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Combatir la desmemoria


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Combatir la desmemoria es una de las tareas más difíciles que debe y puede encarar el ser humano. Y lo es porque la memoria es vida, es acto, es razón, que la desmemoria pone en riesgo de extinguir. Se trata, pues, de un combate existencial. ¿Qué somos, como individuos y como sociedad, sino un concierto de recuerdos sobre hechos que han ido edificando nuestras vidas como referencia para saber quiénes somos y proseguir siendo lo que fuimos o enmendar los errores detectados en nuestro camino? El problema que presenta el combate contra la desmemoria es que pocos saben, pocos sabemos, cómo afrontarlo eficazmente. Porque, contra todos nosotros opera la amnesia. Bien la provocada por la terrible enfermedad que va matando en vida a quien la sufre o bien la amnesia planificada por los que se lucran del olvido y reproducen con su conducta todo aquello que desean que olviden los demás.

No hay atajos en esta lucha. Se dice que solo el afecto, el cariño, la cercanía inmediata, suavizan el rigor mortuorio de la desmemoria física de quienes la sufren, pero los resultados no se aprecian, no se observa que modifiquen el mal. La soledad embarga a quienes cuidan a los desmemoriados, porque suelen ser muy escasas las respuestas recibidas, las que constatarían que, al menos, resta un ápice de comprensión, de diálogo con ellos: las posibilidades de diálogo, de encuentro y sintonía, son casi plenamente barridas por la desmemoria. El amor pierde una de las dos direcciones con las que creemos que debe contar, para ceñirse a una sola que ha de recoger la respuesta que no existe e integrarla como si existiera. Tal vez el destello de una mirada, un conato de caricia, quizás una canción levemente susurrada por aquellas personas aen el silencio, contribuyan a paliarlo a demostrar que queda aún un atisbo de sociabilidad. He aquí, pues, el surgimiento del absoluto desinterés que guía a quienes se involucran en cuerpo y alma en el costosísimo cuidado de las personas enfermas de desmemoria. Ello lleva necesariamente a compensar social y personalmente su esfuerzo mediante el rechazo rotundo al olvido de cuanto hacen, de cuanto sufren y de cuanto, como personas, arriesgan.

Pero en la sociedad inhumanizada e inhumanizante que hemos permitido crear a nuestro alrededor, nadie o casi nadie cuida de l@s cuidador@s. Las ayudas oficiales son precarias, cuando no ridículas, en el caso de que lleguen a sus destinatarios. Y eso que los cuidados llevan implícita la atención prolongada durante 24 horas, para evitar que la persona enferma muera, por ejemplo, por un atragantamiento, sufra una caída o su desorientación le guíe hacia el más oscuro de los desconciertos. Así, durante años, hasta que la muerte se lleve a la persona enferma, casi muerta en vida muchos años antes.

En los ambientes familiares, la tónica general suele ser el desentendimiento, el soltar amarras, el refugiarse en el “no sé qué hacer ni cómo reaccionar”. Cierto es que debiera establecerse y divulgarse una cierta pedagogía clínica al respecto, pero, frente a la inhumanidad que se ha apoderado de nuestras sociedades, únicamente la empatía concreta, tangible, material y afectiva, hacia quienes sufren la enfermedad en sus carnes o, señaladamente, hacia quienes abnegadamente les cuidan, pueden contribuir a paliar sus demoledores efectos.

Contra todo ello opera ese deseo tan extendido de quedar bien ante nosotros mismos, de demostrar que somos buenas personas, tarea en la que empleamos gran parte, si no toda, de nuestro tiempo supuestamente moral. Lo importante no es quedar bien sino hacer el bien. Y ese narcisismo, ese parecer buenos en vez de hacer el bien es una trampa que nos tendemos.

El lenguaje, la acción dialógica de comunicarse, es el requisito básico para comprenderse y alcanzar acuerdos entre personas, fundamento de toda sociedad y de cualquier clase de vida personal, sentimental, social y cultural. Sin el lenguaje, hasta la perpetuación de la vida humana resultaría del todo imposible. Ahí reside la médula de la crueldad de la enfermedad de la desmemoria, ya que en ella la posibilidad del lenguaje deja de tener significado. Desaparece.

Algunos porqués

¿Por qué razón no es pensable que la Lingüística, una Ciencia que cobró enorme ascendiente ante las demás disciplinas durante el siglo XX, no pueda orientar sus investigaciones a descubrir un código comunicativo, un lenguaje y una expresividad posible y viable con las personas afectadas por la enfermedad de Alzheimer y que les permita salir de su atroz aislamiento? ¿Qué impide que los avances de la Inteligencia Artificial, dirigida por los más recientes avances neurológicos, se pongan al servicio de la reconstrucción de los cerebros dañados por la terrible dolencia? ¿Hay algún impedimento a que se estudie, por ejemplo, la toxicidad de algunos alimentos, o su interacción con otros componentes de la dieta o del bastidor orgánico del enfermo, como cocausante de la desmemoria? ¿Algunos de los potentes laboratorios farmacéuticos, en lugar de inventar enfermedades para diseñar y patentar el rentable fármaco que les permitirá hacer caja, se plantean seriamente idear soluciones farmacéuticas acordes con los avances clínicos, neurológicos y medioambientales para paliar los devastadores efectos de esta enfermedad en presencia? ¿Puede, la vida política, salir de la bronca permanente y encarar la toma de decisiones presupuestarias operativas para priorizar la lucha contra este flagelo, que amenaza ya con afectar al 40 de cada cien seres humanos en las próximas décadas?

Hay tareas que asumir y muchas cosas por hacer. La primera es la toma de conciencia de esta nueva y atroz forma de muerte que la desmemoria implica. La segunda, tocar arrebato y descubrir que todos podemos coadyuvar a que enfermos y cuidadores encuentren un margen humano para subsistir. Y la tercera, mantener la esperanza en que la Ciencia puede conseguir, como ha conseguido con otras enfermedades, que mañana amanezca con una sonrisa compartida que permita saber que la persona enferma de desmemoria y quien la cuida, no se sientan solas y que los recuerdos vividos puedan algún día regresar a quienes tan cruelmente los perdieron.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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