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OTAN, infeliz aniversario


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La presumible derrota militar y política de la OTAN sufrida sobre la escena europea por Ucrania puede plantear un problema existencial muy grave a los Estados Unidos de América. Tal parece ser el pánico que recorre hoy los pasillos de la Casa Blanca. Su potente calambrazo zigzaguea también por algunas de las cancillerías europeas, señaladamente las más sumisas a las veleidades que surgen de las irresponsables mentes que pueblan los poderes fácticos transatlánticos, léase sobre todo las de los fabricantes-vendedores de armas. Tres cuartos de siglo de vida de la OTAN se saldan con derrotas y envalentonamientos inquietantes. Ya la voladura controlada de la Federación Yugoslava, entre 1991 y 1992, con la inducción coparticipada de la mal llamada Alianza Atlántica, preludiaba los gravísimos episodios de violencia y guerra de los que el mentado grupo de presión comenzaría a lucrarse en la zona oriental y balcánica de Europa.

A partir de ahora, ese lobby, el grupo de presión del complejo militar-industrial, que, pese a la advertencia de su enorme peligro por parte del presidente estadounidense Ike Eisenhower, mantiene hoy abducida la Presidencia de la auto-titulada primera democracia del mundo y mentora de la OTAN, se plantea dos opciones: o bien, alentar todavía más la pulsión genocida de Benjamín Nethanyahu para aniquilar al pueblo palestino dándole a aquel cada día más armas, con el temor añadido de que la furia irracional del arrogante Primer Ministro israelí le conduzca a un callejón sin salida y a un aislamiento político suicida; o bien se propondrá inducir otra guerra, para lo cual necesitará señalar un nuevo enemigo, que consuma las armas cada vez más letales con las que ese siniestro lobby trafica para que su negocio prosiga. Nadie en Bruselas, sede de la Alianza Atlántica, parece proponerse imponer un alto el fuego a Israel en Gaza, desde la fuerza con la que la OTAN cuenta, única fórmula viable para detener en seco la arrogancia del preboste del Likud israelí. Pero tales gestos, ojalá el cronista estuviera equivocado, no son esperables de los halcones que mandan en la Alianza.

Precedente

El supuesto del nuevo enemigo tiene precedentes. Cuando hizo implosión la Unión Soviética en 1990, la bipolaridad que había presidió la Guerra Fría desapareció. Era urgente buscar otro enemigo, pretexto para continuar con el sangriento comercio de las armas. Surgió entonces el Islam radical, es decir, el menos islámico de los islamismos posibles, si tenemos en cuenta que las religiones llamadas del Libro, cristiana, hebrea y mahometana, se legitiman en términos éticos únicamente como estrategias de vida y de supervivencia; nunca en términos de aniquilación ni eliminación del Otro, salvo cuando sus dignatarios expropian el bastidor moral de cada confesión y lo convierten en palanca de control, odio y destrucción del ajeno, como suele suceder.

Bien. El nuevo enemigo islamista había sido cooptado antes como aliado y ariete contra la Unión Soviética, que invadió militarmente Afganistán en diciembre de 1979 pretextando el apoyo al primer Gobierno democrático autóctono. Fue entonces, aquel conmilitón afgano, cebado, armado y manejado al antojo de Zibgniew Brzezinski, otro euro-oriental en las esferas áulicas de Washington, la Consejería de Seguridad Nacional, incapaz de prever lo que sucedería luego: el aliado muyaidin islamista, pagado en mano con dinero de Washington y de Riad por Osama ben Laden, futuro líder de Al Qaeda, como ecónomo de la resistencia antisoviética para forzar la conseguida salida de la URSS de Afganistán, devino en diabólico enemigo de Occidente, capaz de derribar las Torres Gemelas y asesinar a tres mil estadounidenses el 11-S de 2001.

Otro enemigo nuevo

Empero, el lobby se inventó un enemigo supuestamente enano, el Estado de Afganistán, y forzó su invasión sin siquiera haber ojeado un mapa y percatarse de que allí se habían estrellado ya mongoles, rusos y británicos. Veinte años después, la vergonzante salida de las tropas de ocupación de la OTAN de Afganistán se unía en el imaginario colectivo a la también humillante derrota estadounidense en Vietnam y a la atroz masacre contra el pueblo de Irak, al que Washington dejó manga por hombro al albur del Estado islámico, además de otro fracaso en Siria a manos de coaliciones de Estados y organizaciones yihadistas interpuestas, que no consiguieron derrocar al autoritario presidente sirio, Bachir el Assad.

Pero el complejo-militar industrial seguía adelante. Llegó la guerra en Ucrania, co-inducida por la delegada de las grandes firmas armamentistas, Boeing, Rhyteon, Northrop…, la siniestra embajadora Victoria Nuland. Era urgente para ella incorporar a la OTAN a Ucrania, frontera inmediata de la difunta Unión Soviética, proceso que continuó hasta que el intento de integrar a su vecina fue considerado por Moscú como casus belli. ¿Era real el riesgo de que se instalaran misiles con cabezas nucleares en el bajo vientre de la Federación Rusa, dotada de un copioso arsenal nuclear? ¿A quién pudo ocurrírsele dislate semejante?: al complejo militar-industrial estadounidense. Hasta los dientes ha querido armar al pedigüeño Volodomir Zelensky, empeñado en ganar la guerra a su poderoso vecino del Norte no en los frentes de batalla sino en los circuitos de la subinformación, los bulos y la opinión malversada. Tras destituir a militares profesionales con más popularidad que él mismo, como el general Zaluzhny, e incapaz de atajar la corrupción administrativa y política fomentada por Nuland y su discurso neoliberal a ultranza, que repta incontrolado por el país eslavo, Ucrania se hunde hoy militarmente, poco falta para que también se hunda políticamente. Lo grave es que, además, quiere hundir con ella a Europa entera. La OTAN no puede salir de este revés indemne, a no ser que decida una escalada que pude resultar letal, por suicida, para el conjunto de Europa.

Europa, ¿una tea ardiente?

Bien, pues en ese juego ha caído la OTAN, desde la que hoy, algunos de sus exponentes de las élites europeas parecen desear que todo el Viejo Continente se convierta en una ardiente tea, devastado por una guerra que nadie quiso pero cuyos inductores sabían que se desencadenaría si hostigaban, como lo hicieron, a una antigua superpotencia herida y en regresión, que intentaba no seguir perdiendo terreno tras perder 15 repúblicas y decenas de millones de habitantes y recursos.

He aquí la cuestión. Lo grave es que las mentes supuestamente pensantes de la OTAN no se percaten de que la bipolaridad ruso-norteamericana de la Guerra Fría, por los devaneos otánicos por proseguirla a toda costa, ha acabado por interiorizarse intramuros de los Estados Unidos: he ahí el germen de la guerra civil norteamericana en ciernes, cuyo primer e inquietante chispazo vimos el 6 de enero de 2021, con el asalto masivo, bendecido por el ex y futuro presidente Donald Trump, contra al Congreso de los Estados Unidos, país mentor absoluto de la Organización del Tratado del Atlántico Norte.

Por todo ello, no se puede considerar el 75º aniversario de la OTAN, más que como una infeliz onomástica. Se dijo que la Alianza nació para defender la democracia a escala mundial, pero se ha convertido en mero escudo militar de un sistema económico y monetario, el capitalismo más depredador, inductor de crisis cíclicas cada vez más lesivas y obligado paraguas del lobby que vive de la muerte ajena.

La cosa, aquí

En España, se nos vendió la idea de que la única forma de acabar con la autonomía política de la que gozaba el Ejército, ingiriéndose desde mediados del siglo XIX en el marco político que corresponde a la vida civil, era adentrarlo en la OTAN. Quienes lo decidieron, olvidaban que Grecia y Turquía sufrieron sendos golpes militares de extrema derecha pese a pertenecer a la OTAN desde su origen. Aquí, tras el pánico causado por el siniestro rittornello del intento de algunos militares de regresar dictatorialmente a la vida política mediante el golpe del 23 de Febrero de 1981, Leopoldo Calvo Sotelo se apresuró a dar luz verde a la integración formal en 1982, avalada cuatro años después por un contablemente raro referéndum. Hasta hoy, no consta que en 1981 la OTAN alertara de nada al Gobierno de Adolfo Suárez sobre lo que la organización atlántica muy presumiblemente conocía que se perpetraba en algunas salas de banderas, tal vez porque el gobernante abulense se demoraba mucho en adentrar a España en la Alianza.

¿Hay alternativa? Si. Si hay problemas, que los hay, habrá soluciones: la solución se llama democracia política y económica; respeto a los otros Estados; relaciones igualitarias; bienestar; trabajo; libertad; equidad; buena vecindad… humanidad. Y respecto a las guerras, se solucionan con la diplomacia, la escucha, la negociación, el respeto a lo pactado y la buena voluntad. ¿Conviene a Europa una alianza militar supranacional?: tal vez sí, quizá no; pero dentro o fuera, nunca a costa de quedar sometidos al capricho de comerciantes de armas sin escrúpulos y al de sus tóxicos aparatos mediáticos, sin que nadie se saque de la manga enemigos de Europa que no existen o que pueden ser combatidos policialmente, no con misiles, ni aviación, ni carros de combates, drones, ni artillería pesada. Por cierto, pertrechos de los que el nuevo enemigo postsoviético, el mentado Estado islámico, carecía.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.