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Palestina, el paroxismo de una venganza


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Un silencio de muerte recorre ya muchas ciudades de Gaza entre cuyas ruinas solo flota la culpa, la inmensa culpa que no se borrará por siglos, la culpa de ese mundo que, por segunda vez, por no levantarse contra la barbarie, está permitiendo que las muertes se cuenten por decenas de miles, que otras tantas vidas estén dejando de ser tales mientras los pulmones inhalan el sucio aire contaminado por el estallido de las bombas que, noche y día, caen sin importar el objetivo. Movidas realmente por un único propósito: la muerte y el exterminio.

Y mientras el mundo asiste atónito a este nuevo acto de “barbarie ultrajante para la conciencia de la humanidad”, se va materializando el dilema de si hubiera podido evitarse. A la vez, una inmensa interrogación se abre en un cielo ya para siempre gris. ¿Cómo ha sido posible que en el concierto internacional al que concurren numerosos países el veto de solo dos haya dado vía libre a este holocausto? Culpables directos, el asesino y su cómplice, que, amparado en el poder que le brinda la prevalencia de su voto sobre los de los demás, ha impedido poner punto final a la masacre. Culpables indirectos, todos los demás que asisten día a día a ese exterminio humano y no hacen nada por evitarlo. Todos los que venden armas anteponiendo el beneficio de la muerte a la dignidad de la vida.

Un holocausto que, en realidad, hace 75 años que comenzó. Crónica de una muerte anunciada, producto de un muy desigual reparto de poder y armamento. De nuevo, la historia de David y Goliat, pero está vez David no puede ganar. Crónica de una muerte lenta que, bajo la excusa de encontrar a media docena de supuestos terroristas, ha alcanzado el paroxismo asesinando a más de veinte mil personas, usando para ello sofisticadas armas que, sin compasión alguna, sin tregua alguna, actúan sobre niños, ancianos, mujeres, hombres desarmados y con la única protección de su propio cuerpo. Cuerpos mutilados, destrozados. La Comunidad Internacional asiste impotente a las imágenes que las televisiones emiten sin cesar como si de un espectáculo macabro se tratase y asume el veto que uno de los miembros de la Institución que nació para evitar las guerras impone, convirtiendo a esa Organización de Naciones Unidas en un triste recuerdo de buenas voluntades. Mientras, la sonrisa fría, cínica y cruel de un gobernante inclemente, se expande en un rostro macilento y culpable. Un gobernante que confunde venganza con justicia y pretende también confundir al mundo entero.

Estamos a pocos pasos de que este escenario apocalíptico se convierta en el testimonio de una terrible pesadilla colectiva. No hay rincón del mundo al que no llegue lo que está pasando. Por primera vez en la historia de la humanidad, los medios televisivos acercan al mundo imágenes de un holocausto minuto a minuto. Los rostros de una infancia rota sin remedio, tiernas e inocentes miradas asustadas, llenos de terror, incapaces de comprender por qué les disparan, por qué los matan. Llanto incansable en el que se mezcla a partes iguales el dolor, el miedo, la incomprensión, el hambre. Tiernos cuerpos quemados por el fósforo blanco.

Es urgente que España, Europa, el mundo entero reaccionen. Queda poco tiempo para parar este sinsentido, este feroz ataque, este paroxismo de crueldad. Es urgente detener la incansable matanza que las fuerzas armadas y la aviación israelíes están llevando a cabo. Y es urgente detener la mano de Netanyahu, ese gobernante furioso del que emanan las órdenes de destrucción genocida, y conducirle al Tribunal Penal Internacional antes de que sea demasiado tarde. Y queda muy poco tiempo.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.