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A los de siempre


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Todo demócrata tiene razones en España para estar satisfecho. Su satisfacción surge al comprobar que vive en un país en paz en las calles, silencio en los cuarteles y tranquilidad en la mayoría de los hogares. Pero hay un sector de la clase política empeñado en amargarle la existencia. Habrá quien diga que esa tríada de satisfacciones no es para tanto, pero hay que pedir a quien niega su gratificación que eche una mirada al contorno, con un mundo en llamas, regido por irresponsables iracundos, sin escrúpulos a la hora de ensombrecer la existencia millones de personas mediante la guerra, las crisis premeditadamente urdidas para arruinar a las gentes de a pie y un malestar inducido que solo beneficia a unos pocos: los de siempre.

Los de siempre figuran aquí en el estrato social más elevado. Se han educado en centros cuya enseñanza consiste en apartarles de la realidad y machacarles mentalmente diciéndoles que ellos son diferentes y superiores, sin razones objetivas ni mérito alguno para acreditarlo. Luego, taimados casi siempre por una interpretación represiva de la religión, llena de culpa, de imágenes torturadas y de ritos vacíos que han perdido todo significado, acceden en el mejor de los casos a universidades nunca públicas, Y, o bien se integran a la dirección de las empresas de papá o bien deciden hacer dinero en la política. La codicia por su estatus alienta el mimetismo de algunos desharrapados de distintos sectores sociales, que se les entregan en cuerpo y alma para medrar a costa de negar su extracción social distinta y de imitar ideas, estilos de vida y de exclusión procedentes de los de siempre, a los que estos parvenues idolatran.

Ya tenemos el cóctel social cuasi perfecto. Solo falta el gran matraz donde mezclarlo con otros ingredientes. Dentro del gran frasco hay una base, una pócima económica predeterminada. Es la configurada por el capital, esto es, aquel gigantesco valor que sus antepasados amasaron merced a expropiarlo del trabajo no retribuido de millones de asalariados en las minas, las canteras, los campos, los hogares, la industria, el comercio, los servicios… Con ese capital, sus dueños, sus antepasados, trazaron los esquemas sociales y las líneas de fuerza donde introdujeron las formas políticas vigentes. Y lo hicieron recurriendo a la fuerza militar cuando les resultaba necesario, mediante espadones crueles, dictaduras sangrientas, incluso guerras civiles, o bien a través de regímenes policiales. De eso los españoles sabemos un rato: el franquismo fue la mejor muestra de aquel horror.

Contra todo ello se alzaron en pugna política sucesivas franjas de generaciones de asalariados que no admitían tanta impostura y pelearon por un sistema de libertades, la democracia, con el que asegurar las condiciones de existencia de la mayoría social, aherrojada por los de siempre. La democracia diversificaba los poderes, ejecutivo, legislativo y judicial y establecía controles entre unos y otros. Y otorgaba a la sociedad, mediante la opinión pública, cierto grado de presencia política y de supervisión crítica sobre las frecuentes exacciones del poder económico, tendente siempre a elevar la tasa de ganancia tras extinguirla en sectores generadores de riqueza ajena mediante el trabajo y la inteligencia de los otros. Entre el poder económico y el poder político existía una línea de acero que los unía: la codicia de los de siempre.

El caso es que hoy, pese a los esfuerzos que costó, a tantas generaciones, obtener para España un sistema de libertades y de democracia, sus cuatro puntales, los tres poderes y el de la opinión pública, están siendo premeditadamente dinamitados por los de siempre. Se ven arrejuntados en un partido atrapalotodo y su extremosa filial, donde va siendo un milagro encontrar en su interior señoritos que, además de las banderitas en las muñecas, las ceñidas chaquetillas y las vistosas corbatas, sepan leer y escribir y cuenten con un mínimo de moralidad. Son los mismos que entran en éxtasis cuando escuchan la melonada diaria de la señora que está poniendo a Madrid enfrente de todas las comunidades autónomas españolas, granjeándose su aversión mediante la chulería. Ella, perteneciente al sector adulador de los de siempre, y sus pares, han protagonizado el insulto como arma única que destila un rencor inaudito contra toda acción de gobierno; como abyecta guadaña contra todo tipo de acuerdo parlamentario; y expropiando la justicia a su favor, merced a tantos devotos togados que, incluso, se manifiestan con puñetas y todo, contra una ley que desconocían, valga el ejemplo.

Deslegitimar los poderes democráticos, ejecutivo, legislativo y judicial, a costa de lo que sea; inyectar la mentira, el rencor y la polarización en la opinión pública; naturalizar el odio; degradar la función pública; gestionar criminalmente crisis como la de la pandemia –4.000 ancianos pudieron haberse salvado de la muerte si hubiera habido al frente del gobierno regional de Madrid una persona responsable–… tales son hoy los efectos de una actitud tan extendida como insensata que impregna de malestar y de inquietud a tantos españoles. La penúltima finta antidemocrática la constituye el alarde pre-insurreccional de tractores, al precio de entre 95.000 y 182.000 euros cada uno, ocupando ilegalmente las carreteras de España. Y ello en vez de tener el coraje, sus distinguidos propietarios –braceros del campo no se vieron en la pasada tractorada– de exigirle a las grandes superficies, supermercados, de propiedad accionarial de los de casi siempre, que dejen de subir los precios tan irresponsablemente; o bien acudir a Bruselas para exigir que mejore una política agraria que el chovinismo de muchos agricultores franceses ha abortado desde casi siempre y que la Unión Europea ha intentado atajar con subvenciones, muchas de las cuales, lejos de aplicarse a modernizar cultivos, iban a parar a las mejores terrazas y pubs de Benidorm o del Caribe maya.

La ciudadanía democrática de este país, la que trabaja y saca a España adelante cada día, está perdiendo la paciencia contra tanto insensato representante político de los de siempre, que nunca hicieron nada por la democracia, sino que se han entregado a sangre y fuego la tarea de desmantelarla, con el insulto, la mentira y la corrupción. No jueguen más con nosotros. Dejen de mentirnos, como hicieron el 11 M. Dejen de incordiar, malquistar y enconar. Párense a pensar en la responsabilidad que van a contraer si sus actos desembocan en una conflagración civil que parece que es rumbo de sus actos… Acepten sus derrotas políticas. Admitan que han perdido el Gobierno; respeten a los partidos que hemos votado millones de españoles; dejen de insultar a nuestros representantes; pongan fin a las presiones sobre los jueces; detengan la compra y alquiler de medios de desinformación; entiendan la pluralidad y la diversidad como signos de riqueza y pluralidad de España. En la democracia está la solución. Respétenla. Fuera de ella, miren a su alrededor: todo es caos. La paz en las calles, el silencio en los cuarteles y la tranquilidad en la mayoría de los hogares españoles componen hoy un retablo de valor incalculable.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.