IAtrogenia
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Los medicamentos suelen producir dos efectos: por un lado, curan o sanan determinadas dolencias; pero, por el otro, pueden generar dolencias nuevas. Es lo que se conoce en Medicina como efectos iatrogénicos de la medicación. Traslademos este concepto a otro campo. Podemos observar que la mal llamada inteligencia artificial, que convendría denominar más propiamente memoria maquinal, por una parte, produce efectos positivos por su capacidad para tramitar información y memoria; pero, por la otra, puede suplantar la acción humana y situarse enfrentada y fuera de nuestro control. Así lo acaban de demostrar los resultados de ciertas observaciones experimentales aplicadas a su estudio según las cuales, las máquinas memoriales regidas por inteligencia artificial se han negado a obedecer las órdenes dadas por personas que examinaban en profundidad el proceder de tales dispositivos.
¿Qué ha pasado aquí? Pues que se ha cumplido una de las leyes de la lógica humana: el principio según el cual, la cantidad se trasforma en cualidad. Imaginemos un folio en blanco. Tenemos dos tubos de color azul uno y amarillo el otro. Y dos pinceles. Con cada uno de los pinceles, punteamos el folio con determinada cantidad de puntos azules y amarillos. En un momento determinado, la cantidad acumulada de puntos de ambos colores se transforma en una masa de color verde, distinta de sus componentes cromáticos iniciales azules y amarillos. Ahí se ha dado un salto cualitativo, una modificación que altera sustancialmente los dos colores previos en juego para generar un tercer color, nuevo y distinto.
Con la denominada inteligencia artificial ha pasado algo semejante. La cantidad de información, en forma de memoria, cosechada por las máquinas dotadas de tal dispositivo, llega un momento en que se transforma en preconocimiento, por la combinatoria implícita con la que ha sido programada. El algoritmo por el que se rige determinará la intencionalidad que la máquina adquiera en sus procedimientos.
Surge pues una correlación entre el ser humano que programa y la propia máquina, capaz ya de autonomizarse de aquel. Y es ahí donde aparece otra ley lógica que puede cobrar dos efectos distintos. O bien esa relación entre el ser humano y la máquina mantiene la hegemonía, su programación, el control humano sobre ella o es la máquina la que acabará por controlar al ser humano programándose por sí misma, con una intencionalidad propia y autónoma. A medida que tratamos de humanizar las máquinas, estas más nos deshumanizan a nosotros.
Cabe una tercera posibilidad: que tal correlación no implique causalidad alguna y ambos elementos, el humano y el maquinal, coexistan simultáneamente sin que ninguno de los dos hegemonice o canibalice al otro como, al parecer, comienza a suceder ya.
Orígenes de la confusión reinante
Con todo lo que está cayendo sobe nuestro mundo, con tanto narcisista, paranoico y disfórico ubicado en los centros mundiales de poder y mando, ¿cabe dedicar tiempo a este asunto? ¡Claro que ha de dedicársele tiempo y reflexión!; pues buena parte de la confusión y el desconcierto reinantes a escala general obedece a los efectos iatrogénicos negativos de la inteligencia artificial y a la informatización desbocada de nuestras vidas, con sus respetivos y letales efectos que observamos, por ejemplo, entre los adolescentes y otros sectores sociales, en trance de perder su capacidad de concentración, intelectiva, memorial y reflexiva mediante la sumisión a la telemática que padecen de manera inconsciente. El espacio y el tiempo, vectores culturales por antonomasia, han desaparecido del radar humano a consecuencia de esa informatización que sacraliza el presente, reniega de la historia y se tecnifica de forma tan descarnadamente inhumana.
El trabajo, en peligro
El trabajo humano, tal como lo hemos concebido desde la Antigüedad, peligra: durante siglos, nos ha permitido transformar la adversidad de la Naturaleza, más la de muchos de sus componentes, la madera, la piedra, el agua, en condiciones de vida socialmente gratas; y, en lo personal, ha contribuido grandemente a caracterizarnos y realizarnos como seres humanos. Y ello, pese a las trabas que nos imponían y nos imponen quienes controlan privadamente mediante el capital los mercados laborales, dedicados en cuerpo y alma a la explotación y al robo de la riqueza, creada por nuestro esfuerzo colectivo, encauzada hacia manos privadas.
Por ello, la plena sustitución de la presencia humana en el mundo del trabajo es un hecho ya posible, incluso probable, pues la robótica, los robots, pueden desplazar real y totalmente al ser humano en miles de funciones complejas que, anteriormente solo los humanos podíamos asumir y asumíamos. El problema social derivado de ello consiste en qué va a pasar con los trabajadores sustituidos por los robots y las máquinas regidas por la inteligencia artificial. Asumir el trabajo descualificado de otros por parte de aquellos que logren conservar su empelo no cualificará el suyo, sino que lo degradará y descualificará más todavía. ¿Surgirá un nuevo contingente de millones de parados, de segregados de la sociedad, excluidos, invisibilizados, considerados “no rentables” por el sistema y, por ello, prescindibles, eliminables, carne de cañón para nuevas guerras rentables o bien, apetitosa y desarraigada base social de los nuevos fascismos? ¿Muestra el mundo del dinero disposición a integrar laboralmente ese trabajo descualificado o primará su deseo de beneficio privado a toda costa? No es catastrofismo, son realidades ya en ciernes.
La propiedad, ¡cómo no!
El conflicto primordial lo plantea, ¡cómo no!, la propiedad privada de tales dispositivos, pues es la propiedad la que determina sus fines, selecciona los algoritmos que los programan y guía su despliegue y aplicación en función de los beneficios económicos -privados- que reporte a sus dueños. Nadie cuestiona la propiedad de un pequeño empresario, ni la de un autónomo ni la iniciativa particular ni la creatividad individual para generar riqueza sin explotar a los demás. Pero hemos de saber que la inteligencia artificial no ha nacido para mejorar nuestras vidas sino para crear valor y beneficiar a sus propietarios. No lo olvidemos.
Hemos pasado tres siglos de revoluciones sociales y políticas intentando superar el problema de la propiedad privada de los medios de producción, de las fabricas y de la riqueza que generaba nuestro trabajo, el trabajo humano, colectivamente considerado. Pero la propiedad privada de las fuentes de riqueza, reaparece hoy con su mismo rostro siniestro de siempre, marcado por la desigualdad social, la precarización de la vida de las grandes mayorías y la injusticia, pues esa privacidad no puede existir sin reproducir las unas y la otra.
En medio de tal caos surgen las figuras fantasmales de los Trump, Milei, Bolsonaro, Meloni, más los paletos voluntarios locales, que reactivan el caos y en vez de poner bridas al desenfreno maquinal que nos acecha, imponen machaconamente que lo que debemos hacer es desmantelar todas las normas que nos han permitido coexistir desde tiempos inmemoriales, empezando por el Derecho de Gentes, seguido por el Derecho Internacional y culminado por los Derechos Humanos. Nos dicen: deshagamos las normas, revoquemos los derechos y demos paso a la libertad individual, que en plata significa: admitamos la ley de la selva, que sobreviva quien pueda, olvidémonos de los demás, sus deberes y derechos y busquemos la salvación individual mediante la vía… del suicidio colectivo. Este es el mensaje que, desde la memoria maquinal, convenientemente depositada en determinadas manos, va abriéndose paso a través de sus desaforados títeres políticos.
Un proceso reversible
¿Es reversible este declinar desbocado, esta enloquecida deriva? Si. Siempre son reversibles los procesos generados por los seres humanos y en mayor medida, los que plantean las máquinas. La verdadera inteligencia, la inteligencia humana, tiene capacidad para salir de numerosos atolladeros, como históricamente ha demostrado. La propiedad de las plataformas de inteligencia artificial debe ser social, no privada, para así satisfacer intereses sociales, colectivos, no meramente los lucros privados de los irresponsables bimillonarios que hoy los poseen y rigen con ellos el mundo.
Ahora esos tipos se rasgan las vestiduras, muestran un falso dolor de contricción y dicen que van a ser buenos limitando los efectos adversos de la maquinal inteligencia artificial. No. No es suficiente. Lo que queremos es que suelten la propiedad de esas herramientas y las pongan a disposición de la Medicina Pública, de la Economía social, la Política democrática, la Educación, la Ecología, la lucha contra las pandemias, contra el cambio climático… Para logarlo, es preciso y urgente, mediante instrumentos democráticos -como el voto y la deliberación, la participación política, el consenso y el control social y político de Estados y Gobiernos-, apartar a los dementes de la conducción política del mundo. Las elecciones estadounidenses de mitad de mandato, mid term, del próximo mes de noviembre, son una buena ocasión para que el pueblo norteamericano recapacite de su visceral extravío electoral. Y lo haga mediante su voto consciente, que libere al mundo del individuo que habita en la Casa Blanca y de sus secuaces clónicos en Europa y España, títeres de los dueños de las mentadas plataformas maquinales. Estas permanecen estrechamente vinculadas a los fabricantes de letales armas ultramodernas, generadores voraces e implacables de guerras; sin ellas, que en tantos escenarios amenazan la supervivencia de la Humanidad sobre la Tierra, sus cuotas de poder y de beneficios resultarían impensables.
Pongamos los avances científicos y tecnológicos al servicio del género humano, embridándolos social y políticamente mediante normas y protocolos que los humanicen e impidan su descontrol y desenfreno. Transformemos en calidad de vida la cantidad de memoria e información de esas poderosas máquinas, ajuar de experiencia acumulado, no lo olvidemos, por la actividad humana a lo largo de los siglos. Y por el bien de tod@s, reduzcamos al mínimo sus efectos IAtrogénicos adversos, tan dañinos, tan inquietantes.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.