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Los Hutíes tienen la llave


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Los Hutíes tienen la llave

En los mapas escolares, la península Arábiga parece una enorme masa de tierra rodeada de mares. En los mapas del petróleo se parece más a una habitación con dos puertas. La oriental es el estrecho de Ormuz, por donde sale al océano Índico buena parte del petróleo del golfo Pérsico. La occidental es Bab el-Mandeb, el angosto paso que comunica el mar Rojo con el golfo de Adén. Entre ambas, Arabia Saudí construyó un largo pasillo de emergencia: el oleoducto Este-Oeste, capaz de transportar el crudo desde los yacimientos orientales hasta Yanbu, en el mar Rojo.

El sistema parecía seguro. Si alguien cerraba una puerta, quedaba la otra. El problema es que ahora Ormuz está prácticamente cerrado, el oleoducto saudí ha quedado fuera de servicio después de un ataque y, en la otra puerta, acaban de instalarse los hutíes.

Hace unos meses expliqué aquí quiénes son estos personajes que periódicamente aparecen en las noticias como si hubieran surgido de las montañas de Yemen armados con un fusil y una inexplicable afición por disparar contra petroleros. Su alianza con Irán es mucho más geopolítica que religiosa: el zaidismo hutí está doctrinalmente bastante alejado del chiismo duodecimano iraní. En 2014 tomaron Saná y desde 2015 soportaron una guerra dirigida por Arabia Saudí que debía expulsarlos rápidamente y que consiguió, entre otras cosas, demostrar que poseer aviones extraordinariamente caros no garantiza ganar una guerra.

Después de más de una década de combates, tampoco conviene seguir imaginándolos como una guerrilla de campesinos con viejos Kaláshnikov soviéticos. Controlan territorio, administran población, recaudan impuestos y disponen de drones, misiles balísticos, misiles de crucero y armamento antibuque, capacidades desarrolladas con una importante ayuda iraní. Son una organización militar curtida por años de guerra que ha sobrevivido a los bombardeos saudíes, estadounidenses e israelíes. No son un ejército convencional, pero hace tiempo que dejaron de ser una simple guerrilla.

Acaban de demostrarlo de una manera espectacular. En una ofensiva sorprendentemente rápida han alcanzado la costa meridional yemení del mar Rojo, ocupado Mokha y llegado hasta la isla de Perim, situada justamente en Bab el- Mandeb. Posteriormente se han apoderado también de las islas Hanish. La ocupación de Perim tiene una importancia especial porque la isla se encuentra en mitad del estrecho y divide sus aguas navegables en dos canales. Los hutíes no han cerrado Bab el-Mandeb, pero por primera vez tienen una posición territorial privilegiada desde la que pueden amenazarlo. Tienen la mano sobre el picaporte.

La hazaña resulta todavía más llamativa porque sus adversarios llevan años respaldados por Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, dos países que han invertido cantidades fabulosas en armamento occidental. Pero conviene evitar una simplificación: los hutíes no han derrotado en Perim a unas divisiones saudíes equipadas con carros Abrams y protegidas por cazas F-15. Lo que se ha derrumbado ante su avance es el mosaico de fuerzas yemeníes sostenidas por saudíes y emiratíes. Y ahí reside precisamente una de las lecciones de esta guerra: se pueden comprar aviones, misiles, mercenarios y sistemas de defensa; resulta bastante más difícil comprar cohesión, disciplina y voluntad de combatir.

Clausewitz lo había explicado hace dos siglos. Entre las grandes fuerzas que deciden una guerra situaba la «virtud militar del ejército», algo muy distinto del simple valor individual. Un ejército adquiere esa virtud mediante la experiencia, la disciplina, las privaciones y, sobre todo, aprendiendo a confiar en su propia capacidad para vencer. Arabia Saudí podía comprar prácticamente cualquier arma disponible en el mercado mundial; lo que no podía comprar era eso. Los hutíes, después de más de una década combatiendo a enemigos materialmente muy superiores, lo habían adquirido gratis. O, para ser más exactos, pagando un precio espantoso.

La geografía ha hecho el resto. Bab el-Mandeb significa en árabe algo parecido a «Puerta de las Lágrimas». El nombre no podía resultar más apropiado. Por ese paso de apenas unas decenas de kilómetros circula el tráfico que conecta el océano Índico con el mar Rojo y, a través del canal de Suez, con el Mediterráneo. Si se vuelve inseguro, la ruta marítima más corta entre Asia y Europa queda comprometida.

Ya sabemos lo que ocurre entonces porque los propios hutíes realizaron el experimento a partir de 2023. Sus ataques contra la navegación hicieron que grandes compañías navieras abandonaran el mar Rojo y enviaran sus barcos alrededor de África. El comercio no desapareció. Simplemente empezó a recorrer miles de kilómetros adicionales, quemando más combustible, ocupando durante más días los barcos y encareciendo fletes y seguros.

Eso permite entender qué significaría un cierre de Bab el-Mandeb. No supondría que cada barril destinado a atravesarlo desapareciera del mercado. Un petrolero puede dar media vuelta y rodear el cabo de Buena Esperanza. El petróleo continúa existiendo. El problema es que se encuentra en el lugar equivocado y necesita más tiempo y dinero para llegar al adecuado. En un mercado que consume alrededor de cien millones de barriles diarios, el tiempo también es petróleo.

La situación actual añade un elemento que no existía en crisis anteriores. Arabia Saudí dispone de una gigantesca vía alternativa para evitar Ormuz: el oleoducto Este-Oeste, unos 1 200 kilómetros de tubería que cruzan el país desde las instalaciones petroleras orientales hasta Yanbu. Durante la actual crisis estaba transportando entre cuatro y cinco millones de barriles diarios hacia el mar Rojo. Precisamente los barriles que no podían salir normalmente por Ormuz.

El oleoducto fue atacado el 10 de septiembre con drones lanzados desde territorio iraquí. Arabia Saudí tuvo que cerrarlo y las estimaciones actuales hablan de varias semanas para recuperar plenamente su funcionamiento. Eso significa que una infraestructura diseñada expresamente para garantizar las exportaciones saudíes cuando Ormuz quedara bloqueado ha dejado de cumplir su función precisamente cuando Ormuz está bloqueado. El Brent ya ha superado los 105 dólares y la perturbación del suministro saudí alcanza potencialmente alrededor del cuatro por ciento de la oferta mundial.

Ahora añadamos Bab el-Mandeb. Los hutíes ni siquiera necesitan bloquear físicamente el estrecho. Esta es quizá la característica más fascinante de los actuales cuellos de botella marítimos. Para cerrar una carretera hace falta colocar una barrera. Para cerrar una ruta comercial puede bastar con convencer a los propietarios de los barcos de que atravesarla es una pésima idea.

Unos cuantos misiles antibuque, algunos drones, un petrolero alcanzado y unas primas de seguros disparadas pueden conseguir resultados extraordinarios. Ningún consejo de administración siente especial entusiasmo ante la posibilidad de enviar un buque valorado en decenas de millones de dólares, cargado con otros cien millones en petróleo y tripulado por una veintena de personas a través de una zona donde alguien está disparando misiles. El cierre comercial puede producirse mucho antes que el cierre militar.

Si los hutíes impusieran un bloqueo selectivo —contra buques saudíes o vinculados a Estados Unidos, por ejemplo—, los primeros en reaccionar serían aseguradoras, armadores y mercados de futuros. Subirían los fletes y aparecería inmediatamente una nueva prima de riesgo en el precio del crudo. Si el cierre efectivo durase semanas, buena parte de la navegación tendría que rodear África, reduciendo de hecho la capacidad mundial de transporte marítimo.

Pero el escenario verdaderamente peligroso sería otro: Bab el-Mandeb cerrado mientras Ormuz continúa bloqueado y el oleoducto Este-Oeste permanece inutilizado.

Entonces ya no hablaríamos solamente de petróleo que tarda dos semanas más en llegar a Rotterdam. Estaríamos hablando de dificultades físicas para sacar al mercado una parte considerable de la producción del Golfo. Y el mercado petrolero tiene una desagradable costumbre: los precios no esperan a que falte el petróleo para subir.

Suben cuando suficientes operadores empiezan a temer que vaya a faltar.

De ahí que resulte imposible decir seriamente si un cierre llevaría el Brent a 120, 150 o 200 dólares. Dependería de su duración, de las reservas disponibles, de las rutas alternativas y de la respuesta militar y diplomática. Lo que sí sabemos es que el mercado ya está reaccionando cuando Bab el-Mandeb todavía no está cerrado: el petróleo supera los cien dólares y las tensiones energéticas empiezan a trasladarse a combustibles, inflación y mercados financieros.

Y aquí aparece la gran paradoja de esta guerra. Estados Unidos posee portaaviones, bombarderos estratégicos, submarinos nucleares, satélites y un presupuesto militar superior al de cualquier otra potencia. Arabia Saudí lleva décadas comprando algunas de las armas más sofisticadas que fabrica Occidente. Frente a ellos encontramos una organización surgida en las montañas de uno de los países más pobres del planeta.

Pero los hutíes poseen algo que no figura en ningún catálogo de armamento: geografía. No necesitan derrotar a la Quinta Flota. Ni conquistar Riad. Ni hundir cien petroleros. Ni siquiera necesitan cerrar Bab el-Mandeb.

Les basta con demostrar que pueden hacerlo.

La estrategia de Trump pretendía utilizar la abrumadora superioridad militar estadounidense para arrinconar a Irán. El resultado, por ahora, muestra una ironía considerable. Teherán y sus aliados han llevado el enfrentamiento precisamente al terreno donde esa superioridad resulta menos decisiva: los estrechos, los oleoductos, los drones baratos, las milicias y el miedo de los mercados. Washington se encuentra ahora ante el dilema de abrir otro frente contra los hutíes o aceptar que una fuerza alineada con Irán amenace la salida occidental del petróleo saudí.

Ormuz es la puerta oriental. Bab el-Mandeb, la occidental. Petroline era el pasillo que permitía escapar de una a otra. Una puerta está bloqueada. El pasillo ha sido atacado.

Y en la otra puerta están los hutíes. Con la llave en la mano.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.

 

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