humana). Los eventos verdaderamente aleatorios representan uno de esos casos. Un accidente provocado por una decisión impulsiva, una reacción inesperada o una circunstancia fortuita puede desarrollarse sin que existan patrones e indicadores previos capaces de advertirlo. La inteligencia funciona mejor cuando la realidad deja huellas observables, pero cuando esas huellas no existen, sus posibilidades se reducen. Afectando a sus productos.
Algo similar ocurre con los fenómenos caóticos. De hecho, existen situaciones donde intervienen tantas variables simultáneamente que cualquier predicción debe asumirse con cautela. Por ejemplo, movimientos sociales espontáneos por una causa impredecible, reacciones colectivas ante acontecimientos extraordinarios o determinados procesos políticos pueden evolucionar de formas difíciles de anticipar. La inteligencia puede identificar factores de riesgo y señalar tendencias generales, pero determinar con exactitud el momento y la forma en que se producirá una ruptura suele estar fuera de sus posibilidades.
A ello se suma una dificultad todavía mayor: el comportamiento humano. Gran parte del análisis de inteligencia descansa sobre la idea de que las personas y las organizaciones actúan conforme a determinados intereses, motivaciones o incentivos. Esa lógica permite construir modelos explicativos y formular hipótesis sobre conductas futuras, sin embargo, el problema surge cuando las emociones desplazan a la racionalidad. Recordemos que el miedo, el resentimiento, el orgullo, la desesperación, la venganza o el fanatismo tienen la capacidad de alterar cualquier cálculo lógico por más estudiado que se tenga.
La historia demuestra que innumerables decisiones trascendentales fueron adoptadas precisamente en esos contextos. Individuos, organizaciones y gobiernos, han actuado incluso contra sus propios intereses impulsados por emociones intensas. En esos escenarios de facto, la inteligencia encuentra uno de sus límites más complejos porque la conducta humana deja de seguir esos “patrones previsibles” y comienza a responder a impulsos profundamente subjetivos, abstractos y no imaginados.
Tampoco debe olvidarse que existen cuestiones que trascienden completamente el campo de la inteligencia. Ésta puede determinar qué resulta eficaz para alcanzar un objetivo determinado, medir consecuencias, valorar alternativas y estimar probabilidades de éxito. Y nuevamente, lo que no puede establecer es si un objetivo resulta moralmente correcto… pequeño detalle ¿verdad? Es decir, que la inteligencia puede demostrar que una determinada medida produce resultados. Pero la decisión sobre si esa medida debe implementarse pertenece al ámbito de la ética, el derecho y la filosofía política. De hecho, confundir estos planos conduce a errores de análisis y a decisiones deficientes.
En seguridad pública la inteligencia puede identificar amenazas con enorme precisión. Puede identificar y ubicar actores criminales, descubrir estructuras operativas, detectar vulnerabilidades institucionales y advertir riesgos emergentes. Sin embargo, cuando se trata de transformar las causas profundas que alimentan esos problemas, sus capacidades son, por mucho, más limitadas. Visto así: La inteligencia no elimina la pobreza, no mejora la educación, no fortalece la cohesión social, no reconstruye comunidades fracturadas y no corrige desigualdades históricas. Tal vez puede señalar dónde se encuentran esos factores y explicar cómo influyen en la inseguridad, pero la transformación estructural corresponde a otros instrumentos del Estado y de la sociedad.
En una analogía, durante mucho tiempo la ciencia enfrentó una visión conocida como cientificismo: la convicción de que cualquier problema humano podía resolverse mediante el conocimiento científico. Hoy parece emerger una versión muy semejante dentro del campo de la inteligencia al cual llamaré “inteligenciotrismo” (neologismo propio). La idea de que todo puede resolverse mediante más información, más análisis y más inteligencia. Lo cierto es que, en la realidad rara vez funciona de esa manera. Existen problemas que requieren inteligencia para ser comprendidos. Existen otros que requieren liderazgo para ser enfrentados. Algunos demandan recursos. Otros exigen instituciones sólidas. Muchos dependen de valores, principios o decisiones personales.
Y siempre existirán ámbitos donde la incertidumbre permanecerá presente sin importar cuánta información se acumule o se analice. Esa realidad no disminuye la importancia de la inteligencia, al contrario, permite comprender con mayor precisión cuál es su verdadera función. Habría que entender que la inteligencia nunca fue diseñada para eliminar la incertidumbre. Su propósito consiste en reducirla hasta niveles que permitan actuar con mayor racionalidad. No ofrece certezas absolutas, pero sí proporciona mejores condiciones para decidir en entornos complejos. Precisamente ahí se encuentra su grandeza, e irónicamente, también su límite.