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Maneras de leer


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Cuenta San Agustín en sus Confesiones (398 d.C.) que el primer hombre a quien vio leer en voz baja fue a Ambrosio, obispo de Milán.  “Cuando leía -dice Agustín- sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas”. Anota el sabio de Hipona que ese descubrimiento le causó una profunda sorpresa. No era para menos, Ambrosio, que con el tiempo fue santo, está entre los iniciadores de una revolución silenciosa. Durante siglos se leía en voz alta. Hay que imaginarse lo que serían las bibliotecas de la antigüedad, verdaderos zocos, una suerte de Babel polifónica con los lectores levantando la voz y quiero suponer que en permanente movimiento, como locos entregados al conocimiento de los libros, a la vez que a sus oídos llegaban los saberes vecinos. En ese sentido, desde nuestra perspectiva contemporánea, la Biblioteca de Alejandría, el templo del saber antiguo por antonomasia, debía de ofrecer un espectáculo deslumbrante.

La lectura en voz alta no ha desaparecido, pero ha quedado preferentemente como acontecimiento público, en tanto se ha impuesto la lectura silenciosa como hecho solitario. Aunque hay numerosas excepciones, gente que aun estando sola lee en voz alta, porque así le encuentra más sustancia a los textos. El dramaturgo Juan Mayorga ha contado que uno de sus recuerdos infantiles más vivos es el de su padre leyendo en voz alta mientras paseaba por la casa. Sus palabras, narra el escritor, se extendían por todas las habitaciones, en tanto él y sus hermanos jugaban a las chapas, corrían por los pasillos, hacían los deberes o merendaban. La casa se llenaba cada tarde de palabras. Por las paredes rebotaba la voz del padre de Juan que daba vida a las páginas de La montaña mágica o de Rebeca. Dice Mayorga que ninguna de las veces que ha visto Rebeca en el cine le impresionó tanto el incendio de la mansión de Manderlay como cuando oía la descripción en la voz de su padre.

Entre mis amigos, nadie lee en voz alta con la fruición, la pasión y la emoción de Ernesto Gil, una persona entrañable y literalmente un personaje: el Dacio Gil de los Juegos de la edad tardía de Luis Landero está inspirado en él. Luis y Ernesto se conocieron cuando eran muy  jóvenes y se afanaban en conquistar las penínsulas y las islas de fantasía del ancho mundo. Por aquellos días recorrieron diversos países con una guitarra y un rosario de versos en la memoria. El guitarrista era Landero y el rapsoda, Ernesto. Gil es integrante de una tertulia de amigos que nos juntamos para cenar en lunes alternos desde hace 18 años. A la hora del café suele recitarnos con su voz de Júpiter enamorado un poema, las más de las veces de Lorca, que asombra y maravilla a los comensales de las mesas vecinas.

En los años sesenta del siglo pasado Borges, que había ido perdiendo la visión de modo paulatino, estaba ya casi completamente ciego, y como no podía prescindir de las historias de los libros buscaba personas que le leyeran. Uno de ellos fue Alberto Manguel, erudito y políglota de nacionalidad argentino-canadiense, que iba dos noches por semana a leerle a la casa de Buenos Aires donde Borges vivía con su madre. Con los años, Manguel, que es autor de una deliciosa Historia de la lectura, ha ido rememorando aquellas veladas como un acontecimiento prodigioso de su vida. Precisamente, Borges ha hecho un precioso y muy preciso elogio del libro: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación»“. Escribió Borges también que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres y a modo de greguería afirmó que en los libros, las palabras están acostadas. Y remataba: “Yo sigo jugando a no ser ciego, sigo comprando libros, sigo llenando mi casa de libros”. Es natural que dijera estas cosas quien también escribió: “Que otros se jacten de los libros que han escrito que yo me enorgullezco de los que he leído”. En voz alta o en voz baja, eso va en gustos o en necesidades.

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.