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España, año 90


(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

Nueve décadas después de aquella infausta fecha, contamos con cierta perspectiva para descubrir algunas claves que explican las causas de nuestros principales males, más algunas propuestas para enmendarlos. La clave que aquí se propone, nadie se asuste, es original. Otras, muchas habrá, desde luego, pero este escribidor quiere subrayar una que considera prioritaria y esclarecedora. Permítanme pues hacerlo.

La causa primera de nuestros padecimientos como españoles ya fue detectada por Miguel de Cervantes al crear su personaje Alonso Quijano. Aquel hidalgo de pueblo quiso salir de su condición social y acceder al grado supremo de caballero andante, sin serlo. Quijote era la parte de la armadura medieval que cubría el muslo; por tal razón eligió el escritor tal término para definir, con cierta sorna, a su personaje. Aquel delirio de ser más -y creerse más y hallarse más encumbrado- de lo que en realidad era y estaba Alonso Quijano vino a ser metáfora de la característica mental históricamente prevalente entre cada una de las clases y estamentos que componen la población española.

Una cosa es la legítima aspiración al medro social. Para eso se han hecho los cambios políticos, pare el medro social. Y otra, bien distinta, creer que uno ya lo ha conseguido, alzado a, e instalado en, una condición social superior. Así, es muy frecuente a lo largo de la historia española que un marginado se crea un asalariado; un asalariado crea ser ya pequeño burgués; un pequeño burgués piense en términos de gran burgués; que éste, a su vez, se sienta aristócrata y que un aristócrata piense que solo debe dar cuenta de sus actos a la divinidad. Tal encabalgamiento, enajenado en conciencias ajenas, nos ha deparado muchas tribulaciones porque, en España, era demasiado frecuente que nadie se hallase socialmente en su verdadero sitio. Y, si nadie se halla en su sitio, casi todo sale mal.

Fue el caso de la burguesía española. A diferencia de otros estamentos semejantes de distintos países europeos, la burguesía patria no quiso o no pudo, pese a algunos intentos periféricos, dotarse de una conciencia propia, adquiriendo falsamente la de la clase superior a ella, la del rentista, la del aristócrata; lo cual le incapacitó para proveerse de un designio político, económico y social propio pues, si lo tuvo, se vio muy debilitado. Su misión, pues, no fue la de aplicar su voluntad a la configuración de la vida social en su conjunto, como sucedió con éxito en cercanas latitudes, sino que se transformó en el mero deseo, individuado, de ennoblecerse, de abdicar de la transformación social que le hubiera correspondido acometer. Dejó de invertir en la industria, dando paso a la masiva inversión foránea; abandonó el campo ciñéndose a la mera terratenencia; desperdició la oportunidad que la desamortización de los bienes de manos muertas de la Iglesia abría para su futuro; dejó pasar ante su propia nariz el tren del progreso para asumir una vida de vagancia en busca del dolce far niente y del lujo suntuario… Se limitó a imponer modas estéticas tan superficiales como replicadas por otros estamentos así enajenados.

Aquel desdén de la burguesía ante su propia misión hizo que fuera el Ejército, vertebrado jerárquicamente con valores propios, quien inicialmente asumiera el reformismo liberal y progresista; pero aquel ínterin protagonizado por espadones ilustrados duró tan solo hasta mediado el siglo XIX, fecha en la que dejaron de asumir tal papel para devenir en una fuerza pretoriana inductora de persistentes irrupciones en la vida política civil, con decenas de asonadas, cuartelazos, golpes de mano, golpes de Estado, guerras civiles y dictaduras; dos dictaduras, precisamente, que asolaron la vida española durante demasiados años, como pudimos comprobar, una de ellas, dos de las generaciones hoy presentes en la realidad política.

Por todo ello, tuvo que ser el sector más consciente de la clase trabajadora quien intentara hacer e hiciera en España lo que la burguesía local se mostraba incapaz de realizar por sí sola: la neutralización del legado primorriverista y franquista mediante la costosa adquisición republicana de las libertades democráticas y la reforma constitucional, agraria, económica, sindical… renunciando como clase subalterna asalariada que era a su designio propio, emancipatorio y revolucionario, como vimos en la II República y el rescate de aquellos logros en la denominada Transición de la dictadura a la democracia en el último tercio del siglo XX.

En la dicotomía entre revolución y reforma, la clase obrera española se vio impelida a optar por la reforma, que llevaba aparejadas las libertades democráticas que la burguesía se había mostrado incapaz de conquistar y de mantener por sí misma. Surgió pues una alianza tácita entre el sector más pragmático de la clase obrera y el más ilustrado, pero muy exiguo, de la burguesía: de tal coyunda saldría la vulnerable -y vulnerada- democracia de la que hoy disponemos. El asfixiante antifranquismo compartido fue el elemento fundante. Al margen quedaron los necesarios cambios hacia la democracia económica, que las abigarradas élites pugnaron y pugnan aún por impedir, pero que no desaparecen de los objetivos de la mayoría social, la de los asalariados.

Supongo que, de ser leídas estas líneas, surgirán voces alarmadas por el hecho de haber escrito y hablado yo aquí de clases sociales, voces procedentes de quienes niegan, como otras tantas negaciones, su persistencia en la escena social. Para rebatir esas críticas, solo les sugiero que contemplen el distrito postal de cada cual y deduzcan si todavía existen o no clases e intereses distintos aquí.

Enajenación, conciencia ajena

Así pues, la enajenación ideológica, la conciencia ajena, de la burguesía española, más su metástasis en otras capas sociales subalternas fue y es aún hoy una importante causa originaria de que el progreso social y económico se vea tan amenazado y se torne tan difícil de conseguir y mantener en nuestro atribulado país. Empero, se avanza en algunos sectores: España es hoy, pese a quien pese, referencia política, económica, gestora y ética de muchos otros países conscientes de la adversidad dominante. Lo importante es saber si lo conseguido es o no reversible.

Dados los aires que soplan por el mundo, donde una serie de fanáticos e irresponsables se han adueñado de palancas políticas de extrema importancia, las cosas pintan mal. Lo conseguido en términos de derechos y libertades puede escurrirse entre nuestros dedos. Y ello porque esos aires han atufado sobremanera a las organizaciones y partidos de la burguesía patria que, si bien en su día optaron por avenirse a las reformas políticas, forzada por la presión de la calle, las fábricas y las aulas, reteniendo sus élites –eso sí- los resortes económicos, hoy aquel reformismo de la denominada derecha, que propició avances sociales evidentes, ha desaparecido casi del todo.

No parece que una derecha democrática cuente con avales entre los denominados poderes fácticos -esto es, las eléctricas, el ladrillo inmobiliario, el capital financiero, las multinacionales, los lobbies turísticos, los seguros… no por rechazar el tenerlos -con ellos todo sería menos conflictivo-, sino porque comprueban la escasa calidad personal y política de los líderes de la derecha en escena. Son éstos los que se muestran incapaces de abandonar su idea, enraizada hasta los tuétanos, de que el poder político es patrimonio suyo y pleno, les pertenece meramente por su origen, al modo en que los nobles concebían su papel en la vida social: por su estirpe, no por sus obras.

Tareas por hacer

Otra de las causas elegida en este análisis para explicar nuestros tropiezos políticos es el ensalzamiento altanero de lo hecho y el olvido de lo que quedó y queda por hacer en nuestros días. Queda por hacer el sometimiento de la figura real a las leyes, es decir, la supresión de una inmunidad que ha generado una crisis moral e institucional sin precedentes, devenida en coartada para todos los corruptos: los mismos que se decían y se dicen que si la cabeza estaba corrompida, corromper un mero brazo o un pie resulta bastante menos grave.

Otra de las tareas a acometer es la democratización de la justicia. Es evidente que la democracia no ha llegado a numerosas salas judiciales. No hay más que ver las instrucciones emprendidas por determinados togados, en las que la equidad y la ponderación han dejado de existir, sustituidas por un rencor persecutorio sin pruebas o con indicios arbitraria y sesgadamente convertidos en materia probatoria.

Hay que convencer a muchos jueces de que la soberanía reside en el Parlamento electo por la población española, no en las puñetas de algunos privilegiados que gozaron de situaciones económicas familiares de confort durante los años que duró su oposición para devenir en jueces. Ellos no son los dueños de la razón de Estado, la que protege los intereses espacio-temporales y permanentes del Estado; como mucho, gestionan algunos casos puntuales concernientes a aquella. Nueva tarea asociada a la anterior: bajar los humos a algunos exponentes de la policía judicial cuando se encampanan hasta calificar, casi a sentenciar, a sus investigados, olvidando que su función consiste en informar, nunca decidir. Resolver corresponde al juez, no al policía o guardia civil. Costó mucho despolicializar la vida civil española tras la dictadura como para que ahora retrocedamos antaño.

Cambiar la ley electoral es otra de las tareas imprescindibles, cuya actual disposición deja de reflejar la realidad demográfica e ideológica del país. Y lo hace relegando a las minorías mayoritarias a una perpetua condición política subalterna, mediante una arbitraria asignación de los restos de votos a las formaciones mayoritarias, según la ley D’Hondt, perpetuadora de un bipartidismo que ha demostrado holgadamente ya síntomas evidentes de obsolescencia. La receta sería aplicable al casi inútil Senado.

Es preciso establecer abiertamente una cultura de la coalición política, aplicada subrepticiamente durante años mediante cierta hipocresía muy funcional para sus mentores, hoy críticos desaforados de la legítima coalición gobernante. Pactar es condición sine qua non para hacer política. Lo otro, el tancredismo, es el dogma inútil.

Será preciso desclasificar los secretos de Estado hoy casi aún bajo siete llaves, prórroga inadmisible desde la promulgación de aquella onerosa ley en 1968 en vida del dictador, que mantiene a la sociedad civil española en su minoría de edad pues desconoce claves de su propia historia, pasada e, incluso, actual. Plazos concretos para desclasificar es lo exigido. No hay derecho a que determinados hechos políticos, económicos y sociales permanezcan todavía blindados al escrutinio público por una obscena ocultación arbitraria y perpetua.

Tarea sustancial a asumir ya: dignificar la vida parlamentaria, mediante una reforma de su reglamento que erradique el insulto como forma expresiva degradada e incívica. Es absolutamente necesario que la argumentación razonada y cabal, sustantiva, sustituya a la insidia, la afrenta y la malevolencia. Los bocazas, cada día más numerosos, no pueden tener cabida en la sede de la soberanía. Y de los expresidentes, mejor que algunos callen, porque suelen dar vergüenza ajena, cuando no toxifican la atmósfera.

Política frente antipolítica

Como cabe ver, tareas enmendantes no faltan en nuestra realidad patria. Muchas otras será necesario abordar. Será preciso convencer, a quienes niegan el pan y la sal a la mera actividad política con la obtusa antipolítica de la negación incesante, de que la sociedad española cambia, activada por los cambios demográficos y tecnológicos y que cambiar no implica traicionar sino evolucionar, avanzar, superar. Lo fácil es cerrase en banda, negar que la vida se mueve y se despliega, para parapetarse en quimeras pasadas como Alonso Quijano hizo al sepultarse en una inexistente y heroica caballería andante, en la cual veía gratificada su auto-exaltación. Si logramos saber en qué posición social estamos, podremos percatarnos de nuestros intereses, unirnos a nuestros semejantes para luchar por satisfacerlos e idear aquella posición que queremos conseguir para la sociedad y para nosotros. Si no hay tal conciencia, el caos quedará garantizado.

Prosperar como sociedad implica admitir que hay, a grandes rasgos, dos formas de amar a nuestro país: desde la emoción, de un lado, y desde la razón, del otro. Tal sería grosso modo la dualidad entre derecha e izquierda. Pero es más necesario que nunca considerar que ambas posiciones, razón y emoción, son dos segmentos de una misma línea de afección hacia este gran país donde el sol, cuando no abrasa, vivifica y hace grato el existir. Impidamos que nos abrase. Consensuemos juntos el futuro. Adoptemos la sensatez democrática por emblema. Y creamos en nosotros mismos. Nos hace mucha falta para arrumbar aquella onerosa fecha, hace ahora 90 años, y mirar despejadamente el futuro que este país merece.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.


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