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Indignaciones


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

El pintor no debe figurar en el cuadro. Salvo excepciones: Diego Velázquez, se autorretrató en su más celebre y universal pintura. Sin arrogancia, la actualidad arroja un episodio que, excepcionalmente, nos permite a los periodistas hablar de nosotros. Con la venia pues de Ustedes, les cuento: Donald J. Trump, a su regreso de una cumbre de la OTAN celebrada en Turquía, cuando se proponía retornar a su país en un avión ocupado conjuntamente por él con varios centenares de periodistas, recibió una supuesta amenaza iraní para derribar su avión. Entonces, por recomendación de su escolta y con su obligada aquiescencia, abandonó la aeronave escondido en un carrito del servicio de catering. Los periodistas que le acompañaban continuaron viaje sin saber que el presidente había abandonado el avión, asumiendo involuntariamente los informadores el presunto riesgo de que el aparato fuera derribado por cazas de combate iraní. Lo sucedido se inserta dentro de la cadena de los desencuentros con los periodistas protagonizados por el mandatario, diestro en insultar a los profesionales que le formulan preguntas incómodas y tan arrogante como para amenazarlos de distintas maneras como la expulsión de sus medios.

Lo sucedido en Turquía no es uno más de los muchos agravios recibidos de parte de Donald J. Trump por la Prensa: se trata de una vileza que revela una cobardía propia de una mala persona. ¿No se le ocurrió pensar que dejaba en peligro de muerte a dos centenares de periodistas que no tuvieron la oportunidad de abandonar aquel vuelo de regreso porque desconocían la información relativa a la amenaza –(cosa secundaria ésta habida cuenta de que el Periodismo es una profesión de alto riesgo)-, pero asunto muy grave ya que ignoraban que Trump había abandonado la aeronave, manteniéndose el peligro de derribo?

Varias enseñanzas cabe extraer a los periodistas de lo sucedido: la primera, que resulta altamente recomendable no viajar nunca en el mismo avión de los mandatarios, sobre todo si se trata de individuos del jaez de Donald Trump, aunque él así se lo exigiera para exhibirse ante ellos de modo narcisista y paranoide, como acostumbra, según su estado de ánimo, durante el vuelo. La segunda enseñanza a retener consiste en que el periodista debe contraer voluntariamente los riesgos que la tarea informativa le demande, incluso poner el peligro su vida por mor de asumir la sagrada tarea de informar a su audiencia; pero nunca debe tolerar los riesgos caprichosamente impuestos por terceros tan amorales como ese señor, que demostró con su huida considerar a los periodistas desechables, eliminables, suprimibles.

El poder político, económico, de la naturaleza que sea, debe admitir que es función de la Prensa en sociedades (presuntamente) democráticas como la occidental inquirir, demandar, exigir responsabilidades y preguntar a sus titulares por todo aquello que resulte de interés general, conveniente y respetuosamente planteado, sin asomo de acoso. Es responsabilidad del mandatario responder o callarse, pero nunca agredir de palabra, o de obra, por omisión grave como en esta ocasión. A ningún periodista bien nacido -pseudoperiodistas malnacidos también los hay-, le satisface violentar a nadie con preguntas incómodas; pero el periodista es el notario de la certificación de lo que a la sociedad le interesa y le concierne. La sociedad tiene derecho a ser informada. Esa es una de las categorías de las democracias. Y el periodista no es simplemente el individuo del micrófono y el bolígrafo. Es un escudero de la sociedad, capaz de arriesgar su vida por y para informarla, no debe olvidarse. De ello dan cuenta los más de 250 periodistas asesinados en Gaza por el Gobierno más sionista y criminal de la historia de Israel.

Redirigir la indignación

Por cierto, los mandatarios debieran saber distinguir quiénes son los periodistas y los pseudoperiodistas. La reciente fotografía de Felipe VI con uno de esos individuos consagrados a la mentira revela cierta ingenuidad, cierta falta de información o quizá un error imprevisto de protocolo. Errores desde o en torno a la Casa Real no son muy recomendables en las semanas que corren. Y ello habida cuenta de la reciente muestra de indignación del titular de la Corona con el Gobierno de coalición de España a propósito de los sucesos en Ceuta. Al menos bastante más de media España hubiera preferido que tal indignación regia versara preferiblemente en dirección a Rabat, donde el heredero, Mohamed, de Hassan, el hermano de su padre, el Emérito ausente, se hace la p…. un lío tratando de gestionar la celebración de su acceso al Trono con una espantada masiva de 60.000 jóvenes, adolescentes y niños carentes allí de un futuro.

O bien por acción suya, con el fétido aliento de Netanyahu o su mandado, Donald Trump, en el cogote del monarca alauí o bien por indolente omisión o, quizá, debido a una movida política interna contra su reinado, que todo es posible en el seno de un país demasiado encorsetado por una forma de Estado tan lejana y arcaicamente regida, el caso ha sido que en ocasiones como ésta, como recomiendan los sabios, la prudencia, el tiento y el supremo tacto son las mejores consejeras de todo titular político, coronado o sin corona.

Sería muy deseable que el Rey de España movilizara su ascendiente institucional para llamar a la concordia y a la despolarización que sufre la vida política en España gracias a indeseables como el que en una toma de posesión presidencial en Perú, se acercó a fotografiarse con él tan solo muy poco después de insultar gravemente tanto a Felipe VI como a la institución que encarna. ¿Busca la extrema derecha tender puentes con la Corona con miras a que se le deje gobernar? La respuesta en una siguiente entrega.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.


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