Pocos personajes históricos femeninos han causado tanto interés y tanta fascinación como la reina Cleopatra. Pero, a pesar de la ingente bibliografía que existe sobre la última de los Ptolomeos, y de la atención literaria y artística que ha merecido, especialmente desde Shakespeare a Hollywood, sigue siendo un personaje muy desconocido y visto con los ojos, principalmente de los romanos, que no sintieron nunca una gran estima por Cleopatra. Abordaron el personaje, y así ha pasado a la cultura occidental, vinculado a dos hombres, Julio César y Marco Antonio, y desde una visión harto negativa o muy manipulada. Se mitificó su supuesta belleza, sensualidad y encanto personales, adornados con una sagaz inteligencia, pero en combinación con una larga serie de atributos negativos: astucia, manipulación, perversidad y una clara voluntad de engañar, sin olvidar su pretendida lascivia. Era la encarnación de los males que detestarían los romanos de Oriente, aunque sintieran hacia ellos una secreta fascinación. La vinculación con los dos personajes romanos ha llevado a Cleopatra a convertirse en la amante manipuladora más sofisticada de la historia, y ha oscurecido sus motivaciones políticas, que no fueron otras que las de intentar, sin éxito, conservar la independencia de Egipto frente al ya imparable coloso romano.