Rusia ante el quinto invierno
- Escrito por Juan Antonio Sacaluga
- Publicado en Opinión
La guerra de Ucrania puede convertirse en el Afganistán de Putin, según los pronósticos optimistas de algunos dirigentes y estrategas occidentales europeos. Pero otros analistas, en especial rusos críticos con el régimen, no piensan lo mismo, al menos a corto plazo. En puertas de entrar en el quinto invierno de la “campaña militar especial” (término empleado por el Kremlin), Rusia trata de gestionar el actual atasco en sus pretensiones con dos recetas fundamentales:
1) la aceleración de la producción militar de nueva generación con decisivas aportaciones exteriores;
2) el control férreo de la población y la incomodidad de las élites aliadas del régimen.
UNAS ELECCIONES DE RUTINA
Empecemos por ésta última. Las recientes elecciones legislativas han arrojado el resultado previsto y confeccionado desde la cúspide del poder. Según resultados aún provisionales, el partido oficialista, Rusia Unida, ha obtenido el 58% de los votos (ocho puntos más que hace cinco años) y unos 355 diputados (treinta por encima de los obtenidos en 2021) Eso supone que Putin y su lugarteniente Medvedev controlarán directamente a más de las tres cuartas partes de los legisladores en la Cámara Baja. El cuarto restante no les ocasionará quebraderos de cabeza.
La principal fuerza de la oposición será el Partido Comunista, que se queda por debajo del 14% (pierde cinco puntos) y no tendrá más de 50 diputados. Los herederos de la URSS mantienen una posición ambivalente sobre la guerra de Ucrania. Fuera del partido oficial, otros comunistas se muestran claramente en contra y censuraran el nacionalismo del Presidente, pero carecen de influencia.
El tercer partido sigue siendo el paleonacionalista Liberal-Democrático (nombre equívoco, como el de tantas otras formaciones de extrema derecha en Europa), que ha subido ligeramente, dos puntos, hasta rozar el 9%) y apoya la guerra.
El resto de formaciones de centro o derecha, no reunirán más del 10% de diputados de la Duma y estarán privados de peso político relevante. Yabloko, el tradicional partido liberal de corte occidental fundado por Grigory Yavlinsky en los primeros años de la nueva Rusia, ha sido prohibido por sus posiciones muy críticas hacia el Kremlin. Pero debe recordarse que en 2021, antes de la guerra de Ucrania, ya no obtuvo representación parlamentaria.
Putin tiene un Parlamento de paja y un aparato de seguridad remodelado a su interés y conveniencia, con hombres de su entera confianza al mando. El control policial de la población y de las élites es férreo e inclemente. A veces, no tiene necesidad de recurrir a la represión directa, pero cuando se siente presionado, siquiera ligeramente no duda en hacerlo.
Entre la ciudadanía hay una combinación de pasividad y temor. La degradación de la situación económica no es explosiva, aunque las riendas del descontento pueden dejar de ser eficaces a medio plazo. Los ataques ucranianos contra las refinerías y líneas de suministro comercial en el oeste del país y alrededores de Moscú han hecho daño: “han creado problemas”, reconoció el propio Putin.
UN APARATO MILITAR Y POLICIAL ENGRASADO
Putin, en todo caso no parece seriamente preocupado. En este diagnóstico coinciden los analistas rusos residentes en Europa. Hace un par de meses, tres de los más conspicuos, Alexander Gabuev, Alexandra Prokopenko y Tatiana Stanovaya, aseguraban que incluso una “debilitada Rusia seguiría guerreando”. Los autores del artículo argumentaban que pese al estancamiento económico (0,4% de crecimiento previsto en 2026), la presión inflacionista, la subida de los tipos de interés hasta el 14% y el rebasamiento del déficit público en casi un 50% por encima de las previsiones del gobierno, el aparato productivo ruso “no está al borde del colapso”. Rusia dedica el 8% del PIB en el esfuerzo militar, una cantidad considerable, pero sólo el 40% del índice ucraniano y muy debajo del que alcanzaron la URSS y Estados Unidos durante la II guerra mundial (1).
Dos especialistas occidentales en Rusia, Michael Kimmage y Maria Lipman comparte este diagnóstico. El régimen cree que la población puede soportar cierta subida adicional de los precios y que los negocios están en condiciones de absorber el coste de los daños ocasionados por los ataques ucranianos. (2).
Gabuev, Prokopenko y Stanovaya consideran que la confianza de Putin está cimentada en la ferocidad de su aparato represivo y la persistencia de las herramientas de propaganda. El Centro Levada, uno de los más creíbles de Rusia en la medición de la opinión cívica, asegura que dos terceras partes de la población apoya aún la guerra y sólo una cuarta parte se opone. La otra parte del trabajo de los tres analistas críticos rusos se concentra en el amplio margen de que dispone la industria de guerra del Kremlin. Y en esto coinciden con los analistas occidentales que siguen muy de cerca el despliegue militar ruso y sus acuerdos de cooperación principalmente con tres países: China, Irán y Corea.
En un reciente trabajo sobre el arsenal militar que Moscú está utilizando en esta “nueva fase de la guerra”, el semanario liberal THE ECONOMIST vaticina que estas armas de nueva generación y/o transformación están en condiciones de lograr una superioridad que podría ser decisiva a largo plazo. Las remesas de nuevos drones Shahed con tecnología propia (pero también iraní y china), el desarrollo de los misiles balísticos, y capacidades de vigilancia electrónica y la mejorada tecnología de comunicación espacial les son suficientes a Moscú para saturar la mermada defensa antiaérea ucraniana. Pese a la competencia de la industria militar de Kiev, la superior dimensión de las capacidades militares rusas pueden resultar un factor determinante en la guerra (3).
En estos momentos, importa poco o importa menos que los frentes del Este y Sur de Ucrania se encuentren estancados. A lo largo de este año, Rusia sólo ha podido conquistar 100 km2 de territorio ucraniano. Tampoco parece pesar mucho en el ánimo del Kremlin que perezcan más de veinte mil de sus soldados cada mes, principalmente en esa franja fronteriza denominada “zona de la muerte” y que la tasa de reposición de combatientes empiece a agotarse. Moscú aspira a contar con nuevas dotaciones de infantería norcoreana.
UN ENTORNO EXTERIOR APROVECHABLE
Putin cuenta también con alguna ventaja en el plano diplomático, debido a la coyuntura internacional. Aunque sus relaciones con Trump no parecen tan fluidas como durante el primer mandato del Presidente norteamericano, el sesgo prorruso del magnate neoyorquino no ha desaparecido. El pacto de Anchorage (Alaska), el año pasado, no se ha traducido en una política de presión sobre Ucrania. Al contrario, Trump ha apoyado sanciones adicionales a Moscú (4). Pero la diplomacia informal del Presidente, a través de sus parientes y colegas de negocios, continúa. Los amagos de presión más discreta sobre Zelenski no han cesado (5).
El Kremlin cuenta también con las urgencias de Trump en estas semanas de vísperas de las elecciones legislativas de medio mandato y la previsible victoria arrolladora de los candidatos demócratas a la Cámara de Representantes y, en menor medida, al Senado. La oposición, con la representación más nutrida de progresistas y socialistas en décadas, lleva una media de diez puntos de ventaja a los republicanos. La implicación cautelosa de Trump en la campaña no está logrando de momento los frutos esperados. La guerra contra Irán pesa como una losa en el índice de popularidad del Presidente, que sigue por los suelos, y en las expectativas positivas ante una más que probable cohabitación.
Las derivas previsibles de Trump en un entorno político más hostil que el actual pueden alumbrar iniciativas arriesgadas en política interior y exterior, como un acuerdo engañoso con Irán para salvar la cara y un pacto propagandístico con Kim Jong-Il sobre el programa nuclear norcoreano. En ambos casos, Putin puede jugar de mediador/muñidor con Teherán y Pyongyang, a cambio, desde luego, de un empujón suficiente para debilitar el ánimo resistente de Ucrania.
Además, el nuevo viento electoral en Alemania reconforta al líder ruso. El triunfo de la AfD en los comicios regionales de Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo- Pomerania Occidental, combinado con el éxito en Berlín de la izquierda crítica hacia la guerra (Die Linke) son música para los oídos de Putin. El canciller Merz ha quedado sumamente debilitado. Es la primera vez desde la posguerra que su partido, la CDU, se queda por debajo de representación en un länder (el de Mecklemburgo-Pomerania Occidental). Las fuerzas políticas favorables a un entendimiento con Moscú para poner fin a la guerra son más fuertes que nunca.
Las tensiones en el gobierno de Gran Coalición con los socialdemócratas se han agudizado. Ya se escuchan voces de flexibilización en algunas políticas (como la reforma de las pensiones) con las que quiere ampliar el margen presupuestario para favorecer el rearme y la financiación del esfuerzo de guerra ucraniano.
El resto de Europa tiembla, aunque los dirigentes del consenso liberal no sacan las conclusiones oportunas sobre las causas del ascenso de la ultraderecha de Varsovia a Lisboa y del Báltico al Mediterráneo. Putin, en opinión de la mayoría de los analistas, está convencido de que Europa terminará vinculando su aparentemente entusiasta apoyo a Kiev a una iniciativa paralela de acuerdo diplomático, por presión de Washington. Por de pronto, la UE ya ha condicionado el nuevo paquete de ayudas (90 mil millones de €) al “progreso democrático”, tras los escándalos de corrupción que han sacudido al gobierno.
El Presidente ruso quiere llegar a esas eventuales negociaciones, si finalmente se producen, en situación de ventaja sustancial en el dominio militar y conseguir unos objetivos presentables para dar carpetazo a la guerra en condiciones favorables. La otra cara menos amable es la presión que Putin pueda ejercer sobre los gobiernos europeos. La alarma que se ha desatado en los últimos meses sobre supuestas operaciones de guerra híbrida (provocaciones, ataques cibernéticos, interferencia en procesos electorales, infiltración creciente de espías y agentes, etc.) pilotadas por los servicios de inteligencia y unidades militares especiales rusas ha creado un ambiente prebélico en las capitales europeas de la Alianza Atlántica. Se dice que existen pruebas muy solventes de estos intentos rusos de desestabilización. Pero por su condición de materia reservada no pueden ser contrastados de forma pública (6).
De momento, Putin aprieta dientes y puños para que no se ponga en duda su voluntad de seguir adelante en la batalla militar. El invierno será duro y cruel para los ucranianos, tanto o más que el anterior, con más bombardeados contra centrales térmicas y eléctricas. Putin se cree seguro en la cálida ciudadela del Kremlin. ¿Serán acertados sus cálculos? El tiempo dirá.
NOTAS
(1) “Why a Weaker Russia Keeps Fighting. Putin Sees Little Need to Negotiate. ALEXANDER GABUEV, ALEXANDRA PROKOPENKO Y TATIANA STANOVAYA. FOREIGN AFFAIRS, 31 de julio.
(2) “Putin Will Not Yield. Pressure and Pain Won’t Sap Russia’s Resolve in Ukraine. MICHAEL KIMMAGE & MARIA LIPMAN. FOREIGN AFFAIRS, 14 de septiembre.
(3) “Russia has entered a new phase of total war. Ukrainians are feeling the pain”. THE ECONOMIST, 17 de septiembre.
(4) “Donald Trump signe la loi Graham, permettant de nouvelles sanctions contre la Russie”. PIOTOR SMOLAR. LE MONDE, 19 de septiembre.
(5) “Trump Wants Putin to End the War. He May Offer Russia Business Deals First”. ANTON TROIANOVSKI. THE NEW YORK TIMES, 17 de septiembre.
(6) “European spy chiefs warn Moscow is planning more decisive action against Nato”. SHAUN WALKER. THE GUARDIAN, 20 de septiembre.
Juan Antonio Sacaluga
Licenciado en C.C. de la Información, rama de Periodismo, por la Univ. Complutense y Licenciado en Filosofía y Letras, rama de Historia, por la Univ. Autónoma de Madrid.
OBRA LITERARIA
- “Después del final” (2012), novela publicada por ViveLibro
- “Luces del último siglo” (2020), novela publicada por Caligrama.
OBRA HISTÓRICA
“La resistencia socialista en Asturias (1937-1962)”. FUNDACIÓN LARGO CABALLERO. Madrid, 1986