Mecánica cuántica. Schrödinger y Heisenberg. VI
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Cuando Werner Heisenberg se sentó por segunda vez, en la abarrota sala de conferencias, escucho en silencio hasta el final, la charla de Erwin Schrödinger titulada “Nuevos resultados de la mecánica ondulatoria”. Durante la sesión de preguntas y respuestas que siguió a la charla, Heisenberg se puso cada vez más nervioso, hasta que llegó un momento, en el que ya no le fue posible, mantenerse en silencio. Todas las miradas, cuando se levantó a hablar, se posaron sobre él. La teoría de Schrödinger, dijo entonces, no explica las leyes de la radiación de Max Planck, el experimento de Franz-Hertz, el efecto Compton, ni el efecto fotoeléctrico. Nada podía ser explicado sin discontinuidad y saltos cuánticos, precisamente los conceptos que Schrödinger, deseaba eliminar.
Antes de que Schrödinger pudiese replicar y, algunos de los asistentes, expresaran su desaprobación, ante los comentarios del joven de 24 años, un Wilhelm Wien muy molesto, se levantó e intervino. El viejo físico, contó posteriormente Heisenberg a Pauli, “casi me expulsa de la sala”. “Estoy convencido – le conminó Wien, invitándole a sentarse – de que el profesor Schrödinger se ocupará, a su debido tiempo, de todas esas cuestiones. Debe aceptar que se han acabado todas esas tonterías de los saltos cuánticos”. Schrödinger, sin inmutarse, replicó que, efectivamente, confiaba en que todos esos problemas, no tardarían en resolverse.
Después de leer la versión de Heisenberg, de los eventos que habían sucedido en Múnich, Niels Bohr invitó a Schrödinger a Copenhague a dar una conferencia. Cuando Schrödinger bajó del tren, el día 1 de octubre de 1926, Bohr estaba esperándole en la estación. Era la primera vez que se veían.
Tras el intercambio de saludos, emprendieron, casi de forma simultánea, una batalla que, según Heisenberg, “prosiguió día tras día, desde bien temprano, hasta última hora de la noche”. Aunque habitualmente era el más amable y considerado de los anfitriones, Bohr daba la impresión de que, en su deseo de convencer a Schrödinger, de que estaba en un error, actuaba como un “fanático implacable, alguien que no estaba dispuesto a hacer la menor concesión y, no admitía siquiera la posibilidad, de estar equivocado”. Los dos defendían apasionadamente, sus arraigadas convicciones, sobre la interpretación física de la nueva física. Ninguno estaba dispuesto a conceder ni un solo metro, sin luchar.
Durante una de las discusiones, Schrödinger calificó como “pura fantasía, el concepto mismo de salto cuántico”. Las emociones pronto se intensificaron. “¡Usted no puede cuestionar en serio, el fundamento de la teoría cuántica!”, arguyó Bohr. Schrödinger concedió que todavía quedaban muchas cosas por explicar, pero que Bohr “también había fracasado, en esbozar una interpretación física satisfactoria, de la mecánica cuántica. Schrödinger añadió: “Si todo ese condenado salto cuántico, estuviese condenado a perdurar, debería pedir perdón por haber contribuido, al desarrollo de la teoría cuántica”. “Pero todos estamos muy agradecidos, por lo que usted ha hecho – replicó Bohr -. Su mecánica ondulatoria ha contribuido muy positivamente, a la claridad y simplicidad matemática y, representa un avance gigantesco, sobre todas las versiones anteriores de la mecánica cuántica”.
Días después de estas implacables discusiones, Schrödinger cayó enfermo, hasta el punto de tener que guardar cama, Y, aunque la esposa de Bohr, hizo cuando estuvo en su mano, por cuidar a su huésped, este se sentó en el borde de la cama y siguió discutiendo. “No podía esperarse ninguna comprensión real porque, en ese momento, ninguno de ellos podía proporcionar, una interpretación completa y coherente de la mecánica cuántica”, escribió Heisenberg posteriormente. Schrödinger no aceptaba que la teoría cuática, supusiera una ruptura completa con la realidad clásica. Y, en lo que respecta a Bohr, no estaba dispuesto a regresar, a las nociones familiares de órbitas y caminos continuos, en el reino atómico. El salto cuántico, le gustara o le desagradara a Schrödinger, estaba ahí para quedarse.
Pues eso.
(Continuará. )
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.