Mecánica cuántica. Incertidumbre. En Copenhague. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Werner Heisenberg estaba muy nervioso, el miércoles 28 de abril de 1926, porque estaba a punto de pronunciar una conferencia. Su inquietud estaba justificada, pues a sus 25 años, iba a hablar sobre su mecánica matricial, en el conocido encuentro de físicos, de la Universidad de Berlín. Cuando su mirada escrutó el rostro de los presentes, advirtió en primera fila, a 4 de los galardonados con el Premio Nobel: Max von Lau, Walter Nernst, Max Planck y Albert Einstein.
Los nervios que acompañaron, a esta “primera ocasión de encontrarse con personajes tan famosos”, se desvanecieron, según dijo el mismo Heisenberg, apenas presentó “un claro relato de los conceptos y fundamentos matemáticos, de la que, por aquel entonces, era una teoría muy poco convencional”. Cuando, pasada la conferencia, los asistentes se dispersaron, Einstein invito a Heisenberg, a su apartamento. La verdadera conversación sólo comenzó – recordaba Heisenberg - cuando cómodamente sentados ya en el apartamento, Einstein abordó el “fundamento filosófico de mi último trabajo”. “Usted asume la existencia de los electrones en el interior del átomo y, probablemente esté en lo cierto, dijo Einstein, pero se niega a considerar sus órbitas, aunque podemos observar el rastro dejado por los electrones, en una cámara de niebla”.
“Aunque no podamos observar, la órbita seguida por los electrones, en el interior del átomo – replico Heisenberg -, la radiación emitida durante la descarga, nos permite deducir las frecuencias y amplitudes de sus electrones”. Luego, insistiendo en el mismo tema, agregó que: “puesto que una buena teoría, debe basarse en magnitudes directamente observables, me parece más adecuado restringirme a ellas, considerándolas, por así decirlo, como representaciones de las órbitas de los electrones”. “¿Pero no creerá usted en serio – protestó Einstein – que, en las teorías físicas, sólo participan magnitudes observables?” Pero, como ese había sido precisamente, el fundamento sobre el que Heisenberg erigió su mecánica, le espetó entonces: “¿Y no es precisamente eso, lo que usted ha hecho con su teoría de la relatividad?”.
“Los buenos trucos no deberían utilizarse dos veces”, respondió Einstein sonriendo. “Y es que, aunque probablemente, yo haya apelado a ese tipo de razonamiento – admitió – se trata, en cualquier caso, de un absurdo”. “Resulta completamente erróneo, tratar de fundamentar exclusivamente una teoría, en magnitudes observables. A decir verdad, sin embargo, lo cierto es exactamente lo contrario, porque es la teoría la que decide, lo que nosotros observamos”. Pero… ¿a qué se refería exactamente Einstein?
Casi un siglo antes, en 1830, el filósofo francés Auguste Comte, había afirmado que, aunque la teoría debe basarse en la observación, la mente también necesita, para poder llevar a cabo sus observaciones, una teoría. Einstein trató de explicar, que la observación es un proceso complejo, que implica creencias sobre los fenómenos que se utilizan en las teorías. “El fenómeno que estamos observando, produce ciertos efectos, en nuestros aparatos de medida – dijo Einstein – poniendo en marcha procesos adicionales que acaban determinando, por caminos más o menos complejos, impresiones sensoriales que contribuyen a fijar sus efectos en nuestra conciencia”. Estos efectos dependen, en opinión de Einstein, de nuestras teorías. Y Einstein siguió presionando: “Pero su afirmación de que sólo está introduciendo magnitudes observables, no es sino una creencia, sobre una propiedad de la teoría, que esta tratando de esbozar”. “Yo estaba completamente atónito, ante la actitud asumida por Einstein – admitió posteriormente Heisenberg – pero su argumentación me parecía impecable”.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.