Sólo nos acordamos de Ceuta
- Escrito por Tamara Gorines de Pablos
- Publicado en Tribuna Libre
Si no fuera por que sabemos que esas terribles imágenes pertenecen a Ceuta, si no fuera por que sabemos que no es el río Ganges sino el Mediterráneo Occidental, podríamos en un momento de perdonable ignorancia, creer estar viendo parte de una ceremonia religiosa hindú, con los sudarios que cubren los cuerpos como parte de la práctica fervorosa que se realiza en Benarés, y que tanto me impactó cuando hace años viajé a este país fascinante de inconmensurable belleza que es India.
No puedo sentir en mi piel el choque que debió ser esa avalancha humana para los ceutíes. Tampoco las ilusiones frustradas para todo ese incontable número de personas, sobre todo marroquíes, que llegaron hasta Ceuta, porque para eso tendría que haber estado en alguno de esos dos lados. Sin embargo, sí puedo sentir los temblores en mis entrañas golpeadas y devastadas por la vergüenza, como parte de la respuesta de empatía que siento, al ver esas imágenes que hieren el alma.
Puedo entender la motivación de tanta gente que excitados sus deseos de prosperar, como un día fue los EE.UU. para muchos europeos, decidieran dejar a la suerte sus vidas, y cruzar a nado el espigón del Tarajal, que recorre la frontera entre el Reino de España y el país de la dinastía alauí.
Puedo entender también el más que natural estupor de la ciudad autónoma de Ceuta, que viendo cómo la petición de auxilio solicitada por todos los partidos políticos, incluido el partido de gobierno, mediante el requerimiento de la declaración de emergencia nacional, se desoía por parte del ejecutivo central, que, romo de inteligencia política frente a una evidente amenaza a la soberanía nacional, llegó tarde una vez más.
A nivel individual no están claras las motivaciones. Basta sin embargo con no ser un necio para darse cuenta de que, cuando se quebranta la dignidad, cuando todavía existe esperanza en las promesas contadas, cuando al otro lado de la frontera europea no sirven cinco euros diarios para vivir trabajando, o cuando los derechos humanos se vilipendian y la monarquía de Mohammed VI asfixia a sus ciudadanos, sólo conociendo esto, se puede entender que cualquier respuesta humana, por inconcebible que parezca -como lo es lanzarse al mar-, sea posible y por supuesto razonable. para calmar la frustración, desesperanza, o las necesidades más vitales.
Ceuta y Melilla son importantes para la monarquía alauí en la medida en que tiene ideas irredentistas, reclamando lo que cree que es suyo. Se comporta sin embargo con las ínfulas desmedidas que caracterizan a su extraordinaria aspiración del Gran Marruecos, pero que no se corresponde en absoluto con su raigambre como nación.
Melilla primero, que fue anexionada a la Corona de Castilla por los Reyes Católicos y Ceuta después, que habiendo pertenecido a la Corona de Portugal, se sumó a las conquistas españolas cuando Felipe II hermanara ambos reinos en la Unión Ibérica, han formado parte de España desde entonces. Tendríamos que viajar en el tiempo quinientos años atrás, para hallar el control de ambas provincias en manos de dinastías del norte de África
A nivel geopolítico, el control del Estrecho de Gibraltar parece funcionar como catapulta de la dictadura alauí, que aprovechando la vulnerabilidad y pobreza de una gran parte de los marroquíes, los utiliza para sus propósitos estratégicos en la zona.
La amenaza en zona gris constituye el principal peligro para Ceuta y para los intereses estratégicos nacionales. Al localizarse Ceuta en un lugar privilegiado, permite el control de una de las rutas marítimas más relevantes que conectan el Mediterráneo con el Atlántico.
Marruecos busca desequilibrar esto, desestabilizando la zona, desgastando a España, y para ello se sirve del relajamiento en sus fronteras, aumentando de esta manera la presión migratoria, también erosionando las relaciones diplomáticas para debilitar la posición española.
El modo de provocar conflictos ha cambiado. Los ataques ahora no son convencionales, se han sofisticado las formas, y Marruecos juega aviesamente con su emigración, pero también con las relaciones comerciales, restringiendo, cuando no cerrando, los pasos fronterizos que dañan profundamente la economía de Ceuta, muy dependiente de las transacciones comerciales con este país.
También actúa castigando a España cuando siente intimidados sus intereses. La visita del presidente del Gobierno a Argelia, archienemiga de Marruecos, que ha supuesto la reanudación de las relaciones bilaterales entre ambos países, no ha debido caer nada bien.
En Rabat se ha tenido que oír ruido de sables tras la aprobación de la proposición de ley, que concederá la nacionalidad española al pueblo saharaui que nació durante la colonización española.
El texto ya empezó su tramitación con polémica por el uso de esas dos palabras: pueblo saharaui, que el Gobierno quiso corregir, y poner en su lugar población saharaui o sólo saharauis, introduciendo enmiendas para no despertar la ira de Marruecos. Esta iniciativa legislativa tendrá aún que aprobarse en septiembre por el Congreso, y pasar por la Cámara Alta, pero seguro habrá sido vista por Marruecos como una afrenta al cuestionar su soberanía sobre ese territorio.
Marruecos ha tomado el pulso a España hace tiempo, nuevamente pone a prueba hasta dónde puede llegar y juega con ventaja. El robo de información mediante el uso del programa de espionaje Pegasus en 2022, ha dejado a España en una posición negociadora y geopolítica incómoda, que puede explicar parte del arrodillamiento en las relaciones diplomáticas con Marruecos, así como el controvertido cambio de posición respecto al Sáhara Occidental. Sólo nos acordamos de Ceuta, de Melilla o de Canarias, como de las condiciones lamentables de los bomberos u otros funcionarios al servicio de la seguridad, como también de la sanidad o la educación, cuando los incendios arrasan nuestro país, cuando faltan chalecos o se la juegan en mediocres lanchas, o cuando los centros sanitarios y educativos públicos se deterioran favoreciendo iniciativas privadas, sólo entonces nos acordamos, cuando el abandono institucional ha llegado demasiado lejos.