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Seguridad y filosofía


  • Escrito por Daniel René Jiménez Cortés
  • Publicado en Tribuna Libre
(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

Hablar de filosofía cuando se discuten asuntos de seguridad puede parecer, de entrada, poco práctico. Quien dirige una corporación policial, coordina un centro de inteligencia o tiene la responsabilidad de responder ante una crisis suele necesitar información concreta. Qué está pasando, quién participa, dónde se encuentra, qué capacidades tiene, qué puede ocurrir después y, sobre todo, qué se puede hacer. Frente a esas necesidades, ponerse a discutir sobre “la naturaleza del conocimiento” o los “límites de la verdad” parecería una pérdida de tiempo. El problema es que muchas decisiones equivocadas en seguridad no ocurren por falta de información y suceden irónicamente porque alguien interpretó mal la información disponible. Y justo ahí la filosofía deja de ser tan lejana.

Platón planteó hace más de dos mil años una idea que todavía provoca discusión. Él dijo que quienes gobiernan deberían ser filósofos o, dicho con mayor precisión, quienes poseen conocimiento filosófico deberían participar del gobierno. No tendría demasiado sentido trasladar literalmente esa propuesta a nuestros días. Un secretario de seguridad no necesita convertirse en especialista en filosofía griega, como tampoco un director de inteligencia necesita estudiar metafísica para dirigir una operación. Pero detrás de aquella propuesta había un problema que sigue sin resolverse del todo, porque ejercer poder implica decidir sobre una realidad que nunca conocemos completamente.

En seguridad esto sucede todos los días. Un responsable recibe información que señala que determinada persona podría estar relacionada con una organización criminal. A partir de ahí comienza una cadena de decisiones. ¿Qué significa exactamente “estar relacionada”? Puede existir comunicación, parentesco, proximidad geográfica, coincidencia de movimientos, una relación comercial o información proporcionada por una fuente. Cada elemento tiene un valor diferente, sin embargo, cuando varios de ellos aparecen juntos es fácil comenzar a construir una historia que explique lo que estamos observando. Pero recordemos que las historias coherentes tienen un inconveniente: pueden ser falsas.

Pensemos en algo sencillo. Un vehículo aparece varias veces cerca de lugares vinculados con una investigación. Posteriormente se identifica comunicación entre su propietario y una persona de interés. Días después, el mismo vehículo es detectado nuevamente en una zona donde ocurrió un hecho relevante. Hasta ese momento existen datos que pueden comprobarse. El problema empieza cuando afirmamos que el vehículo estaba realizando vigilancia, que su conductor forma parte de una organización o que participó en la preparación del hecho investigado. Tal vez sea cierto. Pero ya no estamos describiendo únicamente lo que vimos; estamos interpretándolo. Esa diferencia parece obvia cuando se presenta de esta manera, sin embargo, en la práctica puede desaparecer con sorprendente facilidad.

Una valoración pasa de un analista a un jefe, después llega a otro nivel de mando y eventualmente aparece dentro de una presentación ejecutiva. Durante ese recorrido puede perderse la distinción entre aquello que fue observado y aquello que alguien dedujo a partir de lo observado. Una hipótesis repetida suficientes veces termina adquiriendo una solidez que originalmente no tenía.

Aquí aparece “mágicamente” lo que en filosofía se llama epistemología, aunque rara vez se le mencione por su nombre. Esta disciplina se ocupa de una cuestión que para la inteligencia debería ser elemental: preguntarse cómo sabemos lo que creemos saber. No basta con disponer de información. Hay que conocer su procedencia, entender sus limitaciones, identificar qué parte ha sido corroborada y separar lo que constituye un hecho de aquello que depende de una interpretación.

Esto resulta particularmente importante porque la inteligencia casi nunca trabaja con una realidad completa. De hecho, trabaja con fragmentos… muchos fragmentos. Una comunicación interceptada, una fotografía, un movimiento financiero, una posición geográfica, un testimonio, una fuente humana, determinados antecedentes. El analista intenta reconstruir algo que probablemente no presenció y en ocasiones incluso intenta anticipar algo que todavía no ocurre. Por eso existe una diferencia enorme entre decir que algo ocurrió y decir que probablemente ocurrió. También la hay entre afirmar que una persona tiene capacidad para realizar determinada acción y sostener que tiene intención de realizarla. Capacidad e intención pueden coincidir, pero una no demuestra automáticamente la otra.

La lógica sirve precisamente para revisar esos saltos. En seguridad tenemos cierta “facilidad” y fascinación para encontrar relaciones. Es comprensible. Una parte importante del trabajo consiste en descubrirlas. Sin embargo, encontrar una relación no siempre significa comprenderla. Dos personas pueden comunicarse frecuentemente sin compartir una actividad criminal. Dos acontecimientos pueden ocurrir de manera consecutiva sin que uno haya provocado al otro. Una persona puede encontrarse repetidamente cerca de determinados lugares por razones que no habíamos considerado. La experiencia suele resolver muchas de estas dudas. Un analista que ha trabajado durante años con determinada organización aprende sus rutinas, reconoce patrones y advierte comportamientos que para alguien sin experiencia pasarían inadvertidos. Sería absurdo despreciar ese conocimiento. El inconveniente surge cuando la experiencia no funciona como referencia y comienza a ser un patrón.

Lo que ocurrió anteriormente no tiene obligación de repetirse. Las organizaciones criminales cambian. Aprenden de sus errores, abandonan procedimientos que fueron detectados, incorporan tecnologías, modifican rutas y explotan las rutinas de quienes las persiguen. En consecuencia, una organización de inteligencia puede llegar a ser muy buena reconociendo patrones que sus adversarios ya dejaron de utilizar.

Desde la filosofía de la ciencia nos podríamos preguntar: ¿qué tendría que encontrar para aceptar que mi explicación está equivocada? No es una pregunta tan común pero precisamente por eso sirve. Cuando elaboramos una hipótesis solemos buscar información que permita fortalecerla. Si encontramos tres elementos que coinciden con nuestra explicación, sentimos que avanzamos. Con cinco elementos, la hipótesis parece todavía mejor. Pero quizá nunca buscamos seriamente aquello que podría contradecirla. En ese caso, el análisis puede terminar convertido en un ejercicio destinado a confirmar una conclusión previamente aceptada. Una hipótesis que no puede ser cuestionada deja de ser particularmente útil.

Lo anterior no significa que el analista tenga que dudar permanentemente de todo. La duda absoluta también paraliza. La inteligencia y la investigación existe para reducir incertidumbre, no para eliminarla por completo, porque probablemente nunca pueda hacerlo. Lo importante es saber qué parte de una valoración tiene un soporte fuerte, dónde permanecen vacíos y qué supuestos fueron necesarios para conectar unas piezas con otras.

El asunto se vuelve todavía más delicado cuando el producto llega al decisor. Quien dirige una institución de seguridad no puede esperar siempre a disponer de información perfecta. En ocasiones tendrá que decidir rápidamente. Puede ordenar vigilancia, modificar un despliegue, asignar recursos, priorizar una investigación o tomar medidas preventivas. Esperar demasiado puede resultar costoso.

Actuar demasiado pronto también. En ese momento aparecería una cuestión que normalmente tratamos como operativa, aunque en realidad también es epistemológica: ¿cuánta incertidumbre estamos dispuestos a aceptar para tomar una decisión? No existe una respuesta universal. La cantidad de información necesaria para enviar una patrulla a verificar una situación no puede ser la misma que la requerida para realizar una intervención que afectará seriamente los derechos de una persona. El nivel de certeza razonablemente exigible debería guardar alguna relación con las consecuencias de equivocarnos.

Por eso los responsables de seguridad necesitan algo más que recibir productos de inteligencia. Necesitan entender cómo fueron construidos. Un jefe que solamente pregunta qué sabemos está recibiendo el resultado final del proceso; en contraste, uno que pregunta de dónde proviene la información, qué parte está corroborada, qué supuestos sostienen la valoración y qué explicaciones alternativas fueron consideradas está evaluando además la calidad del razonamiento.

Las instituciones de seguridad poseen capacidades que el ciudadano común no tiene. Pueden investigar, vigilar, obtener información, detener personas y, bajo determinados supuestos jurídicos, utilizar la fuerza. El hecho de disponer legal y técnicamente de una capacidad no resuelve por sí mismo cuándo debe utilizarse. Este es el campo de la Ética. La seguridad vive constantemente dentro de ese problema. Queremos prevenir acontecimientos antes de que ocurran, pero cuanto más anticipada sea una intervención, menos información tendremos sobre aquello que intentamos prevenir. Esperar permite obtener mayor certeza, aunque puede significar perder la oportunidad de actuar. No existe una fórmula sencilla para resolver esa tensión.

Tampoco la tecnología la resolverá. Durante las últimas décadas hemos aumentado de manera extraordinaria nuestra capacidad para recolectar información. Sensores, comunicaciones, cámaras, geolocalización, biometría, bases de datos y diferentes sistemas de análisis permiten observar fenómenos que antes permanecían ocultos. Ahora la inteligencia artificial incrementa nuevamente esa capacidad. Un sistema puede revisar millones de registros y encontrar relaciones que ningún equipo humano habría detectado. Puede reconocer anomalías, comparar imágenes, identificar coincidencias y generar probabilidades. Todo eso puede ser extraordinariamente útil. Pero hay que tener cuidado con una confusión. Una respuesta matemáticamente precisa no necesariamente es una explicación correcta. Un algoritmo puede establecer que determinadas variables aparecen juntas con frecuencia. Eso no significa que haya descubierto por qué ocurre. Puede asignar a una persona determinado nivel de riesgo, pero la cifra no responde automáticamente qué debe hacer una institución con ella. Puede detectar un comportamiento atípico sin saber si esa anomalía tiene importancia criminal.

Por eso resulta curioso que mientras más tecnológica se vuelve la inteligencia, más importante puede volverse una disciplina tan antigua como la filosofía. No porque vaya a competir con los sistemas de información ni porque pueda sustituir el conocimiento operativo. Su función es otra. Ayuda a examinar las preguntas que formulamos, los conceptos que utilizamos y las conclusiones que construimos.

Quizá el debate, entonces, no debería plantearse en términos de si necesitamos gobernantes filósofos. Necesitamos responsables de seguridad capaces de reconocer cuándo saben algo y cuándo solamente creen saberlo. Necesitamos analistas capaces de defender una hipótesis, pero también de abandonarla cuando la evidencia deja de sostenerla. Necesitamos mandos que comprendan que una valoración de inteligencia no adquiere certeza simplemente porque aparece en una pantalla o porque fue producida mediante un algoritmo. Sobre todo, necesitamos conservar la capacidad de preguntar y reflexionar sobre las respuestas, sin creer que todo lo sabemos.

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