El átomo. Los atomistas cristianos medievales. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Es igualmente el antiaristotelismo, lo que está en la base, de la actitud pro-atómica, de otro defensor de la doctrina corpuscular, Nicolas d’Autrecourt. Si bien está convencido de que Dios, es la causa de todas las cosas, este filósofo rechaza la autoridad de los maestros y, preconiza el estudio de la naturaleza. Pero, sobre todo, a semejanza de Guillermo de Conches y de Guillermo de Ockam, rechaza la concepción aristotélica de “sustancia”. Pero dado que esta concepción está, según él, en el fundamento mismo de la física del Estagirita, resulta de ello que “en toda la filosofía natural y, en toda la metafísica de Aristóteles, no hay dos conclusiones ciertas y, probablemente ni una sola que lo sea”.
Nicolas d’Autrecourt propone entonces, una filosofía y una física alternativas. Y las encuentra ya elaboradas, en las enseñanzas de Demócrito y Epicuro, cuyas proposiciones fundamentales, adopta completamente: la materia, que es eterna, está compuesta de átomos invisibles, animados de un movimiento incesante, que los lleva a asociarse, en determinadas condiciones y, a disociarse en otras. La generación y la destrucción (la corrupción) de los cuerpos, no implican en absoluto, como enseñaba Aristóteles, que diferentes formas se sucedan, una a otra, en un objeto dado; si no que resultan simplemente, del juego de asociaciones y disociaciones, de los corpúsculos. Las cualidades sensibles, por mediación de las cuales percibimos a los cuerpos, resultan simplemente, de la disposición y, del movimiento de sus átomos. En cuanto cristiano, deseoso de poner de manifiesto, la concordancia de la hipótesis atómica, con las certezas de la fe, Nicolas d’Autrecourt se aparta, de todos modos, en algunos puntos, de la doctrina clásica de Demócrito y Epicuro. Así, por ejemplo, el alma consiste, según él, en dos espíritus, a los que él llama el intelecto y el sentido. Estos dos espíritus son inmortales, de modo que, cuando los átomos, que constituyen el cuerpo humano se degradan, continúan existiendo. Desgraciadamente para él, los esfuerzos de Nicolas d’Autrecourt a favor del alma, no le evitaron la cólera de la Iglesia: sus ideas fueron condenadas y, el 25 de noviembre de 1347, tuvo que abjurar públicamente de sus escritos y quemarlos.
Si la actitud corajosa, de estos pocos defensores del atomismo, garantizó la continuidad del mensaje fundamental, de los fundadores de la teoría, forzoso es reconocer, que no llegaron a enriquecer la teoría, con aportaciones o innovaciones originales. Quienes sí lo hicieron – sin que con ello estemos prejuzgando, la importancia de su contribución – fueron los atomistas árabes, de los que nos ocuparemos, en los siguientes escritos.
Pues eso.
Continuará
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.