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‘El ser querido’


  • Escrito por Tamara Gorines de Pablos
  • Publicado en Tribuna Libre
(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

La ausencia de un padre o una madre en la vida de los hijos —como también su perturbadora presencia capaz de crear almas dolientes—, es un tema bien desarrollado en el cine.

‘Interiores’, de Woody Allen, es un drama complejo que explora la relación de tres hijas con su madre, o también ‘Sonata de otoño’, de Ingmar Bergman, al que tanto admiraba Woody Allen, se atreve a penetrar en las profundidades de la relación madre e hija. Ambas, por cierto, estrenadas en 1978.

El cine ha granjeado muy bien en imágenes,—recordaba la extraordinaria ‘Secretos y mentiras’ en ese plano en la cafetería, en el que podemos observar perfectamente en el rostro de Cynthia, la angustiosa y vergonzosa revelación que cae sobre ella al descubrir quién es esa mujer que tiene sentada a su lado—, y el cine también ha reunido en espléndidos diálogos, la belleza y la destrucción de las relaciones maternofiliales.

Quizá por una cultura en la que el ejercicio de la madre suele ocupar un mayor espacio en la vida de los hijos, quizá por la naturaleza propia de la relación, sea como fuere, y a bote pronto, sin haber hecho ningún estudio sobre esto, y desconociendo si acaso pueda existir, me aventuro a decir en voz alta —siendo un poco más denodada‐—, que hay más literatura cinematográfica de la casi siempre compleja relación madre e hija, que sobre la de un padre con su hija.

Recordaba mientras escribía, la película ‘Sur’, de Víctor Erice. Trata con gran sensibilidad y belleza, cómo va cambiando la percepción de una hija sobre un padre presente físicamente, aunque muy lejos de ella emocionalmente. Pero, como decía antes, me parece que son menos las películas que abundan sobre las relaciones paternofiliales.

En Rodrigo Sorogoyen disfrutamos una filmografía de grandes contrastes.

En ‘El ser querido’, Sorogoyen se encuentra con el mejor Erice, y logra que podamos identificar esta interesante obra con el ‘Sur’, en lo que concierne a la dimensión más emocional y psicológica. Las marcas, axiales a lo largo de la historia, son aquello que queda en la vida adulta cuando un padre ha fallado en su obligación como progenitor.

La película despega con un brutal plano secuencia fijo, de una duración aproximada de veinte minutos, en el que se suceden una serie de espectaculares primeros planos entre Javier Bardem y Victoria Luengo. Y qué soberbios están, por cierto. Tiempo aquél, más que suficiente para concentrar en ese larguísimo plano toda la película, con una riquísima narrativa visual acompañada de cortos, incómodos y también forzados diálogos, entre quienes apenas pueden mirarse. Veinte extraordinarios minutos bastan para entender en imágenes, el dolor, el reproche, la resignación, la vergüenza, la ausencia, la soledad de una niña que trece años después, y en plena madurez, se reencuentra con un padre desconocido.

La cinta a partir de ese momento se convierte en un desnudo terrible del abismo que existe entre padre e hija, y me parece que resuelve muy bien la pregunta sobre la posibilidad de reconciliación.

La conflagración entre padre e hija se percibe desde el primer instante. La familia como simiente de la construcción de nuestra identidad, responsable en gran parte de cómo nos veremos y seremos durante nuestra edad adulta.

La película es de un enorme verismo y de una aplaudida probidad al separarse de lo irremediablemente deseado, y se goza de verdad, aun siendo jodidamente dolorosa.

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